Personajes
«’El Guernica’ es una obra importante, pero ¿hasta dónde su significado la ha hecho más importante? ¿Qué reclama el lendakari: el arte o su simbolismo bélico?»

Ilustración generada mediante IA.
El lendakari Pradales reclama El Guernica y si no fuera el mundo del arte un mercado con sus reglas inflexibles, a su autor ya haría mucho tiempo que el feminismo internacional lo tendría en la picota. Quiero decir que no sería raro que en el 8-M acabaran quemando su efigie por maltratador. Pero el mercado siempre se impone al sentimiento (real o demagógico) y ahí tenemos a Picasso, no sólo tan pimpante, sino heredero de sí mismo y espejo donde mirarse de tantos pintores contemporáneos. Picasso es el modelo del siglo XX y continúa siéndolo en lo que llevamos del XXI. ¿Por la magnífica y renovadora calidad de su arte? Sí y no. El personaje no es en absoluto ajeno a su conversión en modelo y coartada de artistas: «Si Picasso lo hizo…».
En España, por desgracia, siempre ha sido más importante la creación del personaje que la obra en sí. Lo saben pintores y escritores y lo saben en menor medida políticos y empresarios. Unas gotas de leyenda —como la angostura en los cócteles— nunca vienen mal. Entre políticos y empresarios, pasar por culto siempre viste cara a la galería. Y escribo «pasar» a conciencia, menudas esponjas son algunos. Deberíamos preguntarnos por qué al político de turno —pura coyuntura, cuando no directamente inculto, (quien es culto en ese medio, destaca)— le interesa tanto el arte. ¿Por qué cree que, entendiéndose con los artistas, tiene la reelección ganada? ¿Cuántas cenas de campaña se han celebrado en tu nombre, oh Arte, y después nada?
En cuanto a los artistas, el refranero viene de perlas: «Críate la fama y échate a dormir». Piensen en los espectáculos que montaba Cela; piensen en Arrabal y pregúntense qué hizo Arrabal: en cambio, todos en España saben quién es Arrabal; piensen en Umbral, que no desperdiciaba la ocasión. Todos ellos le tenían tomado el pulso al país y obraban en consecuencia. Como el chico de la boina ahora, que también, y así vende un potosí y llena auditorios como Raphael.
¿Eran malos escritores? Dios me libre siquiera de pensarlo. Ahora bien: intuían que el personaje era lo que empujaría la obra y no al revés, que es como debería ser en cualquier sociedad civilizada. El Guernica, por ejemplo, es una obra importante, pero ¿hasta dónde su significado —otra forma de personaje, si me apuran— la ha hecho más importante? ¿Hasta qué punto el espejismo testimonial ha superado al arte, siendo este indiscutible? ¿Tantos años de póster militante en salas, despachos y habitaciones progresistas lo han desvirtuado, o reforzado? O mejor: ¿qué reclama el lendakari Pradales: el arte o su simbolismo bélico?
«Pradales lo quiere como desagravio y no sé si éste es un buen argumento para reclamarlo»
¿Y si dijéramos que ese símbolo le vino a Picasso de carambola y no era el bombardeo de Guernica lo que tenía en la cabeza al pintarlo mientras recibía a oficiales alemanes en su estudio? Anatema sea, claro. Pradales lo quiere como desagravio y no sé si éste es un buen argumento para reclamarlo, aunque sea temporalmente. Habría que preguntar a José Ariquistain —embajador de la República en Francia, que adquirió la tela de Picasso en 1936 con destino a la Exposición Universal del 37—; habría que consultar con Jorge Semprún —que también estuvo detrás de su venida a España décadas después—, pero ya no podemos consultar a ninguno de los dos. Nos queda Soledad Becerril, ministra de Cultura en las fechas del traslado, y ella tal vez podría contarnos de la idoneidad reglamentaria, o no, de tal reclamación.
Quizá al lendakari Pradales —que, en 1981, cuando el traslado del Guernica al Prado, tenía seis años— le iría bien escuchar antes de reivindicar o no el cuadro de Picasso (ese fauno, dicho sea de paso) y así no crear, si la cosa no sale como el lendakari quiere, un nuevo espacio para el agravio.