La última palabra
«Allí donde alguien encuentra un amigo, el nihilismo retrocede. La muerte seguirá siendo terrible, por supuesto, pero ya no tendrá la última palabra»

Ilustración generada mediante IA.
Me gustaría escribir algo sobre la muerte de Noelia Castillo y no sé muy bien qué decir. Se trata de una tragedia personal, humana, colectiva, que nos fuerza a preguntar qué clase de apoyo ofrecemos a quien sufre hasta el extremo. Hay dolores ante los que toda palabra llega tarde, pero no por eso debemos renunciar a interrogarnos sobre nuestra forma de dar consuelo y auxilio. Sin excluir el hecho de que Noelia expresó su voluntad y de que su decisión merece respeto y escucha. Ante la muerte uno se queda mudo, sin palabras. Sólo resta entonces pensar en el consuelo; también en nuestra fe en la realidad que nos sostiene y en el amor; porque, sin amor, no hay consuelo ni esperanza ni fe. Sin embargo, frente a todo ello, se extiende una forma de nihilismo que puede terminar imponiendo una cultura de la muerte.
En su carta homenaje al filósofo Martin Heidegger, el escritor Ernst Jünger señalaba que quien no ha experimentado los efectos del nihilismo en propia carne no conoce su época. Algo de esto hay aquí también. El nihilismo no comparece en nuestras vidas con estruendo, aunque a veces sí. Puede hacerlo incluso con el señuelo de la belleza, como una capa fina y hermosa de hielo —nos dirá Jünger— que cae sobre la humanidad. A menudo se presenta también con el ropaje de la compasión, empleando fórmulas administrativas y tecnicismos legales que ignoran el pálpito de lo real. Se habla entonces de autonomía, de derecho, de dignidad y hacemos bien empleando estas palabras. Pero quizá hablemos demasiado poco de soledad, de abandono, de miedo, de sufrimiento… Debemos mirar bien estas heridas íntimas, porque nos juzgan a todos. Y exigen de nosotros una respuesta.
«Una cultura verdaderamente humana se mide por su voluntad de permanecer junto al que padece»
Nuestra respuesta al dolor humano nos dice algo importante acerca de la atmósfera moral que respiramos, nos dice algo de los vínculos que sostienen –o que han dejado de sostener– una vida o de nuestra capacidad de amar hasta el extremo. Una cultura verdaderamente humana se mide por su voluntad de permanecer junto al que padece, acompañando, aliviando, escuchando, cargando con una parte de su angustia. La etimología de la palabra compasión ya nos lo indica: compartir la pasión, llevarla de un corazón a otro.
Por supuesto, nadie puede juzgar la noche oscura del alma de una persona que sufre. Hacerlo sería indecente. Aun así, resulta también empobrecedor acostumbrarnos a pensar la desesperación sólo en clave legal. Una sociedad no puede sostenerse sobre un vocabulario público que despoja a la muerte de su espesor trágico. La muerte siempre nos hiere. La muerte nos coloca ante el misterio de lo que somos. La muerte nos sitúa ante nuestros errores personales y colectivos.
Hablo de cultura más que de leyes. De una cultura que pronuncie el nombre de la esperanza y que, por tanto, ofrezca motivos para la vida. Una cultura que nos recuerde que ninguna vida carece de sentido. Creo que el verdadero reverso del desamparo no es una consigna moral ni un código legal, sino algo mucho más hondo: allí donde alguien encuentra un amigo, el nihilismo retrocede. La muerte seguirá siendo terrible, por supuesto, pero ya no tendrá la última palabra. No la puede tener.