Aquel PSOE
«Una razón de la fragilidad de la democracia española es que uno de los dos partidos sistémicos sobre los que se edificó nuestro orden político ha desaparecido»

Ilustración creada con inteligencia artificial.
¿Saben ustedes esas horribles fiestas de cumpleaños retro-sorpresa en las que al homenajeado le hacen sentir (por ejemplo) como si fuera Pedro Picapiedra y los demás invitados aparecen vestidos de Pablo Mármol, Betty, Wilma, Pebbles, etc., como si estuviera uno viviendo en una serie de dibujos animados de hace seis décadas, pero con más años que Matusalén sobre sus espaldas? Pues eso es lo que yo siento cada vez que la izquierda convoca una manifestación contra la guerra (como si los no convocantes fueran partidarios de la muerte, el sufrimiento y la inflación) y cada vez que inflama las calles de indignación contra la democracia israelí (después de haber callado vergonzosamente ante los crímenes de las autocracias de Maduro o de Putin), contra el imperialismo yanqui y a favor de la Cuba de Castro, contra el capitalismo y a favor de la China de Mao, o contra el franquismo y a favor de la república y la autodeterminación de los pueblos oprimidos por el Estado español…
Y no es que me parezcan mal estas convocatorias o estas inflamaciones; lo que me desconcierta es que son aparentemente las mismas de la izquierda que conocimos quienes nos criamos bajo el franquismo, una izquierda cuya inmadurez política podía excusarse debido a su necesidad de combatir a un régimen que había condenado a los españoles a la condición permanente de menores de edad políticos. Con una diferencia (que delata su anacronismo): que ahora, para defender todas esas causas, ya no hay que jugarse el tipo, sino todo lo contrario, porque es el Gobierno de nuestra monarquía el que enarbola la bandera de la república, el que promueve y subvenciona el antiamericanismo, el antisemitismo y el castrismo, y son los lobistas oficiales de las telecomunicaciones los que son pro-chinos y proindependentistas.
En las últimas líneas de su célebre ensayo sobre Dos conceptos de libertad hacía Isaiah Berlin una reflexión prudencial: preveía que las democracias liberales, tal y como las hemos conocido en el siglo XX, no durarían demasiado tiempo, teniendo en cuenta que los principios de esa forma de organización política han estado ausentes de la mayoría de las sociedades anteriores y, por tanto, no sería de extrañar que también lo estuvieran de las posteriores, que considerarían tales principios como «el último fruto de nuestra decadente civilización capitalista». Es decir, que el Estado de derecho habría sido un paréntesis simpático y de cierta duración, pero pasajero, como todo lo humano, y que tras esa excepción volverá a imponerse alguna clase de despotismo más o menos fanático, teniendo en cuenta que la mayoría de los hombres parecen preferir la tiranía a la libertad, siempre que los tiranos sean de los suyos.
Yo no me atrevo a decir tanto, pero sí quisiera llamar la atención sobre lo poco que a los españoles nos ha durado la izquierda europeísta y socialdemócrata que en su momento representó el PSOE de los años de la transición. No sé si ustedes se acuerdan: me refiero a aquel partido que abandonó el marxismo y cualquier veleidad pro-soviética, apoyó sin vacilaciones la monarquía parlamentaria, se sacudió el antiamericanismo y el antisemitismo, hizo las paces con la economía de libre mercado, declaró la guerra al terrorismo y enterró las barricadas como herramienta de la lucha de clases, aquel partido que alguna vez presumió de ser el que más se parecía a España y que reunió en torno a su espíritu de reconciliación un proyecto de prosperidad y libertad amplísimamente respaldado popularmente.
Y no me cabe duda de que una de las razones que abonan la sensación de fragilidad que afecta a la democracia española nacida en 1978, más allá de los vaivenes coyunturales y de las olas internacionales que agitan las aguas siempre turbias del destino, es que uno de los dos partidos sistémicos sobre los que se edificó el funcionamiento de nuestro orden político ha desaparecido de hecho, aunque nominalmente siga existiendo. Y nadie se tiene en pie con facilidad cuando le falta una pierna, en este caso la izquierda.
«Ha resurgido, aunque en su versión pija y de salón, aquella izquierda cutre que erróneamente creímos superada»
Las dolencias que hoy afectan a esa extremidad son notorias: el marxismo ha regresado, pasando por Hollywood, con Yolanda Díaz recitando en el Parlamento algunos párrafos del Manifiesto comunista; la monarquía vuelve a estar en cuestión; vuelve a cobrar prestigio la idea de que el Islam —incluso en sus interpretaciones más belicosas— es una barrera espiritual contra el nihilismo y el materialismo capitalista (¡donde esté el combustible progresista argelino que se quite el gas americano licuado y disoluto!) y Cuba, la reserva moral de Occidente; regresa la demonización del empresariado y los herederos de la violencia y la delincuencia secesionista ocupan el poder y las instituciones; y hasta tenemos un Ministerio de la Verdad presidido por un exjuez condenado por prevaricación y otro para la erradicación del Hodio. En otras palabras, ha resurgido, aunque en su versión pija y de salón, aquella izquierda cutre que erróneamente creímos superada cuando el país pareció alcanzar la mayoría de edad política.
No crean: yo también me pregunto si de verdad existió alguna vez aquella izquierda europea o si me engaña la memoria, sobre todo cuando recuerdo los muchos síntomas de chulería antidemocrática que tuvo en su momento el PSOE, y sobre todo su empecinamiento en considerar al nacionalismo como una figura del progresismo, y dudo si será un espejismo.
Pero cuando me asaltan esas dudas, no es de Isaiah Berlin de quien me acuerdo, sino de Hugh Goldwin Riviere. Este artista pintó en 1901 un cuadro que hoy se exhibe en la Guildhall Art Gallery de Londres y que se titula El jardín del Edén. Aunque en el cuadro se ve, ciertamente, un jardín, o quizá un parque de los muchos que alegran las calles de la ciudad, y aunque lo protagoniza una pareja aparentemente heterosexual, está claro que ese jardín no es el del Edén. Nos lo recuerda el paraguas que lleva en la mano el caballero que aparece en él: en Londres llueve de lo lindo, y la pareja retratada está vestida, porque ha perdido la inocencia, y no quiere mojarse y perder también la prestancia. Pero, entonces, ¿dónde está el jardín del Edén y por qué se llama así esa pintura?
Eso me pregunté la primera vez que lo vi, como muchos se preguntan hoy si alguna vez existió «aquel PSOE», a la vista de los datos objetivos y de la facilidad con la que ha sido desmontada y saldada su impedimenta. El enigma del cuadro británico tiene una solución, si no fácil, al menos literalmente evidente para todo el que lo contemple: el jardín del Edén está en los ojos de la muchacha, o más bien en la mirada que dirige a su pareja, llena de asombro ante una declaración inesperada y habitada por una promesa de infinita felicidad. Una mirada que parece haber detenido el tiempo, suspendiendo el paso que el varón estaba a punto de completar con su zapato, mientras ambos comparten la luz interior que ilumina el rostro femenino y los pájaros recuperan su canto entre la niebla. Quien haya sentido alguna vez esa mirada no dejará nunca de hacerlo del todo mientras viva. Salvo para los muy cafeteros de la doctrina, yo diría que es muy posible que el jardín del Edén no haya sido nunca otra cosa más que eso: el latido de eternidad que yace en una mirada que no existe como existen los parques, los zapatos o los paraguas, y que solo puede ver aquel de cuya propia mirada esa iluminación es la correspondencia.
«También es muy posible que aquel partido que algunos recordamos sólo haya existido gracias a la mirada de los votantes»
En el caso del PSOE reconozco que no está tan claro. Pero también es muy posible que aquel partido que algunos recordamos sólo haya existido gracias a la mirada de los votantes que se asombraron al escuchar de sus labios algo diferente de lo que querían oír (por ejemplo, sobre la OTAN): un discurso que combinaba la defensa de la igualdad ante la ley con la de la libertad individual y el pluralismo. A veces sacar a alguien del jardín del Edén es tan importante como transportarle a él. Y fue quizá el esfuerzo por devolver a los electores esa imagen lo que configuró aquel romance que duró 14 años.
Otra manera de decir esto es que los partidos no los hacen únicamente sus dirigentes, sino también su manera de gestionar las expectativas que los ciudadanos depositan en ellos. Y al menos una parte importante de los votantes de izquierda, a partir del 15-M, empezaron a mirar con más simpatía hacia Managua o Caracas (y también hacia Waterloo y hacia el Caserío de Elgoibar) que hacia Londres, Washington o París, y los dirigentes de la calle Ferraz intentan desde entonces corresponder a esas expectativas en el actual régimen de poliamor, escudo social anti-OTAN y nuevo orden internacional pedrisco.
Eso no elimina la responsabilidad que estos dirigentes han contraído por los daños provocados de esta manera a la democracia española. Pero aumenta la que los actuales votantes de la izquierda, en el festival electoral que algún día desembocará en unas generales, tienen con el futuro de su país, pues en algún momento tendrán que decidir si quieren o no convertirlo en la ficción de una historieta de los años sesenta del siglo pasado. Que ya sé que Los Picapiedra era una serie muy divertida. Pero su encanto principal se derivaba de que sus espectadores no confundían la realidad con la ficción. El resultado de esa confusión no es precisamente el jardín del Edén, sino más bien el páramo del Averno, ese lugar en el que ni siquiera se escucha el canto de los pájaros.