Bartleby: el desasimiento de la vida
«El personaje de Melville no busca liberarse. Simplemente constata que todo se acabó. Sin pasiones ya, sin intereses, sin excitaciones ni alteraciones»

Herman Melville. | Wikimedia Commons
La primera vez que leí Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, anoté: «Bartleby: el desasimiento de la vida». Lector de Pessoa y Cioran, asiduo al spleen de Baudelaire y a la abulia decadentista, no tanto al absurdo programático de Kafka y Beckett ni a la náusea epiléptica de Sartre, que me cargaban, acogí al oficinista del «preferiría no hacerlo» como un emblema despojado de la vida sin vida.
El significado último de la frase era, obviamente: «Preferiría no vivir», sin por ello querer matarse. Se preferiría no estar vivo, o estar ya muerto, pero sin actuar para alcanzarlo. Así, sin el impulso suicida, siempre extremo, aparatoso (sospechoso, como supo ver Schopenhauer), se sigue en la vida sin vida. Uno se certifica como cadáver que no está muerto.
Bartleby hace eso: desasirse, desligarse, desatarse, desprenderse de la vida. Un hacer que es un deshacer o deshacerse; asumido más bien como fatalidad. Deambula como un fantasma. Es un santo sin iluminación. Un místico cuya ascesis es anodina y sin propósito. No busca liberarse. Simplemente constata que todo se acabó. Sin pasiones ya, sin intereses, sin excitaciones ni alteraciones. Maniquí metafísico del otro lado en este lado.
El personaje de Melville no se mata, pero sí se deja morir. Al «cadáver aplazado», que decía Ricardo Reis, le llega el momento del ajuste. Se lo encuentran «acurrucado de un modo extraño al pie del muro» del patio en que concluye, como el muro al que daba su ventana del escritorio.
El epiloguillo de las cartas no reclamadas, o «cartas muertas», con las comunicaciones y los objetos que no llegaron a sus destinatarios, expande el caso de Bartleby a una melancolía común, la melancolía (por el tiempo, la incomunicación y las pérdidas) de todos. «¡Ah, Bartleby! ¡Ah, humanidad!», son las célebres últimas palabras del relato.
«Gascón se ocupa de los Bartleby pandémicos, laborales, familiares, sentimentales, generacionales, políticos, tecnológicos»
Esta ha sido siempre mi lectura, reconozco que un tanto enclaustrada, de Bartleby, el escribiente. La que hace Daniel Gascón en Los nuevos Bartleby. Crónica de un cansancio colectivo, que ha editado Rosamerón con la obrita de Melville en el mismo volumen, tiene la virtud de abrirme la perspectiva, sin por ello hacerme abandonar la que está arraigada en mí: me la completa y enriquece. Desvía además la mirada hacia el narrador, el jefe de Bartleby, empático, justo, estupefacto, al que las circunstancias empujan a resultar igualmente cómico.
Con su perspicacia habitual, con su estilo recto (claro) y con su humor, Gascón recorre manifestaciones actuales que se corresponderían con el personaje de Melville. Cuando arrancaba el milenio, Enrique Vila-Matas se ocupó en Bartleby y compañía del «preferiría no hacerlo» relacionado con la escritura. Con el milenio lanzado, Gascón se ocupa (tras una primera parte literaria, muy instructiva, sobre el autor y su obra) de los Bartleby pandémicos, laborales, familiares, sentimentales, generacionales, políticos, decrecentistas, tecnológicos; sin eludir el asunto del nihilismo y el pesimismo.
Recoge lo que han dicho sobre Bartleby otros autores, como Deleuze, Negri, Žižek o José Luis Pardo. Me he asomado a los textos de Deleuze y Agamben y me han sonado a galimatías que preferiría no leer; junto a Žižek y Negri, proyectan en Bartleby actitudes de resistencia ideológica: con una retórica que a Bartleby abrumaría y de la que también preferiría desentenderse.
Vuelvo a mi Bartleby, al del desasimiento de la vida. Su existencia es, por la razón que sea (la desconocemos), ese raro impasse en que ya no hay vida, pero aún hay tiempo. A Bartleby hay que reconocerle la dignidad con que lo lleva. Es casi una tauromaquia lo suyo, a lo Michel Leiris; la compostura en la nada. Por eso es un mito.