Sánchez se ríe de EEUU
«Reírse del presidente de Estados Unidos no es solo una broma. Es un error de cálculo en un país donde el poder también se mide en identidad colectiva»

Imagen creada por inteligencia artificial.
Hay políticos que gobiernan y políticos que actúan. Y luego está Pedro Sánchez, que directamente interpreta. Se pone la gorra, se sube a la bicicleta y se graba. Como si la política exterior fuera un video de TikTok con filtro de montaña.
La gorra dice «Make science great again». La ocurrencia pretende ser ingeniosa, una parodia de Donald Trump y su famoso lema. Risa tonta. Gracieta infantil. Pero cuidado: lo que presume de ingenio es, en realidad, frivolidad.
Porque no se está riendo solo de Trump. Se está riendo de Estados Unidos. Y eso, en política internacional, no es lo mismo.
Hay una cosa elemental que nadie en la corte de asesores de Moncloa ha sabido explicarle, o no se ha atrevido: los estadounidenses no funcionan como nosotros. Allí la identidad colectiva no es un decorado, es un pegamento. Un país construido sobre ideas (libertad, Constitución, «we the people») que genera una cohesión interna difícil de entender desde el cinismo ibérico. El patriotismo, allí, no es postureo: es estructura mental, es vínculo, es pertenencia.
Traducido: reírte de su presidente es, para muchos, reírte del país.
En España puedes burlarte de Sánchez sin que pase nada. Aquí la distancia entre gobernante y gobernados es casi deportiva. Se pita, se critica, se ironiza. Pero Estados Unidos no es eso. Estados Unidos es otra cosa. Más compacto. Más identitario. Más consciente de sí mismo como potencia.
Y ahí es donde Sánchez y sus asesores se equivocan de plano.
«Sánchez se está riendo de EEUU. Y eso, en política internacional, no es lo mismo. Reírte de su presidente es, para muchos, reírte del país»
Porque su gesto no es diplomacia. Es infantilismo. Ese tipo de ocurrencia que arranca aplausos en la parroquia propia y desconcierto fuera. Ese «mirad qué gracioso soy» que funciona en el plató de Ferraz, pero no en el tablero internacional.
Hay algo profundamente adolescente en todo esto. El presidente que se cree ingenioso. El político que confunde la ironía con la estrategia. El presidente que cambia el boletín oficial por el guion de un community manager.
Populismo de gorra.
Y además, populismo de saldo. Porque mientras se ríe, los datos le desmienten. España invierte una miseria del PIB en I+D. Estados Unidos, el doble. Alemania, Francia o Suecia, muy por delante. Irlanda, sin hacer ruido, ha decidido meter miles de millones y competir en serio.
«El día que Trump, o cualquier presidente estadounidense, decida responder en serio, Sánchez entenderá que la bromita de la gorra fue un error»
Aquí, en cambio, se juega al numerito. Allí, a la estructura. Y esto no es menor. Porque en política internacional hay códigos. Y hay jerarquías. Y hay memoria.
Sánchez parece sentirse cómodo en la estética de confrontación blanda con Estados Unidos. Una mezcla de gesto ideológico y cálculo interno. Pero en ese juego se desliza, quizá sin darse cuenta, hacia una estela incómoda. La de quienes han hecho del antiamericanismo una herramienta de legitimación interna: desde Daniel Ortega hasta los ayatolás iraníes o Nicolás Maduro.
No es que Sánchez esté ahí. Es que el tono empieza a sonar parecido. Y eso, para un país como España, no es una buena noticia.
Porque las relaciones internacionales no son un concurso de ingenio. Son un ejercicio de poder. De intereses. De equilibrios. Y también, aunque a algunos les incomode, de respeto.
El respeto no implica sumisión. Pero tampoco chulería de patio de colegio.
Al final, todo esto se resume en una imagen: un presidente pedaleando, con gorra, lanzando una broma al otro lado del Atlántico. Y al otro lado, una potencia que no necesita disfrazarse para imponer su peso.
El día que Trump, o cualquier presidente estadounidense, decida responder en serio, sin filtros, sin sonrisas, sin ironía, quizá en una sala cerrada, Sánchez entenderá que aquello no era un chiste.
Era un error.
Y entonces, probablemente, se acordará de la gorra. Y de la bicicleta. Y de ese instante en el que creyó que la política exterior era un juego de ocurrencias.
Pero ya será tarde. Porque en política, como en la vida, hay bromas que no tienen gracia.
Y esta apunta a ser una de ellas.