The Objective
Fernando Savater

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«La democracia es culturalmente inseparable del pensamiento griego y del derecho romano, sí, pero sobre todo de la espiritualidad cristiana»

Despierta y lee
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Imagen creada por inteligencia artificial.

Tuve, por suerte, unos padres religiosos aunque nada fanáticos. Éramos una familia socialmente católica. De modo que en Semana Santa visitábamos los monumentos en las iglesias y asistíamos a los oficios, aunque yo era muy niño todavía. Me gustaban mucho los oficios de pasión del Jueves y el Viernes Santo, cantados en latín a varias voces por los sacerdotes de la parroquia. Tenían algo de representación teatral y al niño sin televisión que fui le encantaban los dramas, aunque sonaran en latín.

Seguía en el misal el texto bilingüe y conseguía emocionarme con las incidencias de la tragedia del Calvario, aunque me las sabía de memoria. Qué fuerza terrible tiene ese relato, cuánta humanidad sobrenatural se encierra en él. Alguien tan escasamente beato como Nietzsche escribió al final de su vida lúcida que, tanto para los creyentes como para quienes no lo son, no hay imagen más sobrecogedora que la de Cristo crucificado.

Por eso luego me han gustado todas las películas en que aparecen esos momentos de nuestra redención, desde La túnica sagrada hasta La vida de Brian. Quien ha crecido en un país cristiano y no conoce como algo propio, tatuado a fuego en su memoria, ese relato fundacional del que provienen tantas conclusiones imprescindibles, es necesariamente una especie de huérfano, aunque conozca la Ilíada y la Odisea sin saltarse un verso.

Hace setenta años que no voy a los oficios de Semana Santa, pero recuerdo muchos trozos con palabras y música: ya no me iré sin ellos. Nunca agradeceré lo suficiente a mis seres más queridos no haberme ahorrado ese lúgubre festejo. Y no dejo de lamentar a mi vez no haber sido capaz de continuar esa tradición.

De aquellos oficios, lo que más me impresionaba era el grave tono latino de los actores-oficiantes, que a veces sonaba a conjuro místico. Para mí, la cumbre era cuando oía las palabras de Cristo en la cruz, sobre todo la más lacónica, la quinta de las siete que recoge San Juan (Juan, 19-28): «Sitio». Es decir, tengo sed, la voz del torturado expresando la más elemental de sus necesidades. La voz profunda de barítono que pronunciaba rotundamente esa súplica en dos sílabas a mi alma peliculera se le antojaba la del mismo crucificado.

«El Cristo que protagoniza la tragedia del Calvario asume su condición de reo, de torturado, envilecido y condenado a muerte»

Impresión que reforcé cuando vi la magnífica escultura Sed tengo, obra de Gregorio Fernández (siglo XVII), que se conserva en el Museo de Valladolid. En ese «sitio», que no obtiene más premio líquido que una esponja empapada en vinagre, otra humillación más, se condensa toda la angustia y el desamparo de esa larga agonía de Jesús. Y ahí está también lo más emocionalmente singular del cristianismo. Los dioses paganos de todas las latitudes, cuando se manifiestan a los humanos, se muestran invariablemente potentes y arrogantes, incapaces de ocultar el orgullo de su inmortal superioridad. Pero el Cristo que protagoniza la tragedia del Calvario asume su condición de reo, de marginado por la ley y la autoridad, de torturado, envilecido y condenado a muerte. No tiene presente ni hace patente su condición de inmortal, sino que es consciente de que va a ser ejecutado, de que va a morir.

De ahí esas palabras desconcertantes, que podrían parecer irónicas si no fuesen desesperadas: «Señor, ¿por qué me has abandonado?». Con esa frase en los labios y en el corazón deberíamos morir todos los que pertenecemos a la cultura cristiana. Sin dejar nunca del todo de esperar que una voz superior nos desmienta. En ese momento, Jesucristo no sólo se sabe hombre, sino que se siente un pobre hombre. Antonio Machado cantó con bellos versos que él prefiere al Cristo que muere en la cruz al que anduvo sobre la mar. Pero cualquiera de nosotros, sus semejantes, debe saber que lo más difícil no es caminar sobre las olas, sino soportar saber que vamos a morir irremisiblemente. Aunque quizá después…

En estos días en que muchas calles de nuestras ciudades son ocupadas, a veces tumultuosamente, por las procesiones y las muestras de un fervor entre popular y turístico, siempre hay un tonto de guardia (últimamente suele ser Sergio del Molino) para decir que debía también concederse el mismo espacio público a las restantes tradiciones religiosas. Y supongo que también permitirse las restantes fórmulas de convivencia política y laboral, con desigualdad entre los sexos, castas dominantes y teocracias con derecho a ejecuciones, individuos sometidos al rigor impostado de la comunidad, etc…

Porque no debemos olvidar que el régimen de libres e iguales que llamamos democracia es culturalmente inseparable del pensamiento griego y del derecho romano, sí, pero sobre todo de la espiritualidad cristiana. No debemos olvidarlo, pero se olvida constantemente. Que se lo pregunten a Noelia Castillo, una doliente imagen de la condición prefigurada por Jesucristo subiendo al Calvario cargado con la Cruz.

En cambio, a veces las estridencias de las procesiones recuperan rasgos hermosos de pluralismo dentro de la tradición: en la del lunes del Nazareno en Bilbao, el cantaor Juanjo Navas entonó saetas en euskera, compuestas por el poeta Beñat Arginzoniz. Algo que nos quita en parte el mal sabor de boca de la infame korrika de hace pocos días… Ante el sufrimiento, el abandono, la ausencia, el terror, el expolio, lo incurable, la obligación del cristiano no es creer en tales o cuales dogmas, sino tener sed.

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