Perseverancia necesaria
«No podemos darnos el lujo imbécil de arrinconar en el desván de la historia a alguien como Jaime Mayor Oreja»

Jaime Mayor | Foto: Víctor Ubiña
Yo no me he dedicado realmente a la política por lo mismo que nunca he formado parte de un coro de ópera ni de un equipo de atletismo: por falta de aptitudes. Pero he tratado a bastantes políticos de cerca y he intentado ayudarles en su imprescindible tarea todo lo que he podido. Me apresuro a decir que, a diferencia de muchos opinantes, no tengo una cosmovisión establecida sobre los políticos por lo mismo que Churchill no la tenía sobre los franceses: porque no les conozco a todos. El desdeñoso dictamen de quienes los miran desde arriba y los despachan como manipuladores, falsos, ignorantes, embusteros y lindezas semejantes no me hace rehuirlos, lo mismo que no he dejado de ir al médico a pesar de que los novelistas decimonónicos insisten elocuentemente en que hay bastantes que son poco de fiar. Añado algo más: la experiencia que tengo de ellos me ha convencido de que no son un gremio peor que los obispos o los poetas líricos, aunque frecuentemente sus errores tienen peores consecuencias para el común de los mortales. No podemos ni debemos confiar plenamente en ellos, pero tampoco prescindir de sus servicios como si fuesen homeópatas o astrólogos. Probablemente, lo mejor es darles el trato que reservamos para las escopetas de feria: prestarles algo de confianza para empezar y cambiarlos en cuanto sea posible si los vemos fallar con demasiada frecuencia. Precisamente esa es una de las pocas ventajas indudables de la democracia, tener procedimientos bastante expeditivos para librarnos de los políticos chambones o fulleros. Si no nos libramos de ellos cuanto antes será por culpa de nuestra pereza o de un absurdo cariño por los inútiles.
De los políticos con los que he tenido mejor trato y que considero no solo razonablemente competentes sino verdaderamente útiles, quizá el más destacado sea Jaime Mayor Oreja. Y no creo que me ciegue la hermandad donostiarra, porque estoy convencido de que tendría la misma buena opinión de él incluso si fuese de Bilbao. Nuestras vidas han enlazado sus trayectos en muchas ocasiones, sobre todo en la lucha política contra el separatismo criminal en el País Vasco. Yo cuanto sé de política lo he aprendido por experiencia en Euskadi. La ideología izquierdista tirando a ácrata que me había formado leyendo a Bertrand Russell, a la escuela de Frankfort, asistiendo a los seminarios de Agustín García Calvo y en los enfrentamientos antifranquistas mientras hacía mi carrera en la Universidad Complutense, fueron desmoronándose poco a poco al chocar con la realidad sin paliativos del odioso separatismo nacionalista y sobre todo de la violencia terrorista. Las etiquetas de izquierda y derecha como estereotipos me fueron pareciendo cada vez más superfluas frente a la realidad humana de quienes vivíamos amenazados por ETA y veíamos pagar el precio de sangre por su integridad moral a personas con quien acabábamos de compartir una manifestación o una concentración de protesta contra un atentado. Volví a San Sebastián en 1980 para ocupar una cátedra de Ética en la Facultad de Zorroaga, en pintorescas condiciones que ya he contado otras veces. Al poco de llegar, ETA asesinó a Juan de Dios Doval, profesor de la Facultad de Derecho, más o menos de mi edad, hijo del notario que había recibido el protocolo de mi padre cuando este dejó su plaza donostiarra. Iba como número dos tras Mayor Oreja en la lista de UCD al Parlamento Vasco de las elecciones celebradas ese mismo año. UCD, cuyos miembros fueron eliminados despiadadamente por ETA en Euskadi en años sucesivos, fue el partido democrático originario de Adolfo Suárez y Jaime Mayor: una formación centrista, bien equilibrada, que representaba una cordura política que después intentamos recuperar en Ciudadanos y UPyD, con algunos aciertos de buena voluntad y bastante mala suerte.
A partir de los años ochenta, Jaime Mayor Oreja ha desempeñado siempre un papel fundamental en la refundación de la política de centro-derecha tanto en el País Vasco como en el resto de España. Lo cuenta en su libro Una verdad incómoda (ed. Espasa), autobiografía política que es también un recorrido indispensable por la historia española de los últimos cuarenta años. Una verdad incómoda, en efecto, condensa el esfuerzo de Jaime Mayor: la existencia de un problema central en España: la actividad de un separatismo con dos ramas principales en el País Vasco y Cataluña, empeñado en deconstruir el Estado democrático español. Ese separatismo nada tiene que ver con conflictos territoriales inexistentes (como ha demostrado muy bien Félix Ovejero en su reciente y necesario libro «La invención del agravio») sino con una voluntad subversiva que inventa la cadena de agravios imprescindible para legitimar su labor de zapa. Las concesiones de buena voluntad a ese separatismo, que cuenta con el entusiasta apoyo suicida de los partidos de izquierda, no hacen más que engordar a la fiera y dar un barniz de verosimilitud a sus ficciones ideológicas. Mayor Oreja siempre ha sido partidario de una sana intransigencia frente a ese enemigo esencial de nuestro país y nuestra convivencia. Por eso acertó donde se equivocaron tantos y se convirtió en el mejor ministro de Interior que hemos tenido. Fue su gestión firme de aplicar contra el terrorismo la ley, solo la ley, pero toda la ley la que puso a ETA contra las cuerdas y precipitó su renuncia a la violencia, antes de que recibiera el oxígeno político compensatorio que le proporcionaron interesadamente Zapatero y después Sánchez. Ellos han conseguido lo que suele resultar de todas las conversaciones de igual a igual con grupos terroristas, como se ha visto en Irlanda, en Colombia y en otros conflictos: paz para la sociedad (entendida como ausencia de crímenes) y poder para los terroristas. A eso le llaman entre nosotros los despistados o los acólitos «el final de ETA».
Jaime Mayor Oreja tiene una serie de virtudes humanas y políticas que aparecen reflejadas en su libro. No es rencoroso ni busca el enfrentamiento por el enfrentamiento salvo cuando se trata de cuestiones esenciales (en tales ocasiones la intransigencia es una forma de salud mental y de honradez personal). Siempre estuvo abierto a conversar con periodistas de diversas orientaciones muy lejanas a las suyas, como mi amigo Javier Pradera, que casi a regañadientes tanto le apreciaba. Pero sobre todo fue perseverante en la defensa de sus ideales, que a mi juicio deben ser más o menos los de cualquier persona decente en este país. No podemos darnos el lujo imbécil de arrinconar en el desván de la historia a alguien como Jaime Mayor Oreja, que encarna el mejor antídoto contra el lodazal político en el que hoy chapotea España.