No es pero sí es la religión
«Vox y sus voxtantes han querido sacarle punta a la anécdota, con una ancha pasarela social que remite a los conflictos con cierta inmigración de origen africano»

Ilustración generada con IA.
Nadie en Cornellá, durante el partido amistoso de España contra Egipto, pensaba en Lamine Yamal cuando una parte del público entonó «BBB, musulmán el que no bote»… salvo él y los medios carroñeros pendientes de un míserable titular-anzuelo. Pero el jugador del Barcelona y de España (a ésta la eligió «para ganar copas», dixit, pero su corazón está en Marruecos) se ha visto en la obligación moral de reaccionar a esas falsas e indirectas alusiones personales. Aquí su quejumbroso Instagram. «Ayer en el estadio se escuchó el cántico de ‘el que no bote es musulmán’. Sé que iba por el equipo rival y no era algo personal contra mí, pero como persona musulmana (sic) no deja de ser una falta de respeto y algo intolerable [sic el anacoluto, debería plantearse contratar a un community manager por Salamanca aprobado]. Se entiende que no toda la afición es así, pero a los que cantan estas cosas: usar una religión como burla en un campo os deja como personas ignorantes y racistas».

Aparte del solipsismo del del Maresme (¿por qué sólo esto podría/debería ofender los musulmanes y no a las bellas almas, especialmente las islamoizquierdistas…?), las indignadas plumas de la prensa noble se han alineado con su camiseta para denunciar lo que consideran «cánticos racistas».
Por partes: salvo que la religión se considere una raza (sólo algunos religiosos fanáticos así lo creen, todo hay que decirlo), la burla se dirigía genéricamente a un equipo rival del que se reputa una religión, algo que tratándose de Egipto es una media verdad. Pero funcionaba. De haber sido Argentina o Uruguay: sudaca el que no bote, che.
En efecto, el cántico, en medio de un sano y sanador festival de españolismo catalán (justicia poética que fuera en el campo del Espanyol, sobre el que conviene siempre recordar que se llama así porque lo fundaron unos catalanes que querían diferenciarse de los suizos e ingleses que habían fundado poco antes el FC Barcelona), contrariamente a la doxa biempensante, no fue un insulto racista, aunque así lo califiquen las normas de la corrupta FIFA. El bote, bote es una mera expresión festiva, y lo delictual o pseudo siempre viene después: si el que no bota es madridista o del puta barça, no lo es, si es maricón-sin-precisar, doctores tiene la iglesia, porque en español el adjetivo tiene también connotaciones afectuosas, como el manido hijoputa, cuánto te quiero. Jamás en un campo de balompié se han aplicado protocolos biempensantes cuando lo que se vocifera son los clásicos Puto Madrid o Puto Barça, o el venerable «Guruceta», dedicado al trencilla de turno en lances relacionados con penaltis fantasmas. También se ha escuchado algún «Negreira», no sin fundamento, dedicado al equipo y a su presidente Laporta, que habrá de arrastrar esa cruz pascual mientras no se resuelva el caso, pintan bastos.
Lo cierto es que mismo del otro día habría ocurrido si España jugase contra Siria o Jordania… o Irán, persas. Ahora bien, de haber sido Marruecos el rival, el epíteto faraónico podría haber mutado en «moro», lo cual nos habría hecho bascular al otro lado del espejo. Moro, hoy, insisto, pero solo hoy, es insulto racista. O bien, cuando el burlado es un negro (la cosa viene de lejos en los campos de fútbol, recuérdese los insultos racistas al portero del Rayo Vallecano Wildred Agbonavbare: «Negro, cabrón recoge el algodón» o «Ku Klux Kan» segundos antes de que le parase un penalti en el Bernabeu a un Míchel en 1993): la cosa está clara. Racismo de tomo y lomo. Por mucho que los lloriqueos de Vinicus acaben cansando, entramos en el repugnante campo del racismo, lógicamente punible moral y penalmente.
Vox y sus voxtantes, era de esperar, han querido sacarle punta a la anécdota, con una ancha pasarela social que remite a los conflictos que entraña cierta inmigración de origen africano en algunos barrios de España. Pero, en definitiva, dado que el protocolo fifero se aplicó moderadamente, y no se suspendió el partido, la cosa no se desbordó. Y es algo digno de encomiar. En resumen, un choteo patriotero, no se le puede exigir más a una masa de aficionados que piensa con un solo cerebro.
Decía Arcadi en una col antológica (aquí) que no todo el mundo tiene el talento de Charlie Hebdo, pero a las religiones se las puede (y hasta se debe en su opinión) denigrar, en aras de la ciencia y el discernimiento, por decirlo en corto. Es probable que sólo merezcan un respeto intramuros, es decir en la intimidad, pero como dijo aquél: una religión es una secta que ha triunfado.
«Dado que el protocolo fifero se aplicó moderadamente, y no se suspendió el partido, la cosa no se desbordó. Y es algo digno de encomiar»
Volviendo a Cornellá. El fútbol puede que sea el opio del pueblo pero lo que sí es seguro es el sucedáneo de la guerra por otros medio. Por ello los instintos tribales es tan importante que se canalicen en el deporte, que permite sublimar algo que está ínsito en el ser humano, y de lo que no hay que abominar porque es la base de la evolución de la especie. Si ésta hubiera salido pacifista: o estaríamos todavía en la cavernas encerrado con un solo juguete, o más probablemente nos habrían exterminado animales más feroces. Un mundo sin humanos también fue posible.
Coda1) Supertrump y Europa. La guerra en Irán continúa, y la Furia Épica deviene Epiléptica, y no es un guerra «regional» como muchos pretenden degradarla, principalmente en Europa y en China (mala cosas cuando ambos enfoques coinciden, pues China es el enemigo de Occidente en la nueva guerra fría). Es una guerra tanto o más importante que la de Ucrania. En esta última se juega el futuro de Europa, en Oriente Medio el del mundo. En ambos teatros de operaciones Europa está ausente. En Ucrania, después de meses y casi años de miedo al término «cobeligerancia», Europa es la muleta con la que Ucrania mantiene sus esperanzas de no perder la guerra de manera injusta y cruel. Le suministramos por fin armas e inteligencia y apoyo moral, más vale tarde. El problema es que la postura de Trump de jugar a dos bandas está eternizando el conflicto. Europa no debe permitir que Rusia gane la guerra, pero Trump (en parte por razones personales oscuras como su alma) no quiere que Putin sea el derrotado. Tarde o temprano deberán cesar las hostilidades, fijar un mapa de fin de conflicto provisional, con el Donbás y aledaños en manos delos rusos y una americano europea para que el resultado de empate técnico se perpetúe. No se columbra otra salida. El caso de Irán tiene más aristas: la opción de bota americanas en el terreno podría suponer un punto de no retorno: el fantasma de Vietnam, Irak y Afganistán sobrevolaría las midterms, en detrimentos de los Republicanos, y una derrota en las elecciones puede convertir al Pato Donald en Pato Cojo. El tiempo se le está echando encima a Trump para decidir lo que piensa hacer, si es que es capaz de tomar decisiones que vayan más allá de las 24h que tiene el día.
Europa no debería seguir con su actitud respondona ante Trump, sino implicarse a fondo en el asunto, del que depende su suministro energético más que nadie, y por lo tanto el funcionamiento de la economía, que es, la muy estúpida, lo que cuenta y lo que hace ganar o perder elecciones mayormente.
No se entiende por ejemplo que no se haya convocado un Consejo de la OTAN para debatir el asunto. Tampoco que ni el Parlamento Europeo, ni el Consejo ni la Comisión tomen posturas claras y hablen con una sola voz. La unanimidad pertenece la pasado, Europa sólo tiene futuro si toma decisiones por mayoría cualificadas en la doble acepción del término. La guerra en Irán continúa, y la Furia Épica deviene Epiléptica. El cese del jefe del Estado Mayor del Ejército, Randy George, es un síntoma más de la enfermedad trumpiana.
Conviene empezar por limpiar el lenguaje: no es una guerra «regional», como repiten con esa mezcla de pereza y cálculo algunos observadores europeos y chinos. Cuando ambos coinciden, rara vez es casualidad. China, hoy, no es un comentarista: es un actor. Y no precisamente neutral. El adversario de la nueva Guerra Fría. Y puede acabar beneficiándose de esta guerra.
Tampoco es una guerra secundaria. Es, como mínimo, tan decisiva como la de Ucrania. Allí se juega el futuro de Europa; en Oriente Medio, el del mundo. La herida es evidente para Europa, en ambos escenarios: comparece tarde, mal y casi nunca.
En Ucrania, tras meses —años— de temer la palabra «cobeligerancia», Europa ha acabado por asumir su papel subsidiario: sostener a Kiev para que no pierda del todo. Armas, inteligencia, respaldo moral. Todo llega, sí, pero con ese retraso que ya forma parte de su identidad política. Entretanto, Donald Trump practica su juego preferido: como no puede estar en dos sitios a la vez, se ha desentendido de Ucrania. Europa no debería permitir la victoria de Rusia; Trump, por razones que oscilan entre lo opaco y lo personal, no parece interesado en la derrota de Vladímir Putin. La consecuencia es la prolongación del conflicto. Un final verosímil —quizá el único— apunta a un empate administrado: alto el fuego, mapa provisional, el Donbás bajo control ruso y una tutela americano-europea que congele la situación. No es una solución; es un aplazamiento, pero menos da una piedra cuando ésta salva vidas.
El caso de Irán añade capas. Una intervención terrestre estadounidense abriría un horizonte conocido: Guerra de Vietnam, Guerra de Irak, Guerra de Afganistán. Fantasmas que no votan, pero influyen. Las elecciones de mitad de mandato acechan, y una incursión en tierra podría convertir al presidente en un «pato cojo» antes de tiempo si las cosas salen mal y vuelven féretros de los boys. El problema es que el tiempo, a diferencia de Trump, sí toma decisiones.
Europa, mientras tanto, confunde firmeza retórica con réplica. No debería limitarse a contestar a Washington: debería implicarse. Se juega algo más que un posicionamiento moral; se juega su suministro energético y, con él, el funcionamiento de su economía. Y la economía —aunque se la desprecie en público— sigue siendo el termómetro electoral.
Resulta difícil de entender que no se haya convocado un Consejo de la OTAN para abordar el asunto. O que el Parlamento Europeo, el Consejo y la Comisión mantengan esa polifonía inane que sustituye a la política cuando falta voluntad. La unanimidad pertenece al pasado, Europa sólo tiene futuro si toma decisiones por mayoría cualificadas en la doble acepción del término. Y que le den a Orban. Y mejor si le dan los propios húngaros en las elecciones de la semana que viene.
P.D. Burlarse de Macron a costa de la bofetada de broma que le propinó su mujer Brigitte en un avión y la respuesta del francés sólo demuestran lo que son los dos jefes del Estado: un señor y un patán. El problema es que el señor no quiere arremangarse, porque no está su horno nacional para bollos.
Coda 2) Sánchez manque pierda. A Pedro Sánchez no parece que le vaya a durar mucho lo de ser la Némesis del Bobo Global. El hallazgo retórico tiene su utilidad: distrae, difumina y, sobre todo, aplaza. Sirve para que se hable menos de la corrupción judicializada que estrecha el cerco, para amortiguar derrotas regionales y para extraer, con paciencia de sacacorchos, algunas medidas anticrisis de gabinete de estética. Pero la política internacional —ese lugar donde se decide algo— sigue siendo un territorio ajeno: ni está ni se le espera. Y cabe imaginar que no le resulta indiferente verse convertido en iconografía involuntaria sobre misiles iraníes que, con obstinación, siguen cruzando el cielo como si no hubiese una mañana.
Hay en sus movimientos un aire de final. No es una cuestión de estilo, sino de aritmética. Desde que encadena derrotas regionales, la política se le ha vuelto contable. Puede negar su importancia, puede fabricar encuestas internas y proyectar otro «somos más» de laboratorio, pero hay algo menos maleable que el relato: la tendencia. Y la tendencia es terca. Salvo cisne negro de proporciones considerables, la caída en intención de voto del socialismo y de su periferia izquierda no se compensa ni con la fragmentación del llamado espacio de derechas ni con la buena salud —real pero limitada— de los nacionalismos periféricos. Estos, en el mejor de los casos, suman lo que ya tenían.
Podrá estirar la legislatura hasta el verano o el inicio del otoño de 2027 con una argucia técnica. Pero también es una trampa política: cuanto más se estira el tiempo, más se acelera el desgaste. A día de hoy, Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal superarían con holgura la mayoría absoluta. La incógnita no es la suma, sino la forma: gobierno con o sin Vox; y, si con Vox, con cuánto Vox.
Después vendrá lo que los cursis llaman «un nuevo tiempo». Traducido: Feijóo con un todavía desconocido proyecto de largo plazo, y el socialismo que iniciará su travesía del desierto y abrirá el melón del liderazgo. Parece improbable que Sánchez pueda pilotar la oposición; en política, como en casi todo, alguien acaba pagando la factura. Los nacionalismos, por su parte, deberán elegir entre dos opciones que, en realidad, son la misma: entre volver a echarse al monte los catalanes…. o echarse al monte los bildutarras. El PNV, de poli bueno, que es lo suyo. Con Vox dentro de la ecuación gubernamental, el margen para equilibrios amables será escaso con ambos nacionalismos.
Y todo ocurrirá en una Europa que todavía no sabe qué quiere ser. Con Nigel Farage asomando como posible primer ministro en el Reino Unido y el heredero político de Marine Le Pen disputando el mando en Francia, mientras las derechas soberanistas crecen o gobiernan en coalición en buena parte del continente. El contexto, más que acompañar, condiciona. Y a veces decide. En efecto, un «nuevo tiempo».
Coda 3 ) El Guernica para quien se lo trabaja. El pedir prestado unos meses el cuadro de Picasso se enmarca en los trapicheos de zoco árabe (qamp) de Sánchez y sus socios vascos. La intrahistoria del cuadro daría para mucho (aquí Andrés Trapiello da una sabrosas pinceladas), pero lo que cuenta es la finalidad política del cambalache. Si en contra del criterio técnico se produce el traslado, será una «transferencia» más (por mucho que sea temporal) como la que la «devolución» de edificios de propiedad estatal al ente autonómico. En realidad, son actos de decolonizadores que enmascaran un subtexto venenoso: España desagraviando a sus víctimas, (como expolios de Napoléon). Ni que decir tiene que es gasolina para el nacionalismo independentistas, que es de lo que hablamos cuando hablamos del PNV y Bildu, esas dos caras del mismo proyecto. En eso está el sanchismo para mantenerse mientras agoniza.
Cuestionario con Mostaza
Una semana más, sondeamos al sondeador sobre asunto candente de la actualidad. Mini cuestionario.
1. Estamos en plenas vacaciones de Semana Santa. Vuelven las procesiones, parece que con más fuerza que nunca… ¿Por qué?
Hay un repliegue generalizado hacia lo identitario, y en ese aspecto, las tradiciones en general y la religión en particular son elementos de mucho peso, no hay más que verlo en el mundo islámico. Pero no se engañe, Tadeu, todas las tradiciones son de hace dos días… En este sentido, le recomiendo que le eche un vistazo al libro más de actualidad que nunca La invención del pasado, de Miguel Anxo Murado.
2. Época de vacaciones y, con buen tiempo, también de playa. El cambio climático no afecta a las tradiciones…
También es una cosa de hace dos días. A lo largo de la historia, las playas eran sitios tenebrosos que todo el mundo evitaba. Eran «El territorio del vacío», como explica Corbin en un libro maravilloso, e inencontrable en castellano. Aquí. La playa surge como concepto en el final del barroco y al principio de la ilustración, pero son los románticos, sin duda, los que inventan el concepto moderno… Pero fíjese qué curioso, hasta muy tarde, digamos hasta bien entrado el XIX, las playas mediterráneas en general causaban repulsión entre las élites cultas del norte de Europa. En fin, de ahí a las multitudes en bañador en Denia solo había un paso. Y se dio.
3. Seguimos con guerra en Irán…
Sí, es incomprensible que la élite que rodea a Trump no entendiera lo estrecho que es el Estrecho de Ormuz. Estos días parecen Los cañones de agosto, de Barbara Tuchman. Esperemos que no acaben siendo, de la misma autor, La marcha de la locura. Recuerde la sentencia lapidaria de Josep Piqué: «La geografía siempre está, y la historia siempre vuelve».
4. Mientras tanto, en España jugando al juego de las sillas en la empresa más importantes del sector de la defensa.
Es una cosa espectacular; con menos de veinte escaños en el Congreso, el PSC tiene en el bolsillo a todas las grandes empresas españolas que están vinculadas de una u otra manera al Estado: Telefónica, AENA, ahora Indra. Es una situación tremenda, esta gente no se juegan su dinero, sino el de los accionistas, y así da todo un poco igual: «¿A mí que me importa que baje la acción?», decía una de las lumbreras estatales al mando de todo esto. El entorno de los brujos visitadores de Moncloa está intentando hacer caja con el ocaso del gobierno. Veremos. Ni siquiera es un capitalismo de amiguetes. Viendo el nivel, es más bien capitalismo de cuñados… Hay que ver la película La escopeta nacional de Berlanga para entender cómo se hacen algunos negocios en la España del gobierno «más a la izquierda» de la historia reciente.