The Objective
Jorge Freire

El suelo bajo las suelas

«El calzado es lo primero que toca el mundo y lo último en lo que reparamos cuando hablamos de él. ¿Cómo va a ser mirarse los zapatos un gesto de timidez?»

Opinión
El suelo bajo las suelas

Ilustración generada con IA.

Hace unas semanas, refirió la BBC que en la playa de Ogmore-by-Sea, brumosa localidad de Gales, irrumpieron de la noche a la mañana centenares de zapatos diminutos, como si Pulgarcito hubiese urdido un mercadillo clandestino. La escena tuvo algo de fábula hasta que compareció el experto y rompió el hechizo: se trataba de zapatos de la época victoriana, procedentes de un carguero italiano zozobrado tiempo atrás.

Hete aquí su explicación: el barco, corroído por los siglos, había ido deslastrándose, convocando a los infatigables mudlarks que rastrean las riberas en busca de pipas del diecisiete o botones napoleónicos. Pero ¿y la talla de esos zapatos? El experto vino a recordar que, por alta que sea la estima que reservemos a los victorianos —eminentes, à la Stracchey, o no tanto—, en general nuestros antepasados tenían los pies más pequeñitos. A las obvias miserias de su época (mala nutrición, enfermedades infantiles) se sumaba un calzado angosto y rígido, ajeno al drop, a la pisada neutra y a demás moderneces de la biomecánica, tan enemigo del pie como el corsé de la cintura.

La periodista Patricia González-Aldea sostenía en un libro estupendo (Historia del calzado, editorial Catarata) que cada zapato es un documento histórico que llevamos puesto. Hay en su suela rutas comerciales, jerarquías sociales, climas y tecnología. Si nos quemara la hemeroteca, podríamos recomponer la civilización egipcia con una sandalia de papiro, el Renacimiento con sus sedas y colores y la Revolución Industrial con su fealdad estandarizada.

Bien considerado, no deja de tener su guasa que hoy nos expendan como última revelación el dichoso calzado barefoot, eso de caminar descalzo respetando la anatomía del pie, cuando eso era lo consuetudinario en el Neolítico. El bueno de Ötzi, con sus cinco mil años a cuestas, es hoy el más refrescante de los influencers. Otro tanto con las celebérrimas sneakers, descendientes de las plimsolls decimonónicas. La conjunción entre la suela de goma y la lona superior evocaba la línea de flotación de los barcos (de ahí su nombre), y lo mismo cabe decir de las hodiernas Converse o Keds. Nada nuevo bajo el sol…

Si vivir es ver volver, como dejase consignado Azorín, sirva esta idea de negocio. A buen seguro habrá alguien interesado en ella. En el Egipto faraónico, las sandalias de papiro trenzado de la élite llevaban, además de correas historiadas con mil elementos decorativos, la faz de los enemigos dibujadas en la planta, de manera que uno, al caminar, los iba pisoteando. En un contexto tan polarizado como el nuestro, puede forrarse quien saque al mercado unas zapatillas con la cara de tal o cual político dibujada en la suela.

Acaso digan tanto del calzado sus hechuras como el sonido que produce. En el Japón del periodo Edo los adinerados llevaban unos curiosos zuecos llamados geta, con dos pequeños puentes en la suela que elevaban el pie varios centímetros de la humedad. Parecido a los zuecos de los campesinos gallegos, a los que también urgía resguardarse de la humedad, pero con la diferencia de que en los suelos japoneses, de madera o piedra, el zapato producía un sonido muy característico, un cloc-cloc que anunciaba el estatus de quien los portaba. Hoy todos llevamos zapatillas que amortiguan el ruido, quizá para que nadie suene distinto.

Yerran quienes creen que los zapatos son una cosa menor, solo porque ocupan la parte inferior de la vestimenta. ¿Es casualidad que nos despepitemos hablando de alguien apellidado Zapatero? El calzado es lo primero que toca el mundo y lo último en lo que reparamos cuando hablamos de él. ¿Cómo va a ser mirarse los zapatos un gesto de timidez o de ensimismamiento? Quien lo hace toma conciencia de dónde está plantado y qué lo sostiene. Como la protagonista de El suelo bajo sus pies, la mejor novela de Rushdie, quizá intuye que en cualquier momento las entrañas de la tierra podrían devorarla. En esa leve inclinación de la mirada, que algunos toman por abatimiento, se cifra una forma de estar en el mundo.

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