The Objective
Alejandro Molina

Trump, esa novia tóxica

«Lo que Trump significa en la escena geopolítica es el fin de la hipocresía, el ocaso de un mundo en el que se ejercía el poder de las armas sin invocarlo»

Opinión
Trump, esa novia tóxica

Ilustración de Alejandra Svriz

Lo escribió premonitoriamente Félix Ovejero muchos meses antes de que se produjeran sus más disruptivos golpes de efecto internacionales, significativamente la extracción de Maduro de Venezuela y los bombardeos sobre Irán: lo que Trump significa en la escena geopolítica es el fin de la hipocresía, el ocaso de un mundo en el que se ejercía el poder de las armas sin invocarlo, lo que era un modo de honrar, aunque fuera indirectamente, los principios morales o los del Derecho Internacional. La novedad con Trump es que no busca decorarse; es el poder desnudo como argumento.

Al margen de su política exterior, constatada su irrefrenable necesidad de sobreexposición mediática y su vigorosa incontinencia verbal (y escrita, especialmente en las redes sociales, sobre todo en su Truth Social), no puede negarse el magnético atractivo, casi dramático, que el puro personaje Trump despierta en el observador.

Es lugar común describirlo o tratar de anticipar sus acciones y reacciones mediante su subsunción en un perfil psicológico, como si de un arquetipo shakesperiano se tratara. Narcisista con rasgos maquiavélicos —en cuanto a lectura de audiencias y creación de narrativas— se ha dicho. Sin embargo, si restringimos el objeto de atención al comportamiento de Trump con sus aliados, al menos teóricos, es en la cultura popular donde, con mucho más modestas aspiraciones de análisis, mejor se encuentra su retrato más reconocible. Pensando, por ejemplo, en su forma de relacionarse con nuestro Sánchez (no tan lejano de Trump en su concepción de los límites al poder ejecutivo) o con el primer ministro británico, Starmer, cuesta no clasificarlo en el perfil de la novia tóxica.

La novia tóxica es esa relación disfuncional en que uno cae y donde predomina el daño emocional, la manipulación y el control, perjudicial todo ello para el bienestar mental de la pareja y de uno mismo. Que genera estrés, culpa, inseguridad y agotamiento psicológico, en la medida en que la novia prioriza el control sobre el respeto y el apoyo mutuo, incurriendo en celos, posesividad, manipulación emocional y victimismo. Curiosamente, el perfil de la novia tóxica en la cultura de masas se identifica sólo con la pareja femenina, mayormente porque los comportamientos que describen y definen ese retrato robot, dada la asimetría discriminatoria e incriminatoria que rige en muchos países occidentales, de incurrir en ellos un varón, se llamarían violencia de género. Por decirlo en una frase, la novia tóxica es la que hace psicológicamente todo lo que no puede hacer un hombre heterosexual en una relación sentimental sin incurrir en delito.

El rollo de Trump con Sánchez o Starmer es como el de una novia tóxica, dominante y temperamental, que lo mismo te insulta o amenaza porque no cooperas con ella que te desprecia porque dice que ella no necesita tu cooperación para nada. Aclárate, tía.

«Cuando Sánchez se escabulle —o al menos lo imposta públicamente—, Trump reacciona como si fuera una traición personal»

Con Sánchez, por ejemplo, Trump actúa como si tuviera que obedecer sus demandas sin rechistar; ya sea para que comprometa un gasto en defensa del 5% del PIB o porque quiere usar a voluntad las bases de Rota y Morón para los ataques contra Irán. Cuando Sánchez se escabulle —o al menos lo imposta públicamente—, Trump reacciona como si fuera una traición personal. Es el clásico «si me quisieras de verdad, harías lo que te pido». Como no parece conseguirlo —ya digo que Sánchez luego no es un novio tan díscolo—, nos llama Trump «aliado terrible», «hostil», y dice literalmente: «No queremos tener nada que ver con» los españoles porque «se han portado muy mal», amenazando en consecuencia con cortar todo comercio con España. En una relación tóxica, cuando la pareja no cumple, viene el drama: «¡Te vas a arrepentir, sin mí no eres nada!».

Y luego está la manipulación emocional y el victimismo. Así, Trump suele hacer una dicotomía entre el pueblo de un país aliado y sus dirigentes de los que quiere obtener algo. Cada vez que sale diciendo que, a diferencia de nuestros líderes, los españoles somos «great people» o «fantastic people», además de reparar uno en que lo mismo dice de —no sé— los liberianos, aunque no sepa ni por dónde queda ese país, se pasa una vergüenza terrible sólo de pensar que habrá españoles que se sientan reconocidos por tales alabanzas. Lisonjas más propias de una estrella de rock entrevistada en su hotel («I love the paella and the Spanish women») que de un líder internacional, sin olvidar que cuando Trump dice que «el pueblo español es fantástico» pero tiene un «liderazgo terrible» (Sánchez), es como cuando tu novia tóxica te dice: «Tú me gustas, pero esa personalidad tuya es el problema».

Si hubiera que ponerle un broche característico a la novia tóxica de Trump, es que es, además, una novia económicamente interesada, pesetera. Lo muestra cuando, refiriéndose a todo un país al que de ordinario está extorsionando, dice que espera hacer «business» o «deal with them» («con ello), incluso cuando ni siquiera se refiere a acuerdos comerciales. Ese «con ellos» denota que no tiene interiorizado que existan otros Estados, sino habitantes de otras partes del planeta que están circunstancialmente liderados por gente «terrible». Se comporta en definitiva como un ladrillero en la Marbella de los años ochenta del siglo pasado, comprando terreno rústico para recalificar o concejales: a lo Jesús Gil y Gil, pero con menos gracia y poniéndote una pistola en la cabeza, no un cheque en la mano.

Otra cosa finalmente reveladora de la concepción mercantilista de las relaciones que maneja Trump es que, cuando se refiere a un novio dócil, que le lame la suela sin pudor ni límite, es que dice de él que está haciendo «a great job», como si fuera el jardinero de su casa de Mar-a-Lago en Florida, que es en definitiva la consideración real en que tiene a esta suerte de partenaires, cuyo favorito sería sin duda el secretario general de la OTAN, el tal Mark Rutte, gente sin otro designio vital que salir siempre en auxilio del poderoso pisando en el camino a quien haga falta: el novio perfecto para Trump.

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