The Objective
Juan Marqués

Un buen premio para una horrible idea

«Es seguro que el dinero le vendrá muy bien a Samantha Schweblin, y nos alegramos de corazón. Ahora bien: ¿le vendrá bien a su literatura por venir?»

Opinión
Un buen premio para una horrible idea

La escritora Samanta Schweblin posa con el I Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana. | Kike Rincón (EP)

La relación de la política con la cultura casi siempre es nefasta, por ser en realidad antinatural. Los escritores, sobre todo los poetas, son como un pin en la solapa de los alcaldes o de las ministras, y eso sólo de vez en cuando, y sin dedicarle mucho tiempo. Los escritores son algo meramente decorativo en un contexto en el que nadie los leería ni bajo tortura. Demasiadas veces hemos asistido a actos «culturales» que enseguida se convierten en un mitin ideológico, y cuando uno trabaja para la Administración, sea el Gobierno central o algún Ayuntamiento, te lo explican con cierto descaro: «No, no, lo fundamental es que lleguen más originales que al premio del pueblo de al lado, como sea», «Mi premio ha de ser el mejor dotado, o el que tenga más impacto en prensa, o aquel en cuya entrega se sirvan las mejores croquetas… Que el libro premiado sea bueno o malo es algo que ni nos planteamos, porque, total, nadie lo va a leer».

Y en realidad no les falta razón: ¿por qué va a cuidarse la calidad o la pulcritud formal del texto final cuando en cada vez más editoriales miman también la «cáscara» del libro, los blurbs, las fajas, la promoción, la gira… desentendiéndose bastante del corazón del asunto (o, peor, pidiendo al autor o autora que lo simplifique un poco para «llegar» a más gente).

Yo soy crítico de libros, no de noticias, y muchas veces se me pide que opine sobre cosas que no son de mi jurisdicción, que no quiero que lo sean. Si algún día escribo sobre David Uclés, buen chico y notable escritor que va a ser echado a perder, lo haré de sus novelas, nunca de su boina o de su acordeón; ni siquiera las declaraciones de nadie sobre literatura, brillantes o desafortunadas, deberían llegarme, y de hecho leo muy poca prensa, incluso pocas reseñas, porque se trata de leer libros con calma y de pensarlos con libertad. Estoy en el fondo convencido de que en el fondo todo es una excusa para no leer, incluso los suplementos culturales de los periódicos, las ferias del libro, las polémicas «literarias», los podcasts con escritores o por supuesto los premios: la cultura, tal y como yo la entiendo, sólo es una persona que se aparte de donde está el follón para leer un rato con tranquilidad. Todo lo demás son distracciones, excusas, ocio, malentendidos o, muchas veces, indigencia intelectual. Menos Facebook y más Keats. Que no se note tanto, diciendo tantas cosas, que no tenéis nada que decir.

Ahora ha habido revuelo por un premio que ha convocado AENA y que otorga un millón de euros a un libro publicado el año anterior. No sé muy bien quién está detrás, ni cuáles son las intenciones ni el procedimiento, pero en principio la idea parece, desde luego, un despropósito, pero no porque sea mucho sino porque es algo anulador. Si a mí me dieran un millón de euros para rato me iba a poner yo a proponer más libros sobre Barea, Sender o Aub o a imaginar más novelas (esto lo digo por si algún generoso enemigo mío quiere hacerme una transferencia y callarme para siempre).

Pero no sé: para la gente que sí necesita escribir, que no puede no hacerlo, que imagina de forma natural y escribe por verdadera vocación (yo no soy en absoluto de esos, como comprobé sin dudas y sin traumas al conocer a gente a los que sí les pasa eso, y para quienes escribir es una función vital más, como lo es para otros correr o pescar), tal vez sea una ayuda, un aliciente. Ahora Samantha Schweblin se puede comprar, no sé una casa en Galicia, y pasar allí seis meses al año escribiendo algún nuevo cuento con más serenidad. Si fuera así, un millón de euros me parece hasta poco, y que se trate de dinero público, de todos y de todas, no debería aumentar la indignación popular, porque todas y todos ganamos con que se produzca, genere y publique buena literatura.

«Tal y como están las cosas, y viniendo lo que viene, que hayan tenido la vergüenza de elegir libros serios es mucho»

Porque al cabo lo principal que de momento hay que decir sobre este premio es que los cinco finalistas eran escritores, y se trataba de libros literarios. Alguien dirá «hombre, no fastidies, pues sólo faltaría», pero me temo que quien exclame eso no se está enterando de mucho: tal y como están las cosas, y viniendo lo que viene, que hayan tenido la vergüenza de elegir libros serios es mucho. Es verdad que no descubren nada, que no se arriesgan en absoluto, que complacen a los grandes grupos editoriales, que fueron cautos y hasta perezosos a la hora de intentar sofocar las protestas antes de que se produjeran…, pero lo cierto es que, si la cosa hubiese estado sometida a votación entre lectores autorizados, muy probablemente la terna de finalistas sería parecida o en todo caso similar, de la misma orientación, de semejante tono.

Y pensaréis que es broma, pero insisto: que en el contexto social de 2026 no esté en la final Nieves Herrero o Santiago Díaz es mucho, sobre todo porque, por experiencia, estoy seguro de que en los engranajes invisibles del premio hay gestores y políticas que presionarían para que se tratase de esos nombres «que venden”, «que suenan», «que salen en la tele», «que gustan a la gente», de esos que publican libros con los títulos en relieve en las cubiertas.

De los cinco finalistas yo he leído tres, y ha ganado el que con diferencia más me gustó, una obra maestra que contiene un cuento genial, histórico. Como expliqué aquí cuando me pidieron que opinase sobre los mejores libros de 2025, el libro que más me gustó fue el de Pedro Mairal, pero mi texto favorito entre la cosecha del año es el cuento titulado El ojo en la garganta, que vale todo el oro del mundo, porque recuerden que el valor del arte es idealmente incalculable (¿cuánto estaríamos dispuestos a cobrar por que en el mundo no hubiera existido El Quijote, si algún demonio apareciese y nos tentase con eso, al modo de El mandarín aquel de Eça de Queiroz?).

Adoro a Enrique Vila-Matas, pero su Canon de sombra, siendo muy bueno, no estará, cuando toque hacer balance, ni entre sus diez libros mejores. Y la nueva ristra de recuerdos y retratos familiares de Marcos Giralt Torrente es. como todas las suyas, deliciosa y maliciosa, literariamente alta, pero está bien que, a la hora de la verdad (o de esta verdad parcial del AENA), el testimonio personal, por noble e interesante que sea, se retire ante la mejor muestra de ficción, invención e imaginación.

Así que ése sería mi balance: un final feliz para una iniciativa muy discutible. Tal y como yo lo veo, han premiado al mejor texto que leí de 2025. Que el dinero le vendrá muy bien a Samantha Schweblin no hay por qué dudarlo, y yo me alegro mucho por ella. Ahora bien: ¿le vendrá bien a su literatura, y por tanto nos beneficiaremos todos los demás, o será como la maldición del Nobel, que según viejos rumores inhabilita para la creación de nuevos buenos textos?). No lo sabemos. Habrá que esperar al año que viene para ver, por un lado, si AENA rectifica alguno de los hiperbólicos puntos de sus bases, si reparte mejor el dinero, si reserva alguna parte para favorecer o facilitar otros proyectos, otras «urgencias», otras lagunas culturales…, y, por otro, para ver si el nuevo repóquer de finalistas continúa con el nivel serio, pudoroso y más o menos «ecuménico» de esta primera vez.

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