The Objective
Guadalupe Sánchez

Carta abierta al español ensimismado

«España no está dormida. España ha decidido no despertar. Y en ese estado, lo grave deja de importar, porque lo importante ya no es lo que pasa, es quién lo hace»

Opinión
Carta abierta al español ensimismado

Imagen creada con inteligencia artificial.

España se echó a la calle por un perro.

Sí, por un perro. Conviene repetirlo despacio, porque ahí está todo. Un país entero movilizado, indignado, moralmente en llamas por el sacrificio de un animal en un contexto sanitario excepcional. Concentraciones, gritos, portadas, lágrimas, superioridad moral desatada. España en pie.

Ese mismo país hoy tiene 46 muertos en un accidente ferroviario, a decenas de familias destrozadas, a niños huérfanos y a padres que han perdido a sus hijos. Ese país, nuestro país, se entera de que ADIF —la empresa pública que gestiona el transporte ferroviario— retiró un carril entero sin avisar a la juez que investiga el caso porque no aparecía en las facturas. Y no pasa nada: las mismas calles que se llenaron de ciudadanos indignados para protestar contra la decisión de un Gobierno del PP de sacrificar a un perro para evitar el contagio del ébola, hoy están vacías. No hay nada.

Así que la pregunta no es qué está pasando sino qué coño te pasa. Sí, a ti. Porque esto no va solo de lo que hace el Gobierno, va de lo que tú estás dispuesto a tragar. No es solo que te hayan infantilizado hasta indignarte más por un perro que por 46 compatriotas muertos —que también—, es algo mucho más simple: no gobierna el PP. Con eso te basta. Ellos lo saben. Por eso pueden hacer lo que les dé la gana.

Te indignaste por Excalibur, te indignaste por una crema hurtada en un supermercado, te indignaste en Sol, en las plazas, en las redes, en los bares. Te creíste exigente, crítico, implacable, vendiéndote como ciudadano incómodo. Ahora tragas.

«Tragas con rescates millonarios a empresas a cambio de favores y de comisiones millonarias, tragas con mordidas en la obra pública»

Tragas con 46 muertos y posibles manipulaciones en una investigación judicial, tragas con meretrices que han reconocido ante el Supremo haber sido colocadas por un ministro en empresas públicas de las que cobraban sin dar palo al agua —vinculadas al transporte ferroviario, por cierto—, tragas con bolsas de dinero entrando y saliendo de la sede del Partido Socialista en Madrid, tragas con rescates millonarios a empresas a cambio de favores y de comisiones millonarias, tragas con mordidas en la obra pública. Tragas con una amnistía que pagó el poder con impunidad a sus socios delincuentes, con un Ejecutivo que lleva tres años sin presentar presupuestos, que gobierna a base de decretos y que ha desnaturalizado al parlamentarismo.

Sí, abres la boca, masticas y te tragas todo eso mientras el presidente te entretiene con su postureo internacional performativo, con sus publicaciones delirantes en TikTok y con polémicas sobre presentadoras con cabestrillo y cánticos en los estadios, cuidadosamente diseñadas para polarizar y distraer. Y funciona. Funciona porque enfrente saben que estás tú, que has decidido no mirar.

Y no haces nada. No porque no lo sepas, sino porque no te compensa reaccionar. Esa es la verdad que escuece. Prefieres indignarte por lo que no cuesta que enfrentarte a lo que sí, prefieres el escándalo sencillo al problema serio, sumarte al postureo indignado en lugar de analizar la situación real. Porque el ruido fácil da más views y likes que la asunción de responsabilidad por tus decisiones.

Y esto explica cómo hemos llegado hasta aquí. Mientras tú te indignabas por un perro, otros entendieron perfectamente —gracias a ti— cómo funciona la psicología de todo un país: basta con darte tu dosis de espectáculo, señalar al enemigo correcto, lanzarte consignas simples e inflamarte el ego para que te creas moralmente superior para gobernar sin frenos y sin miedo.

«Entre calidad democrática y paguita, eliges paguita. Entre decencia y carguito, escoges carguito»

Y da resultado porque tú has aceptado que es más cómodo vivir así. Porque tienes demasiado que perder. Dependes de que nada cambie. Y no sólo no te importa: aunque nunca vas a reconocerlo, en el fondo sabes que te parece bien.

Subsidios, empleo público, subvenciones, favores, redes clientelares que fomentan el voto cautivo… Pequeñas y grandes dependencias que convierten la honestidad en un lujo al que tú has decidido voluntariamente renunciar. Entre calidad democrática y paguita, eliges paguita. Entre decencia y carguito, escoges carguito. A partir de ahí todo encaja: encaja tu silencio, encaja tu apatía, encaja tu condescendencia, encaja la doble vara de medir, encaja que un perro provoque un incendio nacional, mientras que 46 muertos por la falta de mantenimiento de las vías apenas alteren el pulso del país.

España no está dormida. España ha decidido no despertar. Y en ese estado, lo grave deja de importar, porque lo importante ya no es lo que pasa, es quién lo hace. Y mientras esa sea la medida de las cosas, nos podemos ir olvidando de exigir nada. Porque el problema ya no está arriba. El problema somos nosotros. El problema eres tú.

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