¿El fin de un ciclo identitario?
«Tal vez el votante ya no necesita un ingeniero de almas que afiance su identidad, sino un político que solucione problemas reales»

Ilustración generada con IA.
Ciertos asuntos que salpicaron el debate público hace dos, tres lustros, han pasado al olvido y hoy ya nadie, a menos que no le tema al ridículo, alerta sobre ellos. Ya no se habla de los horrores de la apropiación cultural ni se denuncian las microagresiones que comete un camarero cuando le sirve la cerveza al hombre y el agua mineral a la mujer. Después de ver el horror en Ucrania y Gaza, parece ridículo sentirse victimizado por nimiedades; y después de haber visto a Nicolás Maduro y a Daniel Ortega desdoblar el género hasta el delirio, «trabajadores del mundo y trabajadoras de la munda», insistir en las virtudes morales del lenguaje inclusivo resulta bastante menos convincente.
No es solo eso: la retórica interseccional se ha convertido en la contraseña de sectas marginales ungidas con el extraño don de destrozar cualquier causa noble que se les cruce en el camino, y los aliados feministas, al igual que los presidentes peruanos, tienen una alta probabilidad de acabar con serias acusaciones en los juzgados. Ni hablar de los espacios seguros, de los trigger warnings y hasta de la cancelación políticamente correcta: cultivan moho y parecen la reliquia vergonzosa de un período de infantilismo y necedad. Es patente que el wokismo de izquierdas está en retirada; la pregunta es si lo mismo está pasando con el wokismo de derechas.
Porque también existe, desde luego. Fue la reacción exaltada de los sectores más tradicionalistas, que salieron al paso de los izquierdistas con sus propios temores y alertas sociales. Ya no era el racismo estructural, sino la ideología de género, la teoría del reemplazo o el perverso influjo de Soros y de las organizaciones globalistas. El wokismo de derechas recalentó una retórica hostil contra la población LGBTQI; «sodomitas», «insanos», los llamaron en Argentina, se enfundaron las banderas nacionales y decidieron que el cosmopolitismo era una carcoma aberrante para las tradiciones y la pureza identitaria. La acción canceladora también los tentó y se dejaron ver haciendo el ridículo en algún que otro escenario teatral, donde mandaron parar, y en las bibliotecas escolares, donde purgaron la literatura que pudiera dar una imagen «errónea» de lo que era una familia saludable y normal.
Como decía el añorado Robert Hughes, unos castigaban la corrección política y los otros la corrección patriótica, pero los dos daban la lata por igual. Los de aquí veían racismo, machismo y colonialismo debajo de cada piedra; los de allá temían a la desvirilización de la sociedad, a la pérdida de soberanía y a la desintegración de la familia, la raza y de la identidad nacional: la misma histeria, el mismo intento por controlar y prohibir, el mismo interés en poblar la realidad de monstruos y amenazas que despertaran miedos y odios, formaran trincheras y animaran a su rebaño a votar.
Pero si al primer wokismo le llegó su hora, puede que al segundo también le esté llegando. Hay síntomas de cansancio, al menos de estancamiento, y es posible que los electores estén dándose cuenta de que con retórica, símbolos e identidades se alimentan las pasiones y las batallas culturales, pero no a las familias ni a los hijos. En las elecciones húngaras de este domingo se verá si los votantes siguen favoreciendo los discursos identitarios, o si van a reaccionar ante el hecho flagrante de que Hungría tiene los peores índices de corrupción de la Unión Europea, una degradación democrática preocupante y una economía que prácticamente no crece desde 2023. Las encuestas dicen que sí, que Viktor Orbán, el mayor difusor del patrioterismo y del wokismo de derechas, puede perder el poder.
Lo mismo le puede ocurrir a Trump en noviembre en las elecciones legislativas estadounidenses, que no pintan nada bien para su partido. Parece haber cierto desgaste del chovinismo con el que se tapan corruptelas y negocios particulares, y se justifican arbitrariedades que van desde la corrupción institucional y las guerras ilegales hasta la caza de los inmigrantes. Vox está implosionando en cámara lenta ante las denuncias de sus antiguos miembros, que ven a Santiago Abascal bastante más preocupado por sus finanzas personales que por España, y la batalla cultural de Milei no ha podido ocultar el escándalo de corrupción que ha salpicado a Manuel Adorni, uno de sus funcionarios más cercanos, ni su vinculación a la estafa de la criptomoneda Libra: nunca antes su popularidad había sido tan baja.
En Chile, el candidato de las batallitas culturales, Johannes Kaiser, perdió frente a una derecha dura, incluso muy dura, pero no payasa y con apego a la tradición republicana; en Brasil, aunque los Bolsonaro siguen políticamente vivos y Flavio, el hijo de Jair, tiene opciones de ganar las presidenciales, Lula no va a ser un candidato fácil de batir; en Perú, aunque las encuestas varían mucho, el ultra Rafael López Aliaga, otro derechista reaccionario y ultramontano, aliado de Abascal, puede quedarse fuera de la segunda vuelta presidencial; y en Colombia, Abelardo de la Espriella, el patriotero antiglobalista, trumpiano en su estética y en su amoralidad, anfitrión de Agustín Laje en sus performances de campaña, empieza a ser desplazado en las encuestas por una derecha más estructurada e institucional. Para completar el cuadro, en Alemania la ultraderecha también se está estancando y el bloque conservador ya lo iguala en las encuestas.
«El ‘wokismo’ de derechas recalentó una retórica hostil contra la población LGBTQI, se enfundaron las banderas nacionales y decidieron que el cosmopolitismo era una carcoma aberrante para la pureza identitaria»
Esto no significa que esta nueva oferta política y su identitarismo y su wokismo vayan a desaparecer o a convertirse en fenómenos residuales. Al contrario, en algunos países europeos aún ejercen mucha influencia y pueden llegar al poder. Pero el caos global que ha generado Trump, sumado al sabotaje prorruso de Orbán y al afán pecuniario de tanto regenerador de la patria, pueden estar mermando el efecto seductor de la incorrección política y de los bienes espirituales que la nueva derecha ofrece en sus programas. Tal vez el votante ya no necesita un ingeniero de almas que afiance su identidad ni que le llene la imaginación de símbolos, relatos, amenazas, amigos y enemigos, sino un político que solucione problemas reales y modernice sus sociedades. Ocurre que el identitarismo de izquierdas fue reemplazado por un identitarismo de derechas: no hubo un cambio de ciclo modernizador, y eso es lo que puede empezar a darse mañana si Orbán pierde (y acepta su derrota) en las elecciones presidenciales húngaras.