Juan Claudio de Ramón

Otros otoños

"Mientras me quejo del calor, es mi mujer la que pronuncia la sentencia: 'Ya no habrá más otoños'"

Opinión

Otros otoños
Foto: Cortesía de Juan Claudio de Ramón
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

¿Cuándo comenzó en nuestra cultura el hábito de asociar el otoño a la decadencia, la tristeza y la extinción? No es lo que la etimología sugiere; antes lo contrario. En latín, autumnus parece tomar la raíz de auctus, participio pasado de augeo, que quiere decir: crecer, aumentar o  expandirse. Combinado con annus, el significado se aproxima a «momento de plenitud del año», algo alejado de unos mohínes taciturnos con menos alcurnia de lo que cabría imaginar. Tomemos, por ejemplo, Las cuatro estaciones de Vivaldi. ¿Alguien puede creer, escuchando los primeros compases del concierto dedicado al otoño, que se trata de una estación triste? Más bien Vivaldi da a entender que el otoño no es sino una segunda primavera y que juntos, estaciones de la vida y la abundancia, forman el contrapunto cíclico del verano y del invierno, estaciones de la muerte y la desolación. El propio Vivaldi lo confirma en los sonetos de los que acompañó la partitura. En el que glosa el otoño leemos: «al aire que templado da placer, la estación que invita a tantos a un dulce sueño, al bello gozo». Los invitados al gozo son, por supuesto, los campesinos, que por fin pueden recoger la cosecha y emborracharse con el vino recién vendimiado. Estación, pues, rica en frutas y fiestas, como muestra Arcimboldo, que pinta la otoñada como un rostro gordo de legumbres y vides saliendo de una tinaja. Y en español, retoñar es florecer de nuevo.

Esta idea del otoño como sinónimo de ebriedad y goliardía no podía sobrevivir al tránsito de un mundo agrícola a uno industrial y luego de servicios. Las vacaciones pagadas hicieron del verano nuestra estación epicúrea, mientras la caída de la hoja, la evasión de los pájaros y el acortamiento de las horas de luz fueron vistiendo al otoño de sus actuales atributos de serena melancolía. De naturaleza viva a naturaleza muerta. Como en tantas otras provincias de la vida moderna, son los poetas románticos quienes hacen del otoño el hogar del rescoldo, la pérdida y los sentimientos moribundos. Rápido tránsito: la oda de Keats a la estación todavía celebra la abundancia, la de Shelley ya es un canto fúnebre. En la pintura fue tema habitual de prerrafaelitas e impresionistas, unidos por su amor al color de los follajes otoñales. Un festín para la mirada. Bien lo sé. En Ottawa, ciudad donde viví, confluyen cada octubre miles de turistas de exquisito gusto solo para ver la belleza carnal de las copas de los arces, en las que rojos, verdes, amarillos y marrones se entreveran siguiendo un secreto algoritmo cromático. Colores que, mientras haya de vivir, no olvidaré. 

Escribo estas ñoñas líneas como venganza de este falso y pegajoso octubre, veroño lo llaman, que amenaza con convertirse en la norma a consecuencia del cambio climático. Mientras me quejo del calor, es mi mujer la que pronuncia la sentencia: «Ya no habrá más otoños». Que es como decir que ya no habrá estaciones, que solo pueden existir como parte de una accidentada orografía recurrente. Me imagino los años calurosos y planos que vendrán y me quedo triste un segundo, añorando esa «amarilla paz de hojas caídas» de la que habla el poeta. Busco en spotify Autumn in New York con la voz de Ella Fitzgerald y la trompeta de Louis Armstrong y se me pasa: «it’s good to live again».

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