José García Domínguez

Para entender el laberinto catalán (5)

«En el Madrid de los despachos del poder y de los grandes centros de influencia nunca ha sabido catalán nadie. Siempre fue así y sigue siendo así»

Opinión

Para entender el laberinto catalán (5)
Foto: NACHO DOCE| Reuters
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Una circunstancia en la que no se repara nunca y que, sin embargo, constituye un factor explicativo de primer orden, a mi juicio casi el principal, para entender la radical miopía crónica de las élites políticas y culturales españolas a la hora de afrontar el problema catalán es el universal desconocimiento por su parte del idioma tradicional de ese territorio. En el Madrid de los despachos del poder y de los grandes centros de influencia nunca ha sabido catalán nadie. Siempre fue así y sigue siendo así. A día de hoy, por ejemplo, y tras una asonada insurreccional dirigida desde las propias instituciones, estrago que alentó la mayor conmoción nacional desde la irrupción pistola en mano del coronel Tejero en las Cortes, continúa sin haber absolutamente nadie allí, con la única y muy meritoria salvedad del diputado Errejón, capaz de leer por sí mismo un triste folio en catalán. Algo, si bien se mira, por entero inaudito. Que la clase dirigentes española entendida en su sentido más amplio, desde los líderes políticos a los directores de los principales periódicos, pasando por los académicos o los empresarios del Ibex, siga hablando de oídas por rutinaria costumbre, siempre teniendo que recurrir al auxilio de intermediarios interesados, del principal problema político de la nación desde hace cerca de dos siglos, ¡dos siglos!, supone una prueba a partes iguales de pereza y frivolidad ecuménicas desoladoramente asombrosa. Diríase que desde que el falangista Ridruejo se tomó el trabajo personal de traducir El cuaderno gris nadie en la capital volvió a mostrar interés por averiguar algo de la intrahistoria de Cataluña, algo que trascendiera las convenciones tópicas y los lugares comunes de rigor. 

Así, la pervivencia de esa añeja leyenda urbana, la que sostiene que la mítica burguesía autóctona sería el sujeto protagonista colectivo que se encuentra en la raíz del nacionalismo, cuento falaz infinitas veces repetido, solo puede ser entendida en el contexto del desconocimiento tan generalizado de la cultura del catalanismo que se acaba de mencionar. Y es que el Madrid con mando en plaza, todo él, tanto el conservador como el socialdemócrata, se pasó las cuatro décadas previas al 1 de octubre de 2017 firmemente persuadido de que la difunta CiU de Jordi Pujol no era más que la reencarnación contemporánea de la Lliga de Cambó. ¿Y quién se podía imaginar a Cambó encabezando a las masas insurgentes en una revuelta callejera contra el orden establecido? Si se hubieran tomado alguna vez la molestia de leer a los ideólogos catalanistas, empezando por el propio Jordi Pujol, se habrían librado al punto de esa confusión conceptual que acabó  provocando efectos tan graves como los que todavía arrostarmos en este instante. Porque CDC, la extinta fuerza matriz de cuyo seno surgió tanto la nueva organización partidaria de Puigdemont como el sanedrín dirigente que impulsaría el intento de sedición, nada tenía que ver con la Lliga. Absolutamente nada. Unos y otros pertenecieron siempre a mundos distantes y distintos. 

Al cabo, la burguesía catalana dejó de existir en tanto que actor político en el primer tercio del siglo XX. A fin de cuentas, la Lliga nunca dejó de ser en última instancia la plataforma representativa de los intereses proteccionistas de los industriales catalanes, siempre en tensión con las veleidades librecambistas del poder central. Nada que ver con lo que vendría después. Nada. Porque ni Pujol procedía de aquella clase social, la alta burguesía industrial (a Puigdemont basta con verlo para sacar conclusiones inequívocas al respecto), ni la corriente central del nacionalismo doméstico que él encabezaría se quiso nunca sucesora de aquellas otras siglas. En las antípodas de refinados y añejos cosmopolitismos burgueses, lo que políticamente alumbró Pujol, esa criatura amorfa que ahora responde por Junts per Catalunya, remite a un heterogéneo conglomerado interclasista, el célebre pal de paller del que hablaba el viejo patriarca caído en desgracia, que si a algo se parece realmente es, más que a cualquier otra cosa, a un movimiento indigenista. Nada que ver con la burguesía y sí mucho, en cambio, con la clerecía, esa ubicua marabunta insaciable de cazadores profesionales de rentas institucionales envueltos a todas horas en banderas esteladas. En cuanto a la burguesía, si es que aún existe, ni está ni se la espera.

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