Carlos Mayoral

Pardo Bazán, detectives y literatura comparada

«Hablar de Emilia Pardo Bazán es hablar de una amante de la literatura en todas sus formas y manifestaciones»

Opinión

Pardo Bazán, detectives y literatura comparada
Foto: Wikimedia Commons
Carlos Mayoral

Carlos Mayoral

Un sustantivo: juntaletras; y tres adjetivos: solotildista, machadiano, puntoycomista.

Leo en una información de Inés Martín Rodrigo para ABC que en este 2021, año del centenario de Emilia Pardo Bazán, se publica una novela inédita de la Condesa que parece no tener desperdicio. Ha sido encontrada en la Real Academia Gallega, institución que doña Emilia ayudó a fundar con, entre otros, el padre de los hermanos Machado, gallego amante del folclor. Se titula Selva, y se trata de un relato detectivesco protagonizado por el inspector homónimo: Ignacio Selva. Una vez más, la Condesa se muestra como una adelantada a su tiempo, pues apenas encuentra uno mujeres de renombre que se hubieran enfrentado a la narrativa de suspense. Más tarde vendrían las Agatha Christie, Patricia Highsmith o Camilla Läckberg; aunque si hablamos de pioneras ahí tenemos a nuestra autora gallega, que ya escarbaba en el género para, como cuenta Inés, enmendarle la plana a sir Arthur Conan Doyle, cuyas novelas le parecían poco profundas desde el punto de vista psicológico.


Es inevitable pensar en la ecléctica erudición que desprende Pardo Bazán cada vez que se hojea su bibliografía. Pese a que es conocida por el público lector gracias a su canónica Los Pazos de Ulloa, y pese a que es respetada por el ambiente filológico gracias a su Cuestión Palpitante, lo cierto es que detrás hay mucho más. Maestra de lo que hoy llamaríamos literatura comparada, capaz de indagar lo mismo en el anglosajonísimo Sherlock, que en las tripas del eslavo Turguénev, o en el naturalismo francés en boga. Igualmente encaraba un cuento de terror a la manera de ese Edgar Allan Poe del que tanto se hablaba en París, que se aupaba a la literatura de viajes que había elevado Alí Bey a principios de siglo, que metía los dos pies en la crítica literaria sin desmerecer a otros maestros de su generación como Leopoldo Alas. Ensayos sobre política, historia, cocina o moda; artículos periodísticos sobre su Galicia, sobre el papel de la Iglesia en aquella España decadente, sobre Sorolla o Hernán Cortés.

Hablar de Emilia Pardo Bazán es hablar de una amante de la literatura en todas sus formas y manifestaciones. Tanto la amó que renunció a su matrimonio cuando comprendió que la alianza suponía perder vuelo en el horizonte de las letras. Pocas personalidades en la historia de nuestro idioma han demostrado una capacidad de adaptación tal en cada terreno; quizás Quevedo, poco más. Dramaturga, ensayista, poeta, traductora. Hasta sus famosas cartas desprenden un tono especial. Y todo esto en un ambiente, el de aquella España finisecular de caciquismo y sacristía, donde a la mujer no se le daba espacio para investigar, para conocer, para interesarse. La Real Academia de la Lengua tuvo a bien despreciarla, quizá por entender que aquella mujer había explorado muchos más territorios lingüísticos y literarios que la mayoría de los dinosaurios que por allí pisaban. En su centenario, con una novela detectivesca por delante, doña Emilia sigue alimentando su copiosa obra, una de las argamasas más compactas de la historia de nuestras letras.

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