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Perder el Sur

Foto: Seth Perlman | AP Images / Archivo

En una carta fechada el 24 de agosto de 1855, Abraham Lincoln escribe a su amigo Joshua F. Speed:

«Tengo la impresión de que estamos degenerando a un ritmo muy rápido. Como nación comenzamos declarando que “todos los hombres han sido creados iguales”, y en la práctica se lee: “todos los hombres han sido creados iguales, excepto los negros”. Cuando los ignorantes tomen el control, se leerá: “todos los hombres han sido creados iguales, excepto los negros, los extranjeros y los católicos”. Cuando alcancemos este punto, preferiré emigrar a algún país que no finja amar la libertad.  A Rusia, por ejemplo, donde el despotismo se manifiesta puro,  sin pátina de hipocresía».

En esta carta, el futuro presidente Lincoln denuncia una erosión paulatina de la premisa fundacional del proyecto americano. Muestra que una democracia no necesita el advenimiento repentino de una tiranía para dejar de serlo. Para degenerar, a una democracia le basta con ceder espacio a la discriminación y la injusticia, o con resignarse a tolerar la humillación de una parte de sus ciudadanos. Lincoln pasó a la historia como el presidente que ilegalizó la esclavitud, pero también como el dirigente que estuvo dispuesto a pagar el precio más alto —la guerra civil— para que el mal no subsistiera.

Casi un siglo después, tras el asesinato de Kennedy en noviembre de 1963, ascendió a la presidencia el tejano Lyndon B. Johnson, hasta entonces Vicepresidente. Johnson era menos fotogénico que su predecesor, pero su impacto en las vidas más discriminadas y desfavorecidas del país fue infinitamente mayor. Su legado más recordado son la Ley de Derechos Civiles de 1964, y la Ley de derecho de voto de 1965.

Para aprobarlas, Johnson se enfrentó a la obstinada oposición de sus propios compañeros del Partido Demócrata. Pocos recuerdan que en aquel momento los demócratas gobernaban casi la totalidad de los estados del Sur; “Solid South”, lo llamaban. Los gobernadores demócratas eran conscientes de que la aprobación de medidas federales para des-segregar el Sur les expulsaría de las instituciones. Y así fue. El sureño Johnson destrozó el régimen de Jim Crow, pero también la solidez electoral de su partido en el Sur. Johnson asumió el riesgo —y después las consecuencias— de hacer lo correcto. Perdió el Sur, pero quien quedó retratado para la historia no fue él, sino quienes le retiraron el voto y la palabra.

Parece cada vez  más claro que en España, un partido nacional que apueste por medidas que profundicen en la igualdad y la justicia, corre el riesgo de desaparecer en determinadas regiones. Es lo que evita que exista una justa redistribución interterritorial de la riqueza, que se apruebe un impuesto de sucesiones general que combata la desigualdad de origen, que se protejan los derechos lingüísticos de los castellanohablantes, y hasta que se persiga a quienes atentan contra sedes de periódicos o partidos políticos. El temor a la insignificancia provoca que se baile al son de hegemonías locales, o de frívolas modas pasajeras, y se dejen de lado valores fundamentales. Si Johnson hubiera obrado igual, quizá en Mississippi aún gobernaría el Partido Demócrata, pero los negros seguirían sentados al fondo del autobús.

Si las cosas siguen así, al igual que Lincoln, me plantearé emigrar allá donde el desprecio a la igualdad se manifieste claro y conciso, sin asomo de hipocresía. Y discúlpenme si, como Johnson, entre perder votos y perder la decencia, prefiero a quienes optan por lo primero.

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