Juan Manuel Bellver

Por qué amamos la baja cultura

"A mí me gustan los libros a secas, sin pensar en si forman parte de la alta cultura o si se trata de eso que los anglosajones llaman commercial fiction"

Opinión

Por qué amamos la baja cultura

“¡Ustedes, los soldados, siempre leyendo libros de putas!” Tenía 19 años y estaba sirviendo a la patria en un acuartelamiento del Ejército del Aire en Arturo Soria. En un rato de descanso, había sacado de mi taquilla un ejemplar de Trópico de cáncer de Henry Miller y estaba inmerso en la lectura cuando entró el teniente de la unidad: un tipo con una rectitud castrense digna de Full Metal Jacket, que se cortaba el pelo cada semana, se afeitaba dos veces al día y tomaba siete u ocho cafés por jornada. Al oírle, no sé por qué, puse la novela del revés sobre la mesa en un efecto reflejo.

Con la seguridad que daba el rango de oficial en aquella España de los primeros 80, tomó el ejemplar y le dio la vuelta para observar circunspecto la portada: en la edición de bolsillo de Bruguera de 1982, que aún conservo, se podía ver la foto en blanco y negro de una guapa señorita apenas vestida con un camisón, sentada con el pelo suelto, una carrera en la media y un pecho fuera.

Acaso era una instantánea de Brassaï, que fue amigo de Miller en el París de los años 30, pero bien podría estar sacada de esa curiosa obra de Alexandre Dupouy titulado Mauvaises filles, que recopila imágenes de los burdeles de Pigalle en el periodo de Entreguerras. “Es literatura, mi teniente”, argumenté sin demasiada convicción. “No me cuentes monsergas, chico”, replicó en tono severo. “¡Me vas a enseñar a mí lo que estimula a la tropa!”

Con razón o sin ella, como indicaba aquella máxima sobre el espíritu de unión y socorro del código legionario de Millán-Astray, mi teniente estaba trazando a su manera la línea divisoria entre la alta y la baja literatura, adelantándose unos lustros al debate que lanzó José María Guelbenzu en octubre de 2014, en el Congreso de Panamá, al proclamar que en España apenas existen 10.000 lectores de “alta literatura”.

“Alta literatura es, para mí, aquella que corre cualquier clase de riesgo con la intención de hacer avanzar el arte de la escritura y de la expresión”, explicaría meses después en las páginas de El Cultural el autor de El amor verdadero. “En lógica consecuencia, necesita de un lector capaz de seguirle en ese riesgo. El resto es literatura que transita por caminos trillados, pudiendo ofrecer libros excelentes o menos excelentes, pero en todo caso convencionales”.

Curioso que aquella mecha la prendiera uno de los pocos escritores españoles del último siglo que, al igual que Vázquez Montalbán con la serie del detective Carvalho, han cultivado en su ficción las dos facetas, con títulos más ambiciosos y otros con mayor vocación de entretenimiento, como sus novelas protagonizadas por la jueza Mariana de Marco.

La polémica no es nueva y ya figuraba en el trasfondo de la pieza teatral Old Acquaintance (1940) de John Van Druten, que los cinéfilos conocerán mejor por sus dos adaptaciones cinematográficas: la irregular Vieja amistad (Vincent Sherman, 1943), con Bette Davis y Miriam Hopkins, y la estupenda Ricas y famosas (George Cukor, 1981), con Jacqueline Bisset y Candice Bergen. En esta comedia dramática sobre la amistad y el paso del tiempo –con algún guiño erótico que el octogenario Cukor se permitió en su último rodaje–, la literatura sirve de excusa para enfrentar a dos mujeres que se conocieron en el instituto cuyas vidas muy distintas han marcado la diferencia de sus escritos: la solterona independiente publica novelas de culto con vocación de perdurar, mientras que la burguesa y aparentemente feliz ama de casa firma best-sellers de consumo inmediato y gran popularidad llenos de escándalo y cotilleos.

Como hijo del baby boom crecido en la era yeyé, a mí me gustan los libros a secas, sin pensar en si forman parte de la alta cultura o si se trata de eso que los anglosajones llaman commercial fiction. Lo que distingue a los unos de los otros es la dosis emocional y de exploración interior, así como la búsqueda de una voz narrativa propia, que el autor pone en los primeros. Es la misma diferencia entre el cómic y la novela gráfica, entre el cine de entretenimiento y el de director, que aspira a hacer reflexionar al espectador e incluso a incomodarle, sacándole de su zona de confort.

A pesar de sentir gran respeto por esa alta cultura definida por las élites intelectuales, profeso una mayor simpatía por la serie B literaria, musical o cinematográfica, ya sea popular o underground: desde los descarnados relatos bélicos de Sven Hassel o la meticulosa política-ficción de Frederic Forsyth, hasta las bien documentadas y amenas novelas de espionaje de la saga SAS de Gérard de Villiers, con esas inolvidables portadas en las que siempre aparecía una chica medio desnuda empuñando una metralleta, pasando por las películas chuscas de bajo presupuesto producidas por Troma (con El vengador tóxico a la cabeza) o rodadas por Sam Reimi o George A. Romero.

Además, la transversalidad forma parte del atractivo de todos esos subproductos dignos de ser catalogados por Jordi Costa en su divertido ensayo de 2002 ¡Vida mostrenca!: Contracultura en el infierno postmoderno. Recordemos que, antes de ser reverenciados por la industria establecida y la crítica ortodoxa, cineastas como Peter Jackson –Si no han visto Bad taste se pierden algo grande–, Tarantino o Tim Burton pusieron todo su empeño en sacar del ostracismo las producciones pulp antaño destinada a los autocines o los programas de sesión doble en salas de barrio.

El pulp, como los géneros literarios menores o la música pop de cuatro acordes, tiene un componente reconfortante similar a las tapas en relación a la exigente alta cocina. Es fácil y divertido de consumir, directo y democratizador. Puede albergar pretensiones artísticas, pero no precisa que el público se percate siquiera de ello. Tiene el encanto de la inmediatez y de lo efímero. Y tampoco importa si, en ocasiones, las estructuras de las obras de un mismo autor resultan casi miméticas –como explicó Lest Dent en su fórmula para escribir una novela basura en 6.000 palabras–, ya que nos olvidaremos de ellas con la misma velocidad que las devoramos. En su intrascendencia radica su principal atractivo.     

En la muy hitchcockiana película de Mark Ronson El Premio (1963), basada precisamente en un best-seller del olvidado Irving Wallace, Paul Newman encarna a un excesivo novelista estadounidense (Andrew Craig), galardonado con el Nobel, que confiesa a la prensa haberse ganado la vida durante años escribiendo novelas policiacas bajo otro nombre. “No les diré el seudónimo, no vaya a ser que la Academia decida retirarme el premio”, declara sin el menor rubor.

Con el mismo desparpajo que Craig y sin entrar a catalogar la prosa caótica y visceral de Henry Miller y su adscripción a la alta o baja cultura, debería haber respondido yo al comentario despectivo de mi teniente aquel día: “Pues sí señor, es una novela de putas. Pero está escrita con las entrañas por un tipo que transformó su vida excesiva en un crudo relato de auto-ficción, lleno de perdedores y aventuras sórdidas, a través del cual cuestionó la sociedad biempensante de su época. Es una novela de putas y a mucha honra”.  O, parafraseando aquel clásico cutre del cine erótico español dirigido por Juan Bosch en el 78, “es pecado –de bajeza intelectual–, pero me gusta”.

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