Pablo de Lora

Potito de izquierdas: los 10 ingredientes de una papilla ideológica

«Un poco al modo en el que los padres nos servimos del 'avioncito' para meter la cuchara hasta la laringe del vástago, al demos con 'alma de progresista' se le estaría dando una papilla ideológica con la que tragar ciertos sapos»

Opinión

Potito de izquierdas: los 10 ingredientes de una papilla ideológica
Foto: Kiko Huesca| EFE
Pablo de Lora

Pablo de Lora

Profesor titular (acreditado a Catedrático) de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado recientemente 'Lo sexual es político (y jurídico)' en Alianza, Madrid, 2019.

No son pocos, ni recientes, quienes consideran que el conjunto de postulados, presupuestos, ideas o reivindicaciones que se presentan hoy en España como «pensamiento de izquierdas», el «fetén», el que pareciera contar con la «denominación de origen» en los foros públicos, ha sido pervertido y conforma una suerte de alimento ideológico infantil suministrado con añagazas culturales diversas y destinado a satisfacer distintos fines: suscitar adhesión «pavloviana», tranquilizar las conciencias, mantener una tradición familiar o preservar un cierto bastión contra un enemigo político eterno – «la derecha», o, en estos tiempos nuestros, más bien «las derechas». Un poco al modo en el que los padres nos servimos del «avioncito» para meter la cuchara hasta la laringe del vástago, al demos con «alma de progresista» se le estaría dando una papilla ideológica con la que tragar ciertos sapos, como ha reflejado paródicamente el tuitero @Flugbeiler en su montaje ‘Centro centrado’.

¿Cuáles serían los ingredientes más profundos de ese engrudo, sus conservantes tóxicos o sutiles excipientes, sus colorantes rojizos, morados o anaranjados?

A continuación va un modesto análisis bromatológico de diez de ellos, componentes que pueden presentarse en proporciones diversas, como en las papillas de verdad, vaya, que ofrecen variantes. Pero son todos los que están y muchas veces, como verán, son ingredientes que ligan muy bien entre sí, o que siendo antagónicos increíblemente pueden presentarse en la papilla. Las denominaciones que les doy no siempre son terminológicamente felices, lo reconozco, pero me ha pesado el afán de ser homogéneo y sintético. Y quizá haya más ingredientes importantes que en este primer test se me pueden haber escapado. Habrá más analíticas si hace falta, que para esto estamos.

El potito de izquierdas hoy preponderante contiene:

  1. a) Moralismo: Mediante instrumentos varios – jurídico-institucionales y culturales- las izquierdas aspiran hoy a imponer ciertos estilos o formas de vida y señalar como indeseables otras. Lo hacen, además, con un nivel de imperium sobrecogedor y con el frecuente y paradójico adorno del «respeto a la diversidad» en sus discursos. En puridad, las izquierdas han renunciado a toda pretensión de neutralidad por parte del Estado en los contextos privados, como es paradigmáticamente el caso de las relaciones sexuales y familiares.
  2. b) Estamentalismo: Las conocidas como «pinturas de castas» que se popularizaron en la Nueva España a finales del XVIII, y en las que se mostraban las muy diversas hibridaciones de los individuos fruto de su génesis interétnica o interracial, con sus correspondientes estatutos personales («de Coyote e india nace Mestizo», reza una de esas pintorescas tablas) fungirían hoy con la constante apelación a la interseccionalidad – tan cara en el discurso de izquierdas-, y a la existencia de colectivos diversos en los que todo individuo se funde. El punto de vista universal que privilegia las propiedades comunes de la condición humana se diluye en las circunstancias particulares y particularizantes. Cualquier aproximación a un problema, cualquier reivindicación política o moral es antecedida por la indicación de quién resulte ser uno, o está segmentada para atender esa específica intersección. «Yo hablo como gay…»; «pues yo, como mujer afro-descendiente, te digo que…»; «con esta medida se frustran las peticiones del colectivo de prostitutas trans migrantes del Sur-Sur». Los espacios «no-mixtos» en Francia o las ceremonias de graduación por etnias en Columbia hacen exhumar la doctrina del «separados pero iguales» de la sentencia Plessy v. Fergusson(1896).

«Ninguna distribución sin colectivización», podría hoy rezar el adagio que evocara a los revolucionarios estadounidenses. Aviado va quien a buen rebaño grupal no logre arrimar una demanda por justa que sea en sus propios e individuales términos, y malhadado el afrodescendiente o mujer de derechas, pues, esos sí, sufrirán una reducción inmisericorde a una básica condición de indeseables. Que se lo pregunten a Ignacio Garriga.

  1. c) Semanticismo: La relación de la izquierda con la semántica es fascinante y tenebrosa (en lo que tiene de imperativa y socialmente divisoria). Un afán casi histérico por la colonización terminológica revela la infantil pretensión de que la realidad designada mute con la designación, como si toda la política pública o el conocimiento científico mismo fuera un mastodóntico teatro pragmático donde celebrar performances “transformadoras de la realidad”: diga «neurodiverso» y todos cuerdos; diga «palabra que empieza por n…» en vez de «negro» y ya no insultará jamás a las personas «racializadas» ni será considerado racista, sea cual sea su intención; diga «progenitor gestante» y despida a la maternidad como condición ínsita a las mujeres.

Por otro lado, se trata, como teorizó uno de los sacerdotes del populismo – Ernesto Laclau- de atrapar los significantes «vacíos» y llenarlos del contenido políticamente rentable, pero también de vaciar los significados acuñados de conceptos prestigiosos y permitir maridajes insólitos: así, un nacionalista etnicista vasco y antiguo terrorista puede saludar a la clase obrera española en nombre de la igualdad.

«Humpty Dumptys del mundo pronunciaos», diría hoy un renovado Manifiesto Comunista: una palabra vuestra bastará para emanciparnos. La lucha de significantes como remedo de la lucha de clases.

  1. d) Derechismo: Y mira que Marx tuvo sus más y sus menos con los «derechos naturales» y no digamos ya Vyshinski como representante de la URSS en las Naciones Unidas: nunca como hoy abusan las izquierdas del lenguaje de los derechos subjetivos que comúnmente llamamos derechos humanos. Su proliferación es ya sencillamente ridícula – hay derechos humanos a la identidad de género, a la paz, a la ciudad, al paisaje, a la movilidad sostenible etc.- y ello, como veremos enseguida, bajo una capa de dos componentes también definitorios del sabor y propiedades del potito. Los describo a continuación.
  2. e) Adanismo: La protección de los Derechos Humanos y de toda medida de «progreso» o «justicia social» se enseñorea con un adanismo que sonroja. Es ahora, con ocasión de la llegada al poder de gobiernos de izquierdas, cuando las mujeres, los menores y cualquier otro colectivo vulnerable ven por fin garantizados sus derechos básicos. Los previos jalones, desde la Asamblea General la ONU reunida en París a finales de 1948, hasta el odioso constituyente español del 78 que los plasmó en la forma de derechos fundamentales, pasando por otras instancias internacionales como el Consejo de Europa que aprobó el Convenio Europeo de Derechos Humanos en 1950, laboraban en vano.
  3. f) Armonicismo: «Yo estoy completamente en contra de esa idea liberal de libertad – mi libertad acaba donde empieza la de los demás- según la cual la libertad mía y la del otro compiten» – afirmaba recientemente Íñigo Errejón. «Yo creo que mi libertad comienza donde comienza la tuya, porque sólo somos libres si somos libres juntos», remachaba aquél.

A un lenguaje pródigo en ardor guerrero y revolucionario – se lucha, se combate, se derriba, se trazan líneas rojas y cordones «sanitarios»- se acompaña paradójicamente una visión del mundo donde los intereses y los valores pueden siempre armonizarse a condición de que no le acucie a usted preguntar acerca de los detalles de tal acomodación pastoral. Un querido colega, el filósofo José Luis Colomer, acostumbraba a decir que a buena parte de los teóricos de la supuesta izquierda «no le interesaban los problemas». Es el célebre «pensamiento Alicia» que popularizó Gustavo Bueno, la falsa ilusión de que las libertades individuales, o los derechos, pueden cohonestarse sin conflicto, que la política misma puede prescindir de él.

  1. g) Antiespañolismo: No es sólo que duelan prendas al pronunciar la palabra «España» a quien se presenta como persona de izquierdas (individuo que sin rubor puede decir en cambio que en un viaje a Nueva York «coincidió con muchos vascos, catalanes y otras personas del Estado español» o usar el topónimo «A Coruña» o «Girona» hablando en español) sino que la propia idea de que exista una comunidad política, cultural, histórica y sociológicamente relevante que aúna ciudadanos de diversos territorios a la que llamamos «España», produce urticaria. Lo «español» se convierte así en síntesis de muchos de nuestros problemas y males. El célebre «problema de España», su carencia de misión o «infortunado destino» en palabras de Azorín, que tanto entretuvo a los miembros de la generación del 98, es esencialmente su propia existencia. Muerta España se acabó la rabia.
  2. h) Maniqueísmo: Pese a lo que ha llovido, pese a que, como acostumbra a destacar Félix Ovejero, importantes conquistas sociales promovidas por la izquierda forman hoy parte del paisaje moral y político comúnmente asumido en España, la izquierda nos alerta de la necesidad de no dar ni un paso atrás ante el advenimiento de la derecha, la extrema derecha y el fascismo. El maniqueísmo de la izquierda hegemónica se manifiesta también en la laxitud con la que se califica como «facha» a cualquier objetor o crítico. Un partido político es o no de derechas en función de que asuma las políticas de, o apoye a, la izquierda, haga ésta lo que haga. Se trata de otra manifestación del ingrediente «semanticismo» que vimos más arriba. Bienaventurados los «arrimados» pues dejarán de salir en la foto (de Colón).
  3. i) Franquismo: Es uno de los ingredientes comodines y estrella del potito de izquierdas, un componente que liga maravillosamente con el maniqueísmo que acabamos de analizar. La izquierda tiene una relación de «sumergibilidad» con el franquismo que se explica mediante una variante del principio de Arquímedes: la fuerza de la adhesión que logra una política de izquierdas es equivalente al peso de franquismo que desaloja, siendo la definición de «franquismo» todo escollo que pudiera encontrar la acción considerada como «progresista». Por ejemplo: un juez que interprete que el consentimiento sexual puede ser tácito exuda un franquismo latente en todo el poder judicial. Nada importa que el juez haya nacido cuando Franco lleva un cuarto de siglo muerto. Españoles (de izquierda): Franco no ha muerto. Ni morirá nunca.
  4. j) Futurismo: La obsesión con el pasado franquista es perfectamente compatible con abundantes dosis de futurismo, es decir, con un discurso o acción pública siempre prospectiva, con un horizonte temporal convenientemente largo. Si se habla de educación esto es paradigmático. Hubo un tiempo en el que los partidos que llegaban al poder se proponían reformar o promover leyes y decretos, firmar convenios internacionales y elaborar presupuestos anuales. Hoy de lo que se trata es de diseñar «agendas», «estrategias» y «marcos», crear «observatorios» y nombrar «altos comisionados», bajo la común divisa de atisbar futuribles fastuosos en los que, como en Isaías, el lobo y el cordero pastarán juntos. Se trata de un perfecto arrullo para el público incauto en el que el componente de armonicismo que vimos antes también contribuye notoriamente. Frente a los problemas irresueltos del presente, o los errores del pasado, el futurismo es una estrategia política siempre ganadora. No piensen en las decenas de miles de muertos por la pandemia, ni en la ruina económica, sino en los cantos de sirena que desfilan, por ejemplo, en el documento Estrategia España Nación Emprendedora (febrero 2021) perpetrado por el Alto Comisionado para España Nación Emprendedora. Ahí va una cucharadita: «La Estrategia España Nación Emprendedora se articula para hacer realidad una visión: que para el año 2030 España sea una Nación Emprendedora que haga del emprendimiento innovador el rompehielos de un nuevo modelo de país. Una nación que no sólo habrá impulsado esta parte de la economía, sino en la que el emprendimiento innovador habrá generado círculos virtuosos con los sectores tractores del país…»(p. 17). Rico, rico.

Usted, ahora mismo, se estará preguntando qué confianza podemos tener en esos campanudos propósitos cuando a día de hoy la gestión de la vacunación, o el pago de ayudas sociales imprescindibles, o la lucha contra el desempleo juvenil, o tantas y tantas reformas necesarias se revelan tan escasamente «tractoras». También, como sagazmente ha destacado Benito Arruñada, cómo pudo emprender Amancio Ortega cuando no existía este Alto Comisionado.

No pregunte y espere a 2030. Entonces habrá una estrategia de país 2060, un nuevo Alto Comisionado y un nuevo documento con términos como «escalabilidad», «resiliencia», «sandbox» y «venture builders» o sus equivalentes.

Habrá más potitos. Al tiempo. Confíe, no desespere y tráguese otra.

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