Gonzalo Gragera

Quizá tanta atención sea contraproducente

«Es razonable que una manifestación de estética neonazi —y fascista, franquista, falangista—, despierte la noticia. Pero quizá no sea conveniente esta desmedida atención que se ha dado en los medios»

Opinión

Quizá tanta atención sea contraproducente
Foto: Víctor Lerena| EFE
Gonzalo Gragera

Gonzalo Gragera

1991. En la actualidad colabora en la cadena COPE –Sevilla-, en Zenda y en The Objective. Su último libro es La suma que nos resta (Premio de Poesía Joven RNE), editorial Pre-textos.

Entrevistas, reportajes, memes, tuits. Aún sigue dando debate el afectado discurso de la falangista Isabel Medina en la celebración del aniversario de la batalla de Krasni Bor, donde la División Azul luchó en Rusia. En la homenaje-manifestación se dijo que «el fascismo es alegría», que «la derecha azul gaviota y la derecha verde pistacho son nuestros enemigos» y se culpó a los judíos de todas las adversidades y problemas que tiene Occidente —como ha escrito el periodista Luis Sánchez Molíni, la División Azul no luchó contra el judío sino contra el comunismo—.

Es razonable que una manifestación de estética neonazi —y fascista, franquista, falangista—, despierte la noticia. Pero quizá no sea conveniente esta desmedida atención que se ha dado en los medios. Tanto al hecho en sí como a una de sus protagonistas, la joven Isabel Medina. Se entiende que todo ha sumado: la sorprendente juventud, la gesticulación del discurso, las afirmaciones que en este se dijeron. Sin embargo, no deja de ser una manifestación de 300 personas que participan de un acto de escasísima repercusión, tanto mediática como social —como ya ha comentado el periodista Esteban Hernández en El Confidencial—. Entre todos, quizá, hayamos contribuido a incrementar el alcance de un episodio que probablemente habría pasado desapercibido para muchos. Es similar a lo que sucede con la última ocurrencia de Vox, la de nombrar Día de las Víctimas del coronavirus al 8M. Es una propuesta descabellada que no muchos comprarán —y menos aún lo han pedido—. Pero basta con caer en la irritación general para que esa propuesta coja vuelo. Y dé apariencia de que nos influye, de que es un tema importante.

A veces, en redes, funciona la siguiente lógica: tratamos de denunciar un hecho que nos desagrada, pero no tanto por el afán de denunciar o analizar como por el deseo de autocomplacencia. En nuestras cuentas nos sentimos observados entre afines, y de estos buscamos la aprobación, que a su vez satisface el sentirnos protegidos, considerados. Esta conducta nos puede llevar a conceder relevancia social a lo que acaso es anecdótico o insignificante. Logramos el efecto contrario que en un principio se buscaba: denunciamos lo que nos causa rechazo para así conseguir aceptación, y de este modo damos visibilidad y hacemos viral aquello que procuramos combatir. Se presupone que no es una conducta deliberada, pero da la sensación de que nos regodeamos en nuestras fobias, aunque el precio sea el de difundir aquello que nos asquea. Un narcisismo tan desconcertante como curioso.

Un discurso que era marginal se convierte en una imagen que circula por móviles, redacciones y noticias. De la red social al periodismo —hoy ambos tan mezclados—. Y de ahí al debate social, al amplio debate social. ¿Cuántas personas han conocido en estos días la vida de Isabel Medina? El siguiente paso que nos queda, aunque resulte poco probable, es el de la suma de adeptos. Quien hoy profesa una ideología fascista se puede sentir aislado en sus ideas —el fascismo, en puridad, no es una idea que goce de un considerable apoyo social—, pero ¿qué pasaría si esa persona que tan sola se encuentra, de repente, ve cómo esa ideología tan denostada centra la atención, una desmedida atención, de medios y de tuiteros?

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