David Mejía

Racismo 'made in Spain'

Ojalá la expresión «español de mierda» o los habituales «charnego», «maketo» o «colono» nos ofendieran tanto como la palabra «nigger»

Opinión

Racismo 'made in Spain'
Foto: EMILIO MORENATTI| AP
David Mejía

David Mejía

Licenciado en Filosofía y Teoría de la Literatura. Ahora en Columbia University. Hace radio en WCKR FM 89.9 FM, New York.

¿En qué momento levantamos los aranceles a las guerras culturales? ¿Y cómo se explica que los más beligerantes antiglobalización se hayan convertido en los principales importadores de los conflictos made in USA? Como las Ray Ban o las New Balance, las modas políticas viajan de Brooklyn a Teruel a velocidad de vértigo. La indignación ante las causas nobles es un sello de distinción como cualquier otro, y más hoy, cuando la exhibición de pulcritud moral en las redes resulta tan gratificante. Pero importar movimientos políticos es problemático: no sólo resultan inútiles para resolver problemas locales, sino que a menudo contribuyen a ocultarlos.

Galdós, en boca de uno de sus personajes, nos recordaba la importancia de «distinguir la patria apócrifa de la auténtica», pues la patria hipotética solo existe «en los temperamentos ávidos y en las cabezas ligeras de nuestras eminencias». Desde hace unos años, fieles a la tradición patria de cargar contra molinos creyéndolos gigantes, libramos guerras culturales contra una España que no existe. Pero, decíamos, el verdadero problema no es la querencia por los conflictos ficticios, sino la indiferencia hacia los conflictos reales. Ahora que hablamos de racismo, y que los pueblos de Castilla se movilizan por lo que ocurre en Minnesota, es buen momento para recordar que en España también hay un racismo sistémico, si bien denunciarlo no te gana likes en Instagram.

Imaginen un país donde el 65% de la población es negra pero estos solo ocupan un 15% de los puestos políticos. Nadie dudaría en considerar que existe un problema estructural de discriminación que se manifiesta limitando el acceso al poder de un colectivo en base a un marcador evidente: la raza. Pues bien, en Cataluña y el País Vasco se cumplen esas condiciones; claro que la marca no es la raza, sino el apellido. El criterio de discriminación no es estrictamente racial, sino etnolingüístico. Tener un apellido de origen castellano te indispone para optar a un puesto de responsabilidad política, lo que significa que la mayoría de la población queda bajo el techo de cristal por razón de su identidad. Huelga decir que a nuestros moralistas no solo no les escandalizan estos datos, sino que trabajan a diario porque se perpetúen; la peor parte de nuestra izquierda es cómplice del único racismo sistémico que existe en nuestro país, el mismo que está detrás de que un estudiante en Álava reciba una paliza al grito de «español de mierda». Ojalá ese sintagma, o los habituales «charnego», «maketo» o «colono» nos ofendieran tanto como la palabra «nigger».

Como dije hace algún tiempo por aquí, el mal del racismo no es solo la denigración de un otro; es sobre todo su creación. Y sabemos que hay rincones de España donde es necesario cumplir unos requisitos identitarios para disfrutar de una ciudadanía plena. Y si la palabra «racismo» no les cuadra, de acuerdo: creemos un comité de expertos para dar nombre propio a esta xenofobia sistémica, que con tanta frecuencia se traduce en violencia ante la mirada indiferente del antifascismo. Luego buscaremos un lema, un hashtag y un acrónimo que quede bien en las fotos.

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