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No somos racistas, somos diferentes

Foto: Manu Fernandez | AP Photo

Resulta enternecedor contemplar los esfuerzos que los intelectuales finos del nacionalismo (en feliz expresión de Ricardo Dudda) están llevando a cabo para blanquear la imagen del nuevo presidente de la Generalitat. Aunque su propósito no es tanto absolver a Torra como al nacionalismo en sí. Solemnes y campanudos, se esmeran en desvincular los exabruptos racistas de Torra —sin llegar nunca a condenarlos— del supuesto espíritu democrático y abierto del verdadero catalanismo. En mi opinión, la cuestión no reclama excesivo análisis. Es evidente tanto que Quim Torra no predicaba en el desierto, sino en un ecosistema en que sus ideas se publicaban sin obstrucción intelectual alguna, como que el nacionalismo ha ratificado sus tesis: lo han nombrado President, ¿acaso existe mayor aval? A pesar de esta evidencia, es importante desenmarañar la cuestión de fondo: ¿son el racismo o la xenofobia consustanciales al catalanismo?

La infamia originaria del racismo no es la denigración de un otro, sino su creación. Y esa es la piedra angular del nacionalismo: establecer una alteridad entre semejantes. La invención de un «nosotros», necesariamente implica la creación de «otros». La raza es una categoría empleada para organizar la sociedad. Pero es una categoría discursiva, que no puede anclarse a una definición científica; es una realidad sociocultural, un «significante flotante», decía Stuart Hall, que sirve como instrumento de diferenciación. Se emplea para establecer fronteras entre personas, no necesariamente basadas en propiedades genéticas. Del discurso de la diferencia que entona el catalanismo fino, a la xenofobia explícita de Torra, no hay un giro abrupto, sino un discreto paso al frente.

En el siglo XXI, el racismo que practica el nacionalismo no suele ser de orden fenotípico (aunque autoridades como Mas y Junqueras se hayan referido al ADN carolingio de los catalanes), pero eso sólo se debe a la imposibilidad de distinguir a un catalán de un asturiano por su apariencia. La raza, limitada a la apariencia física, es un factor que no sirve para trazar esa línea fronteriza entre «catalanes» y «españoles». Descartada la apariencia física como elemento diferenciador, quedan otros que el nacionalismo no duda en explotar, por ejemplo, la lengua y la onomástica. La escasa representación institucional de los apellidos más comunes de Cataluña es consabida, pero urge contemplarla como una variante del discurso xenófobo. Como ejercicio, imaginen una desproporción racial equivalente. El nacionalismo es un arma de desinfección, de preservación de pureza social, un movimiento inquisitorial que pretende expulsar o convertir a los infieles. Pero la xenofobia solo funciona previa creación de un «ellos», y quienes alimentan la diferencia consolidan el marco.

La consolidación discursiva de las categorías de «español» y «catalán»  como compartimentos estancos no es sólo una aberración lógica, sino la condición de posibilidad de esta xenofobia. Se engañan quienes condenan la xenofobia pero abonan el discurso de la diferencia y el esencialismo. La diferencia es el paso previo a la xenofobia. Recordemos cómo se pronunció Ada Colau sobre la supuesta arrogancia de Pablo Iglesias: «Hay un cierto estilo de Pablo […] con el que no conectamos. Me hacen sentir más catalana que nunca. Es una diferencia de estilo, personal y política». De la diferencia a la xenofobia hay un paso. Y la diferencia es el núcleo del proyecto nacionalista. La diferencia es el mito legitimador de la soberanía: «somos diferentes, y por eso podemos decidir». Sin «fet diferenciat» se desdibuja el perímetro de decisión política y se viene abajo el castillo de naipes. Por eso la creación y el menoscabo del otro, del español, del diferente, es imprescindible.

Los cerebros al frente del procés nos tienen acostumbrados a jugadas maestras,  pero el nombramiento de Quim Torra como President ha superado las expectativas. A través de un embriagado como él, el nacionalismo ha mostrado su verdadera cara, y esto es una oportunidad para derrotarlo en el terreno moral. El secesionismo no es solo una amenaza a la legalidad vigente o a la unidad del Estado, sino uno una profunda ciénaga moral. Si hubo quien pensó que el xenófobo era un personaje secundario en el teatro nacionalista, habrá despertado.

Ha pasado el tiempo, y la verdad desagradable asoma: la xenofobia es el único argumento de la obra.

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