Jordi Bernal

Reinado punk

"La serie mantiene el soberbio equilibrio entre el devenir histórico y la intrahistoria de los Windsor, que no deja de ser como la de cualquier hijo de vecino si le solventas a este las menudencias crematísticas y las cosas del comer"

Opinión

Reinado punk
Foto: Netflix
Jordi Bernal

Jordi Bernal

Periodista a su pesar y merodeador de librerías y cines. Autor del libro de crónicas Viajando con ciutadans (Ed. Triacastela, 2015)

La esperada tercera temporada de The Crown –salvo en algunos detalles como la sustitución de la gata ronroneante Vanessa Kirby por la insoportable Helena Bonham Carter en la abrasiva piel de la princesa Margarita o la insistencia de las líneas de guion en la lacrimosa soledad real– no ha defraudado. Bien es cierto que las convulsiones culturales de los sesenta y setenta quedan extramuros de Buckingham Palace. Como mucho llegan ecos de las protestas tiznadas de los míseros mineros y las imágenes ingrávidas de la pisada lunar del anodino Armostrong por televisión. Alguna pincelada de las consecuencias del resquebrajamiento colonial, de la crisis económica británica y de los cambios de cromos políticos que van del suavemente cínico Wilson al arisco Health.

Le vamos cogiendo cariño al duque de Edimburgo, bien calado y calcado por Tobias Menzies, que parece haber dejado atrás complejos adolescentes para sedimentar un sarcasmo inmisericorde y divertidísimo, siempre y cuando no sea uno objeto de sus contundentes pullas. De igual manera despierta simpatías un joven Carlos buscando su lugar en el mundo y bebiendo los vientos por una Camila ye-ye que le sacude las balbucientes delicuescencias de noble cuna a golpe de carcajada y embestida de caderas.

Por lo demás, la serie mantiene el soberbio equilibrio entre el devenir histórico y la intrahistoria de los Windsor, que no deja de ser como la de cualquier hijo de vecino si le solventas a este las menudencias crematísticas y las cosas del comer. O sea muchas broncas y quebraderos de cabeza consanguíneos con sus paréntesis de intimidad placentera.

Esperemos, eso sí, que en la próxima temporada la vida menesterosa se filtre un poco más en los muros regios de la particular corte de los milagros british. Si los sesenta pasaron sin noticias de los Stones y de esos muchachos de Liverpool, la tercera temporada se cierra sin rastro de la furia punk que emergió de entre las ruinas del imperio perdido en plena celebración del jubileo de plata de Isabel II. Cuando el Good Save The Queen se convirtió en un alarido disonante, desgarrado y sin futuro.

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