José Carlos Llop

El rey va desnudo

«El rey va desnudo, pero nadie se dará por enterado hasta que hacerlo no le suponga un nuevo mérito»

Opinión

El rey va desnudo
Foto: Berenice Bautista| AP Images
José Carlos Llop

José Carlos Llop

José Carlos Llop (Mallorca, 1956) es poeta y escritor. Su último libro de poesía, La vida distinta (Pre-Textos); de narrativa, Oriente (Alfaguara).

Desde que nos reuníamos alrededor del fuego y uno de nuestros antepasados contaba relatos fantásticos y relatos realistas y así nos hacía olvidar el frío y el miedo a la oscuridad y al aullido de las bestias y de esta forma conseguía que nos reconociéramos en lo narrado, la literatura –oral o escrita– siempre ha dado vueltas a los mismos asuntos. La muerte, el amor y el tiempo han sido los que nos han situado en la vida y su trascendencia. Si añadimos otros, digamos, complementarios –la espiritualidad, el poder, la maldad, la seducción, la guerra, la identidad, el ser…–, se desplegará ante nuestros ojos toda la panoplia literaria –plagada de símbolos, imágenes y metáforas– que no es más que el espejo del alma humana. Pero desde que el mundo es mundo ha habido una cuestión íntimamente unida a la creación artística: la originalidad. Ser únicos –que también es destino grabado en los genes de la persona– ha sido la forma de combatir a la muerte y de no perecer con ella. Lo supieron artistas y escritores de todos los tiempos y antes que nadie lo supieron las manos que pintaron Lascaux y Altamira, sin saberlo.

Pero a medida que fuimos creciendo sobre la tierra, artistas y escritores se buscaron entre sí, se contemplaron y leyeron, crearon escuelas diferentes y a veces rivales, y sobre todo, fueron trazando lo que hemos venido en llamar tradición, que es el río de donde venimos y adonde vamos a parar todos y cada uno de nosotros. Aún así la dialéctica –otro rasgo de nuestra raza, heredado de la misma naturaleza– estableció la pugna entre la tradición y la ruptura, entre los odres viejos y las formas nuevas, pero nunca fue el adjetivo nuevo o viejo el que determinó la calidad del arte o la literatura, más allá de las efímeras fiebres de la moda, cuya mayor parte –a no ser que se incorpore a la tradición– acaba desapareciendo por el desagüe que establece la moda siguiente. Y así es como la vanguardia deriva en tradición y los que meaban en los muros de la Academia ocupan después uno de sus sillones.

Sólo una cosa no muta y no lo hace, hablemos de una ficción de misterio, de otra futurista o de una que se acoge a patrones clásicos: el amor, la muerte y el tiempo siguen estando ahí. Como tampoco lo hace, mutar, la influencia en los jóvenes autores de aquellos otros, mayores o muertos –la literatura también es la voz de los muertos– a los que admiran. Una influencia que va diluyéndose con el tiempo hasta personalizarse en el ADN del escritor como algo propio y ya diferente de la voz en la que se contempló años atrás. Esto también ha sido así desde que el tiempo es tiempo y en ese tiempo que lo era, al plagio se lo llamaba plagio y todo aquello que se tomaba de otro sin citar lugar y autor –aunque fuera eufemísticamente– lo era. Plagio, digo. Hasta que llegó la posmodernidad y con ella el abuso –es decir, la normalización– de la intertextualidad como identidad cultural. Ahí la literatura pasó a ser un océano poblado de ojeadores expertos en maquillaje con el consentimiento del lector, que olvidaba la exigencia de originalidad, si estaba a la moda, o se engañaba creyendo que la tenía a la vista o entre las manos, según la candidez y su particular desconocimiento de las fuentes, éstas sí verdaderamente originales. No eran homenajes; eran apropiaciones en busca de honores.

No creo que el Caso Bunbury vaya a destapar la caja de los truenos o la de Pandora, tanto da. En los fines de época –y la nuestra lleva tiempo boqueando– manierismo, vanitas y otros barroquismos abundan. La intertextualidad es una de esas vanitas aportadas por nuestro tiempo, que habrá contribuido a que poco o nada quede después, cuando todos nos hayamos ido. Nadie se atreve a decir que el rey va desnudo. O a nadie le interesa decirlo y nadie tampoco lo dirá. ¿Para qué?

La iconoclastia es una manía en forma de turba que cíclicamente sacude las civilizaciones saturadas de imágenes. Ahora se derriban estatuas y se revisa la historia en muchos casos desde una ignorancia edénica. Consideran que están creando un mundo nuevo y no. La literatura también es una civilización demasiado saturada de imágenes y bajo la bandera de la intertextualidad una forma de iconoclastia la recorre de arriba a abajo y en todas las lenguas. El rey va desnudo, pero nadie se dará por enterado hasta que hacerlo no le suponga un nuevo mérito. De la misma especie que saquear –o simplemente pispar– a los demás y creer propio lo ajeno.

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