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Reymar

Su adaptación va a ritmo de samba, despierta afectos, desempolva recuerdos y nos tele-transporta a los primeros tiempos de Ronaldinho

Al Barça le costó 57 millones y a Florentino Pérez, un ataque de celos que le hizo ofrecer 120 por él. Pero el chico tenía claro que quería jugar al lado de Messi, vivir en Barcelona y madurar personal y profesionalmente en el equipo azulgrana. Sin haber pasado por el fútbol europeo y con un buen bagaje de éxitos locales, aterrizó en el Camp Nou con humildad y un mensaje que repetía -y repite- una y otra vez: "Messi es el mejor del mundo y yo soy un privilegiado de poder jugar a su lado". Unos le vieron excesivamente delgado. Otros, demasiado estrafalario en su aspecto físico. Los menos, un mal fichaje. A día de hoy, Neymar ha cogido el peso que perdió por culpa de una operación de amígdalas y también el del campo. Su adaptación va a ritmo de samba, despierta afectos, desempolva recuerdos y nos tele-transporta a los primeros tiempos de Ronaldinho. Descarado, directo, hábil y vertical en su juego, Neymar está encontrando su sitio en el césped a la par que lucha con los entornos en los arcenes de los estadios. Van a por él dentro y fuera del campo. Le cosen a patadas y le montan campañas. Inspira temor a los rivales y éstos le golpean dentro y fuera. Es un peligro. Y lo saben. Otra cabeza coronada en el reinado azulgrana. Demasiado para ellos. Hay que desestabilizarlo y le han colgado la etiqueta de teatrero. A la fiesta ya se ha apuntado Mourinho, a quien nadie ha dado vela en este entierro, y la campaña parece que también ha hecho mella en el estamento arbitral. No lo va a tener fácil el brasileño pero, chaval, toca ajustarse la corona y los machos y a taparse los oídos. Bienvenido al mundo real, Reymar.

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