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Ruanda, la dictadura modélica

¿Es un autoritarismo tecnocrático la única solución para países como Ruanda, como sugiere la comparación con el resto del continente africano?

Foto: Ronald Zak | AP Images / Archivo

Hace hoy veinticinco años un misil derribó el avión en que viajaba el presidente hutu de Ruanda, el moderado, al menos para los estándares de entonces, Juvénal Habyarimana. Este crimen político nunca esclarecido -del que fueron acusados tanto los radicales hutus como los rebeldes tutsis- desató el peor genocidio de la historia reciente de la humanidad y cambió para siempre la historia de Ruanda.

Aprovechando la muerte de Habyarimana, los elementos radicales hutus del ejército, de su partido y de su gobierno se hicieron con el poder. Con toda la maquinaria del Estado a su servicio y el concurso de una parte del pueblo ejecutaron de inmediato el plan que venían urdiendo en la sombra desde hacía meses: la eliminación completa y sistemática de la minoría tutsi. Unas 800.000 personas, entre tutsis y hutus, que se oponían a la masacre de sus vecinos y familiares fueron asesinadas en los 100 días que duró la locura.

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Imagen tomada en 1994 del conflicto de Ruanda. | Foto: Ronald Zak | AP

La ONU y las potencias del mundo asistieron impasibles a las matanzas. Tuvo que ser la guerrilla tutsi, con una ofensiva militar desde la frontera con Uganda, la que desalojara a los genocidas del gobierno y pusiera fin al baño de sangre.

Tras un cuarto de siglo de todo aquello, el comandante de aquella guerrilla es uno de los hombres más respetados del planeta. Desde que en 1994 -como vicepresidente y ministro de Defensa antes de ser jefe de Estado- empezara a mandar en el país, Ruanda ha experimentado una transformación radical inédita en el continente africano.

Desde que el Frente Patriótico Ruandés (FPR) de Kagame llegara al poder, la economía ruandesa ha crecido un promedio anual del 9%. La gestión de Kagame ha puesto a Ruanda entre los tres países menos corruptos de África y entre los treinta más propicios del mundo para hacer negocios. Sus gobiernos han multiplicado por más de dos la esperanza de vida, han reducido sustancialmente la pobreza y universalizado la educación y la cobertura sanitaria pública. El apoyo del gobierno a la innovación ha puesto a Ruanda en el mapa global de la inversión tecnológica. La capital, Kigali, tiene fama de ser la ciudad más limpia y segura de África, y ya es un destino de referencia para la celebración de congresos.

Desde que el Frente Patriótico Ruandés (FPR) de Kagame llegara al poder, la economía ruandesa ha crecido un promedio anual del 9%

Ruanda, que siempre ha vivido marcada por las divisiones étnicas, parece haber enterrado el fantasma del tribalismo. Kagame prohibió en 2004 los conceptos de ‘hutu’ y ‘tutsi’. Desde entonces, los ciudadanos solo pueden definirse como “ruandeses”, una prueba, según el gobierno, de la erradicación de la discriminación y el odio sectario. Este tipo de políticas han ido acompañadas de una apuesta decidida por juzgar a los genocidas. Un discurso sobre la memoria sofisticado y bien fundamentado, que se parece más al que han construido Alemania e Israel sobre el Holocausto que a los que predominan en África sobre las tragedias del continente, da coherencia a todas estas medidas y despierta admiración en Occidente.

Todo estos éxitos a simple vista inapelables son responsabilidad directa de Kagame, un líder personalista y autoritario que controla con mano de hierro todas las instituciones del país y no ha dudado en pasar por encima de quien sea y de lo que sea para cumplir su sueño de estabilidad y progreso. “Nosotros no seguimos las reglas, seguimos nuestras decisiones”, ha dicho Kagame recientemente.

El régimen que dirige ha implantado progresivamente un despotismo tecnocrático que ha ido achicando los espacios de libertad hasta hacer del país una dictadura perfecta donde no se mueve una mosca sin la aquiescencia de Kagame. Periodistas, opositores y disidentes son detenidos frecuentemente o mueren en extrañas circunstancias dentro y fuera de sus fronteras. Como es moda entre sus colegas africanos, Kagame ha eliminado el límite constitucional de mandatos para poder seguir gobernando Ruanda, donde apenas queda prensa libre y todas las elecciones desde el genocidio las ha ganado el presidente con más del 90 por ciento de los votos.

Kagame ha sido acusado por sus críticos de instrumentalizar el genocidio para promover los intereses de los tutsis y silenciar a quienes se le oponen. La prohibición del concepto de etnia permite al gobierno sofocar cualquier denuncia del dominio abrumador de los tutsis en las distintas esferas de poder. Lo que de verdad suprime la prohibición no es el tribalismo, sino las críticas al tribalismo. En este sentido, la prohibición de las etnias es un blindaje perfecto para la discriminación por razón de origen.

Promover el sectarismo étnico y la “ideología genocida” es uno de los cargos más utilizados por las autoridades de Ruanda para perseguir a quienes expresan reservas sobre el renacimiento nacional impulsado por Kagame. Es lo que se le imputó a la que fuera líder de la oposición Victoire Ingabire, que fue liberada el año pasado tras pasar ocho años en la cárcel. Ingabire había lamentado que la narrativa oficial no considere víctimas a los hutus moderados que fueron asesinados junto a los tutsis. La política, de etnia hutu, también había pedido que se lleve ante la justicia a los integrantes del FPR de Kagame que cometieron crímenes de guerra contra la población hutu durante la campaña militar que detuvo el genocidio. “No todos los hutus son asesinos ni todos los tutsis son víctimas”, dijo Ingabire, hoy exiliada en Canadá, sobre el maniqueísmo de Kagame al interpretar el genocidio.

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Victorie Ingabire, líder opositora de Ruanda. | Foto: Shant Fabricatorian | AP

Nacido en el seno de una familia aristocrática de Ruanda, Kagame se fue al exilio con sus padres y hermanos cuando solo tenía dos años. Corría 1959, los belgas se estaban retirando del país y el nacionalismo hutu empezaba a cobrarse la factura de décadas de humillaciones a manos de la clase dominante hutu. El joven y orgulloso Kagame creció en un campo de refugiados, y comenzó su brillante carrera militar combatiendo con Ejército de Salvación Nacional en la guerra de guerrillas que llevó al poder al actual presidente de Uganda, Yoweri Museveni. Después de servir como jefe de la inteligencia militar en el Ejército ugandés del presidente Museveni, Kagame se unió al FPR, con el que posteriormente dirigiría el avance de los refugiados tutsis hasta Kigali.

Los excelentes resultados de su gestión y la eficacia con que Kagame parece haberlo hecho todo, incluida la represión, le han valido la admiración de medio mundo

Los excelentes resultados de su gestión y la eficacia con que Kagame parece haberlo hecho todo, incluida la represión, le han valido la admiración de medio mundo. Acostumbrados a las dictaduras africanas grotescas de hombres fuertes gordos y anticuados, Kagame ofrece, empezando por su físico, un perfil revolucionario que aúna la determinación del hombre de acción con una inteligencia capaz de cautivar a los auditorios más selectos. Occidente ha encontrado en su Ruanda la historia de éxito que desde hace décadas buscaba para gastarse las partidas destinadas a cooperación, pero los niveles de represión y autoritarismo alcanzados por el régimen de Kagame en los últimos años hacen imposible seguir evitando los dilemas morales que plantea su obra.

¿Es un autoritarismo tecnocrático la única solución para países como Ruanda, como sugiere la comparación con el resto del continente africano? ¿Está justificada la dictadura si trae prosperidad y estabilidad y paz social? Hay argumentos para decir que no y hay argumentos para decir que sí. Pero estos últimos se desvanecen hasta perder toda su fuerza cuando han de formularse ante el familiar de un disidente asesinado o un antiguo preso político. Y no hay forma, en las actuales circunstancias, de saber lo que piensan de verdad los interesados. Esos 12 millones de ruandeses obligados a estar encantados con los planes de su salvador y jefe.

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