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Sánchez manda a la derecha a reflexionar

El PP ha perdido la brújula y los votantes se lo han dicho este domingo

Foto: Beatriz Guillén | The Objective

El PSOE (122) gana las elecciones pero necesita el apoyo de los independentistas (ERC) para gobernar. Sánchez no suma con Podemos (42), Compromís (1), Coalición Canaria (2) y el PRC de Revilla (2). Esa es la noticia más importante en estos momentos mientras la derecha se derrumba tras la irrupción de Vox en el Congreso y el desplome-estreno de Pablo Casado al frente del PP.

Que Sánchez tiene más vidas que un gato ya se sabía antes de estos resultados, pero
ahora refuerza más si cabe su poder interno y acalla esas voces que todavía dudaban de sus 10 meses de gestión al frente del gobierno. Estos resultados suponen un cambio histórico para los principales partidos cuyo reflejo más certero se podrá ver en el cambio de caras en el Hemiciclo, una regeneración del 80%.

El PSOE también podría gobernar con Ciudadanos (58). Aunque sería un desastre para su electorado, que ya se lo ha dejado claro cuando salió a celebrar el triunfo. A Albert Rivera no le costaría nada cambiar de estrategia asegurando que es por el bien de España, para que Sánchez no gobierne con la izquierda ni escuche los ecos lejanos de los independentistas (innecesarios en la ecuación pero tentadores para pequeños pactos que ofrezcan estabilidad).

¡Ay Rivera! Si no hubiera regalado la centralidad al PSOE, anunciando que no pactará con Sánchez, seguramente podría haber dado un ’sorpasso’ al Partido Popular. Su maniobra para intentar sumar e incluirse en el tridente de la derecha le ha salido cara. Aún así representa un triunfo para los naranjas estar más cerca de los populares y
rivalizar por ser el referente de la oposición.

Mientras, Podemos se da con un canto en los dientes con 42 escaños asegurando que
sus líos internos le han pasado factura en las urnas. Los de Iglesias quieren entrar en el
Gobierno de Sánchez sí o sí. ‘El moderado’, su estrategia en campaña, ya pidió a los
periodistas este mismo domingo “tranquilidad” con las futuras negociaciones. Esto
promete. Igual que el auge de Vox (24). Los de Abascal han salido contentos asegurando que a partir de ahora serán decisivos en el hemiciclo. Razón no les falta cuando pase por ellos aprobar según qué proposiciones no de Ley en la Cámara Baja.

Pero, sin duda, la peor parte se la ha llevado el Partido Popular. El estreno de Pablo
Casado ha caído en saco roto al obtener tan solo 66 diputados. Derrota histórica con la pérdida de casi 4 millones de votos y en la sede nadie quería dar la cara. Por mensaje
echan la culpa al auge de Vox, le ha quitado dos millones y medio de votos, y ya
alimentan el mensaje del miedo de cara a las próximas autonómicas y municipales de mayo.

Pero esto va más allá de un simple cabreo. Dirigentes populares aseguran en privado que en su partido “tiene que haber una profunda reflexión” y callan cuando se mencionan las palabras refundación y comisión gestora. La última recuerda al PSOE tras el auge de Podemos. Llega el turno de la derecha. Ahora dividida. Quizás si Casado hubiera moderado su mensaje en campaña, en ocasiones entrando en el espacio de Vox, hubiera retenido el voto del electorado, ahora fugado. Él está dispuesto a seguir, entonando el mea culpa y cambiando de estrategia. La semana va a ser movida en Génova con dos reuniones clave donde hablarán los barones. El PP ha perdido la brújula y los votantes se lo han dicho este domingo. Es imprescindible que el PP se replantee su futuro.

Sánchez también gana en el Senado (123). Hasta estas elecciones dominado por el PP
(ahora 53). El PSOE no ganaba desde 1993 y ahora sostiene la sartén por el mango.
Atentos, porque a partir de ahora tendrá la llave de autorizar el techo de gasto para
elaborar y sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado y también manejará la autorización del Gobierno sobre las medidas del 155 en Cataluña, por ejemplo.

La participación terminó siendo decisiva, en torno al 75,78% solo superada por las elecciones en las que Felipe González apeló al voto del miedo en 1993 frente a José
María Aznar. Siempre que se presentan unas elecciones de cambio que generan
incertidumbre suponen una amplia participación. Esta no ha sido la excepción.

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