José María Albert de Paco

Sánchez y Ayuso

«La política es inseparable de la moral, de ahí que no quepa comparar a quien sofoca el incendio con quien calcula el terreno edificable»

Opinión Actualizado:

Sánchez y Ayuso
Foto: Emilio Naranjo| EFE
José María Albert de Paco

José María Albert de Paco

De pequeño, en la playa, solía entretenerme yendo y viniendo de lo hondo con algo que demostrara que había estado allí. Fue aquella mi primera escuela de periodismo.

La equiparación entre Isabel Díaz Ayuso y Pedro Sánchez a la hora de evaluar el fracaso español en la contención del coronavirus es el último grito en equidistancias. A semejanza de lo que ocurrió en Cataluña, se trata de hacer pasar la frivolidad, el dolce far niente de la vida contemplativa, por un alarde de sensatez e incluso de integridad.

Cual si rindiera a su público una prueba de independencia, de insobornable lucidez, el demediador demediado divisa el incendio y reparte negligencias a diestro y siniestro, según una modalidad de tercerespañismo más emparentada con quienes ni saben ni contestan que con Chaves, Costa o Madariaga, y cuyo único propósito, en verdad, es mancharse lo menos posible.

La Comunidad de Madrid ha incurrido en errores, y la propia Ayuso los ha reconocido sin remilgos, disculpándose por ello y admitiendo que hay aspectos de su gestión que habría resuelto de otra forma. Con todo, un porcentaje abrumador de la indeterminación con que, en algunas ocasiones, ha actuado su Gobierno, o de los riesgos que ha asumido en otras, son imputables a la voluntad de guardar el equilibrio, inexorablemente precario, entre dos obligaciones: la de velar por la salud y la de evitar la ruina; ambos convergen en un mismo punto: salvaguardar la vida.

Detrás de las deficiencias de Sánchez, en cambio, siempre ha habido un indisimulado afán por, en los primeros días de la pandemia, anteponer su agenda ideológica a la emergencia sanitaria y, desde entonces, servirse del derrumbe para tratar de desproveer de legitimidad a la derecha y convertir nuestra monarquía parlamentaria en una república tintinesca. Por el camino, ha instituido una doble contabilidad mortuoria (la gubernamental y la antigubernamental), ha llamado a sus esbirros a retorcer el dolor, ha fabulado un comité de expertos a cuyas reuniones, no lo olvidemos, decía asistir (¡hay que ver lo que aprendo!, llegó a apostillar), ha tomado al asalto las instituciones y ha usurpado el papel de la Corona acudiendo a la Real Casa de Correos como los Reyes acuden a consolar a los deudos en los funerales de Estado (y eso en el mejor de los casos, pues tuvo la osadía de proclamar que él iba a ayudar, como aquellos hombres que, antiguamente, ayudaban en casa).

La política, cualquier política, es inseparable de la moral que la sostiene, de ahí que no quepa comparar a quien trata de sofocar el incendio con quien, entre ostentosas tribulaciones, va calculando el terreno edificable. Con el equidistante al fondo tocando la lira.

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