Daniel Moreno Moreno

Santayana, para tiempos difíciles

«Porque pocos filósofos son tan apropiados como Santayana para afrontar la situación en la que vivimos. Si hubiera que resumirlo periodísticamente, la palabra sería PAZ, paz interior en medio de las guerras que le acompañaron toda su vida»

Santayana, para tiempos difíciles
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Daniel Moreno Moreno

Daniel Moreno Moreno

Daniel Moreno Moreno es profesor de filosofía y secretario de LIMBO. Ha escrito 'Santayana Filósofo' (2007), 'Santayana the Philosopher' (2015) y 'Miguel Servet, teólogo iluminado'. Su traducción más reciente de Santayana son los 'Ensayos de historia de la filosofía'. La pandemia la está dedicando a un viejo y ambicioso proyecto de Servet.

Puede parecer extraño comenzar afirmando que el año 2020 ha sido extraordinario para alguien. Pero así ha sido. El afortunado es Jorge/George Santayana, don Jorge para quienes conversamos con él a diario a través de sus escritos. Él ha visto que en 2020 se sucedían las novedades editoriales en torno a su figura. ¿Casualidad? Ciertamente sí, pero también oportunidad.

Porque pocos filósofos son tan apropiados como Santayana para afrontar la situación en la que vivimos. Si hubiera que resumirlo periodísticamente, la palabra sería PAZ, paz interior en medio de las guerras que le acompañaron toda su vida. Y paz productiva, porque su forma de afrontar las tragedias le permitió hilvanar toda una obra que dialoga con sus difíciles circunstancias. Quizá por eso pueda servir de antídoto a la desesperación y al desánimo que ahora se extienden viralmente. Valga decir que se tomó las cosas con verdadera filosofía.

Nacido en Madrid en 1863, hijo único de un matrimonio mayor, se vio trasladado a Boston a los nueve años para vivir con su madre, Josefina Borrás, y recibir educación norteamericana, mientras su padre, Agustín Ruiz de Santayana, permanecía en Ávila. En Boston, le esperaban los Sturgis, la familia del primer marido de su madre. A ese desarraigo emocional y cultural pronto se añadió la pérdida de la fe católica, que él vivió como liberación. En el camino de su formación, se encontró con el libro del Lucrecio De la naturaleza de las cosas, que le dio a conocer el materialismo filosófico y la espiritualidad epicúrea. De ahí le vino seguramente la fuerza que le acompañó hasta el final de su vida. Y le hizo falta porque, siendo ya profesor de estética en la Universidad de Harvard, se desató la guerra hispano-norteamericana de 1898, a la que él respondió con el Spain in America. A nivel personal, fue viendo que algunos de sus mejores amigos se veían abocados al suicidio. De todo ello dio cuenta en sus Sonnets.

Dieciséis años más tarde, en 1914, unan visita, en principio breve, se convirtió en una estancia de cuatro años en Oxford, mientras duró la Primera Guerra Mundial. Una nueva tragedia que puso a prueba su entereza. Su respuesta fueron los intensos Soliloquies que fue publicando en esos años. La Guerra de España del 36 la vivió en Roma, pero estaba en contacto postal permanente con su amplia familia paterna, que sufrió las consecuencias de la contienda. Mientras tanto, él publica su famosa novela The Last Puritan —¿cómo es que todavía no se reedita El último puritano?—. Aunque la guerra no le dio tregua. La Segunda Guerra Mundial pronto alcanzó la misma Roma. ¡Y de qué manera! Así y todo, él, enfermo de cáncer, con pérdida de visión y de oído, y viendo que iban muriendo familiares y amigos, publicó obras maestras como sus memorias Persons and Places y su testamento político Dominations and Powers.

Sirva como colofón a este breve recorrido por su vida, recordar su filosófico modo de afrontar la propia muerte: «No importa lo que haya antes o lo que venga después, y esto es especialmente así cuando uno se está muriendo. ¡Cuán fácil es ahora para mí ver las cosas como si fuesen eternas —en particular ese pequeño fragmento llamado mi vida—». Y, al ser preguntado si sentía dolor, respondió: «Sí, amigo mío. Pero mi angustia es sólo física. No hay aprieto moral de ningún tipo».

De modo que, seguramente a su pesar —porque nada más lejos de su talante que ser proselitista—, la vida de Santayana resulte inspiradora en estos momentos. Más aun cuando se comprueba que su obra como poeta, novelista y filósofo encaja perfectamente con su vida. Él fue contemporáneo del esplendor del positivismo y de la ciencia, aunque no sintió la necesidad, como otros, de refugiarse en lo irracional, en la metodología científica o en lo pseudocientífico a modo de autodefensa. También fue contemporáneo del idealismo, supo detectar en él su lado ineludible, el metodológico, y desenmascarar su lado falaz, cuando convierte la naturaleza en la experiencia humana de la naturaleza. El puritanismo moral y el liberalismo político fueron también cuestionados por él desde dentro.

Su brillante y fluido estilo enlaza con el de Locke y Hume, y la fuerza de sus argumentos hereda la de Spinoza y Schopenhauer. Sus planteamientos son recomendables para quien esté cansado del lenguaje esotérico y de las cuestiones meramente académicas que tanto abundan en la filosofía contemporánea. Su aroma es clásico. Sus cuestiones, las esenciales: la muerte, el ser, el escepticismo, la divinidad, la razón, la verdad, lo espiritual, la vida, la belleza, la religión.

Queda, finalmente, por explicar por qué se ha dicho que el difícil año 2020 ha sido productivo, y afortunado, editorialmente para Santayana.

En efecto, en enero el Instituto Cervantes de Harvard, el Observatory, publicó un estudio bilingüe donde presentaba a Santayana como pensador híbrido. En marzo, la revista de literatura Quimera dedicó su dossier a George Santayana destacando la íntima conexión entre su vida y su obra. En el número de mayo/junio de Claves de razón práctica, la sección Casa de citas estuvo dedicada a Santayana, eligiendo como cita de presentación: «El moralista gritón tiene sin duda su lugar, pero no en filosofía». Y en el mes de octubre ha llegado puntual a su cita anual Limbo, el boletín internacional de estudios sobre Santayana, dedicando su número 40 a la faceta de Santayana como historiador de la filosofía.

En cuanto a libros, ha habido dos novedades en octubre. La primera, en la prestigiosa colección Los esenciales de la filosofía, donde Tecnos ha publicado Ensayos de historia de la filosofía. Ahí Santayana disecciona a otros filósofos, como Platón, B. Spinoza, J. Locke, G. Berkeley, G. Hegel, K. Marx, H. Spencer, H. Bergson, B. Russell y J. Dewey. Todo un candidato a bibliografía secundaria de los autores nombrados. La segunda novedad ha sido la recuperación, en la cuidada edición a la que nos tiene acostumbrados KRK, de El carácter y la opinión en Estados Unidos, donde Santayana recuerda su vida académica en Harvard y retrata magistralmente a W. James y a J. Royce.

De este libro me gustaría quedarme con dos citas. La primera porque explica por qué dejó su puesto de profesor en Harvard a los cincuenta años: «Que los filósofos sean profesores es un accidente, y casi una anomalía». La segunda por su evidente actualidad: «La elocuencia es un arte republicano —ahora diríamos populista—, así como la conversación es un arte aristocrático —ahora diríamos auténticamente democrático—».

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