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Ser o no ser irlandés

He ahí la cuestión. “Ser o no ser” que decía Hamlet. Uno no elige ser irlandés, español o portugués. Se nace o no se nace en un determinado lugar por esos azares del destino que nos rigen a los humanos.

He ahí la cuestión: “ser o no ser” que decía Hamlet. Uno no elige ser irlandés, español o portugués. Se nace en un determinado lugar por esos azares del destino que rigen a los humanos. Quién sabe si ser español o ser portugués te deja marca. A lo mejor a usted le parece absurdo creer en la idiosincrasia de un país, pero a mí no me lo parece porque nada sale de la nada. Debe de ser la bruma imaginaria de la antigua Irlanda o el encapotado cielo de la tarde gris de hoy lo que me hace pensar en la existencia de una tierra mágica y maternal que se pega a los cuerpos que engendra acompañándolos siempre para lo bueno y para lo malo como si fuese su Ángel de la Guarda. 

Lejos en el Éxodo un hombre que habla la lengua de Joyce oye la voz de un hermano que le llama de vuelta a casa para probar que son familia, que pertenecen al mismo viejo pueblo druídico de poetas y sabios irlandeses. La patria de Oscar Wilde, la isla más católica de todas las islas, reúne un día a sus hijos frente a las urnas para hacer justicia y acoger en su seno – si así lo acuerdan- a los matrimonios homosexuales. Tuvo que escribir Wilde su alegato de “amor diferente”- “De profundis”- para hacernos pensar que uno no puede luchar contra lo que ama ¿Y si la ley prohibiera querer a una mujer? ¿Dejaría uno de amarla?

Los que se parten la cara con quien sea en una pelea, los defensores de las causas perdidas y no tan perdidas acuden a la cita de familia y votan a favor de la convivencia en un gesto de lealtad admirable, ciega e incorruptible. 

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