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Sin peros en la Lengua

"Ser académico hoy ya no es aquello que dijo Umbral de un señor que al morir se convierte en sillón. Ser académico, desde el lunes, es ser revolucionario"

Foto: Juan Carlos Hidalgo | EFE

Ser Roger Federer, tener un perro y que me nombren académico, esos eran mis sueños de pequeño. A los dos primeros ya he renunciado a estas alturas y para el último estaba a punto de perder la vocación, porque para ser miembro de la RAE –como para ser cura– hace falta tener vocación. Cuando se es un crío los hay que quieren ser futbolistas y otros queríamos ser académicos. Ser académico es una forma de pasear, de estar en el mundo –con chaqué–, de parecerse a Delibes o a Dámaso Alonso. Uno tiene la vocación –aunque casi todos digan que no aspiran a ello– y ya luego con mérito, suerte y amigos, le conceden el honor.

Pero este Gobierno tan pícaro y tan nuestro ahora quiere legislar sobre todo: quiere legislar sobre los toros, sobre los críos, sobre los padres y sobre el idioma que habla usted. Como hay muchos cargos que repartir, y tanto ministerio y secretaría de Estado están resultando pocos, quizá Pedro Sánchez y Pablo Iglesias pensaron que el siguiente lugar que conviene tomar por asalto para colocar a los suyos es la Real Academia de la Lengua ahora que ya hay fiscal general.  Así se le ocurrió a Carmen Calvo, como excusa para abrir el melón constitucional y reformar la Carta Magna y las contrariedades que emanan de sus ideas políticas, empezar a tantear a la RAE. Usar la vetusta institución como caballo de Troya contra la Carta Magna. La excusa, la de siempre: “la igualdad”. El lunes sentenció la Real Academia de la Lengua en un informe a petición de la vicepresidenta que la redacción de la Constitución “es impecable”, porque «no establecen diferencias sociales entre hombres y mujeres». Pues claro, por favor. Aquellos políticos, padres de la Constitución, fueran de un partido o de otro, todavía sabían escribir.  Añade la venerable institución que la actual redacción de la Constitución «no plantea problemas jurídicos ni lingüísticos» y que «las razones que podrían conducir a modificar este aspecto de la redacción del texto constitucional no son de naturaleza lingüística, sino de carácter estrictamente político».

Esto a Carmen Calvo, que no le sienta nunca nada bien, le sentó mal. Salió por la tarde a desmerecer el trabajo de los académicos en vez de agradecerles el rigor y la premura. A llamarles fachas sin delicadeza, ni nada, y en general a pagar con la institución esa frustración personal por saber que se les está escapando la épica del discurso, que es lo que siempre perfeccionó la izquierda: ese relato del Cid sin Cid. No es que se lo esté robando la derecha –que no entiende ni por asomo lo que es el marketing o la importancia de las ideas–, sino el sentido común. El sentido común, que era la cosa más gris y menos atractiva desde que se inventó el mundo, va  camino de convertirse en una revolución. O mejor en una contrarrevolución, frente a aquellos que quieren imponer la revolución.

La RAE es fedataria del español de los hispanohablantes, no del de Carmen Calvo e Irene Montero en particular. ¡Y menos mal! En ese caso a los españoles nos saldría mejor hablar en inglés. Al PSOE lo que le molesta a fin de cuentas es que la RAE diga que que las palabras significan lo que recoge el diccionario y no lo que quiere el Gobierno –o lo que le conviene–. Porque para el PSOE hace tiempo que los millones de hispanohablantes no existen y curiosamente sólo hablan y escriben en español los mismos seis millones y medio de personas que les votaron en las últimas elecciones generales.

Ser académico hoy ya no es aquello que dijo Umbral de un señor que al morir se convierte en sillón. Ser académico, desde el lunes, es ser revolucionario. 

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