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Tanques en Pekín

El patriotismo chino es algo estrictamente controlado. Por si acaso: siempre puede surgir un nacionalismo más radical que acuse de traidor al establishment

Foto: Ng Han Guan | AP

Me encontré con los tanques de frente. Había llegado hace pocos días a Pekín y caminaba tranquilamente en dirección a una comida con unos amigos locales. Tenía que cruzar la vía del tren, pero vi que la habían cortado. Centenares de policías rígidos y serios bloqueaban el paso, cada uno de ellos apostado a pocos metros del otro, evitando que nadie se acercara a la vía. Varios pequineses se habían aproximado a mirar este despliegue. Me olía que algo iba a pasar.

Empezamos a oír el sonido de un tren que se acercaba a lo lejos. La gente comenzó a murmurar. Una ruidosa locomotora pasó ante nuestras narices. Los pasajeros que arrastraba detrás eran decenas y decenas de tanques, verdísimos y relucientes, como recién sacados de un museo o una tienda de juguetes. Un joven que estaba a mi lado sacó su móvil para tomar una foto y los agentes casi se le echan encima. Todos contemplamos en silencio esa sucesión de brillantes tanques ligeros, a la que siguieron varios vagones con soldados dentro. El tren se marchó y, al cabo de un rato, la mayoría de policías habían desparecido.

Así me avisó Pekín de que, en un par de semanas, se iba a celebrar, a lo grande y sin reparar en tanques, misiles y soldados, el gran desfile militar y civil del 1 de octubre, es decir, los 70 años de la proclamación de la República Popular de China.

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El desfile militar de 1 de octubre. | Foto: Ng Han Guan | AP

Me pasé los días que quedaban hasta el desfile alejado de la capital, viajando por ciudades de provincia de la antigua Manchuria, a poca distancia de las fronteras con Rusia o Corea del Norte. Pero todo conspiraba para que no pudiera olvidarme del Día Nacional que se acercaba. En los centros comerciales ponían pegadizas canciones rojas patrióticas. En las estaciones de tren enormes carteles anunciaban el próximo aniversario. Las avenidas se llenaban de centenares y centenares de banderas chinas ondeando al viento.

No sólo era cosa del gobierno. En la entrada de un museo o en una plaza, podía encontrarme, por ejemplo, con una decena de jóvenes haciéndose fotos con una gran bandera china. Mis conocidos chinos colgaban en Wechat -el Whatsapp chino- vídeos de las actividades que sus empresas hacían para celebrar la llegada del 1 de octubre. Otros -clase media, educados en Occidente- cambiaban su foto en las redes sociales por una que anunciaba en letras bien grandes los 70 años de la República Popular.

El patriotismo es una de las bases de legitimidad del Partido Comunista desde que éste tomó el poder.

El patriotismo chino -o nacionalismo, no entraré en distinciones estériles- es uno de los grandes motores de la China actual. Pero no es algo que haya surgido ahora. Es una de las bases de legitimidad del Partido Comunista desde que éste tomó el poder.

En 1949, cuando Mao Zedong proclamó la República Popular, el patriotismo jugó un papel más importante que el socialismo. Después de un siglo XIX y unos principios del XX caracterizados por una China subyugada o dividida por potencias extranjeras, el control del país por parte de los comunistas consiguió lo que desde hacía décadas se batallaba: soberanía y unidad nacional. Aunque hay matices en este relato, Mao es recordado -actualmente- más como un patriota que como un comunista. La base nacionalista ha estado presente desde los inicios del régimen.

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Un retrato de Mao Zedong en la celebración del 70 aniversario de China. | Foto: Mark Schiefelbein | AP

Después de los crímenes del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, las reformas de libre mercado y apertura que Deng Xiaoping llevó adelante reforzaron, más bien, el segundo pilar que sostiene al Partido Comunista: el desarrollo económico del país. La legitimidad del gobierno chino, desde los años ochenta hasta ahora, ha estado basada principalmente en el crecimiento, el aumento de los salarios y las condiciones de vida, y la disminución drástica de la pobreza. A cambio de que la gente no se metiera en política, el gobierno mejoraba sus condiciones materiales año tras año. Y realmente lo hacía. De ahí surgió la enorme clase media que ahora puebla China. Y a ella se debe el nuevo patriotismo que ahora se está consolidando.

Xi Jinping, el actual presidente chino, está promoviendo el nacionalismo mirando tanto hacia dentro como hacia fuera del país. Hacia dentro, para fomentar un valor común que aglutine tanto al campesino de provincias como a las clases medias urbanas. Un sentimiento patriótico que actúe como motor espiritual -y que supere las preocupaciones individualistas únicamente centradas en las condiciones materiales-. Pero también que mire de cara al exterior. Si el patriotismo chino de 1949 era el del país unido, el de ahora es el del país fuerte. El discurso de Xi es el del renacimiento de China como gran civilización. El de crear un país poderoso que tenga una voz decisiva a nivel internacional. Como sucedió durante tantos siglos.

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Xi Jinping, en una imagen durante la celebración del 70 aniversario de China. | Foto: Ng Han Guan | AP

El objetivo no es sólo que China se “sienta respetada” por Occidente. También hay motivos económicos internos: China necesita influir cada vez más en la nueva globalización para conseguir una mayor parte de la tarta de la economía mundial. El siempre perseguido desarrollo, el anhelo incansable de hacer de China un país del primer mundo, no puede separarse de este nuevo patriotismo chino que busca mirar cara a cara a Estados Unidos. El campo internacional será el que determinará si China se queda estancada en su situación actual, o asciende a los puestos más altos de la economía mundial -los que ahora ocupa Occidente-.

Acabé viendo el desfile del 1 de octubre como la mayoría de chinos: en casa y por la tele. A la celebración de Pekín sólo puede asistir una élite previamente seleccionada. Las calles del centro de la ciudad se cierran y las medidas de seguridad se extreman. Las masas no son bienvenidas. El patriotismo chino es algo estrictamente controlado. Por si acaso: siempre puede surgir un nacionalismo más radical que acuse de traidor al establishment.

Pensé que el síntoma realmente preocupante era que, para muchos occidentales, agitar una bandera con alegría fuera casi un sinónimo de fascismo.

Miré mi móvil: las redes sociales chinas eran un torrente de felicitaciones a la Patria por su 70 aniversario. Había fotos de tanques, soldados y carrozas con los retratos de los presidentes de la República Popular. Después abrí Twitter y vi comentarios de periodistas y analistas occidentales. Todos eran absolutamente previsibles. Que si los peligros del nacionalismo, que si el lavado de cerebro patriótico, que si China y el Partido no son lo mismo. Lo cerré y pensé que el síntoma realmente preocupante era que, para muchos occidentales, agitar una bandera con alegría fuera casi un sinónimo de fascismo.

Al cabo unos días aparecieron artículos denunciando los “falsos mitos históricos” de la República Popular de China. Me dio la sensación que estaban escritos más desde el escándalo moral que desde el cinismo, como si todo pueblo no necesitara mitos que contarse para sobrevivir. Como si no hubiera motor más potente que ello.

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