Aloma Rodríguez

Tensa navidad

«Cualquiera que haya estado en un chat de madres y padres sabe que el sentido común no existe, existe como mucho el particular»

Opinión

Tensa navidad
Foto: @blavon| Unsplash
Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez

Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado "París tres", "Jóvenes y guapos", "Solo si te mueves" y "Los idiotas prefieren la montaña", todos en Xordica. Es miembro de la redacción española de Letras Libres y colabora con diferentes medios.

La disparidad de restricciones entre comunidades y la ambigüedad con respecto a las normas (allegados, todos sabemos lo que es un allegado, dijo Carmen Calvo, lo que no parece un armazón jurídico muy sólido) no solo crean una cierta confusión en los ciudadanos sobre qué es lo que se puede y no se puede hacer. Al apelar a la responsabilidad individual se descarga en los ciudadanos de a pie la toma de decisiones buscando un equilibrio entre la prudencia y la normalidad. Lo escribió Raquel Peláez en una columna en El País, las restricciones crean tensiones en los grupos de amigos, cada convocatoria que llega te hace sentir como elegido y siempre hay quien cree que exagera el que pide comer en terraza y quien cree que hacerlo en el interior debería estar prohibido, como de hecho está en algunos lugares, como Zaragoza, desde donde escribo. Por eso, cuando voy a Madrid, me siento temeraria al poder tomar un café dentro de un bar.

Desde luego, este es un mal menor comparado con los muertos, la pérdida de trabajos, la inestabilidad y la incertidumbre sobre la economía y el mundo tal y como lo conocemos. Pero es un motivo más de disputa y de ansiedad que se añade a las consecuencias de la pandemia, afecta también a la convivencia.

Ahora que se acerca la navidad, cada familia, compuesta por diferentes núcleos de convivencia, va a tener sus propias discusiones y tiras y aflojas entre quienes creen que se exagera, que no pasa nada por juntarse, y quienes creen que el hecho de que no esté prohibido no significa que sea prudente. Cada uno, seguramente, pasamos por cada una de esas posturas a lo largo de las semanas: me voy con los niños a casa de mis padres y nos hacemos núcleo de convivencia, nos juntamos, los niños no cuentan, hacemos cena por zoom, salimos a dar un paseo y que nos saluden desde el balcón.

Nos relajamos porque llevamos muchos meses así, porque vemos la vacuna a la vuelta de la esquina; nos tensamos cuando conocemos un caso cercano de enfermedad grave o si tenemos que pasar por una cuarentena por un contacto con un positivo y se paraliza de nuevo nuestra vida. No sé si hay un término medio adecuado, sería estupendo confiar en que es una cuestión de sentido común, pero no hay nada más dispar y borroso que el sentido común, y además solo se reconoce cuando se señala su carencia, nunca antes. Cualquiera que haya estado en un chat de madres y padres sabe que el sentido común no existe, existe como mucho el particular.

Me preguntaba si esta iba a ser la nochevieja más deprimente en mucho tiempo, y mi novio me decía que en realidad las nocheviejas siempre son deprimentes: porque todo el mundo se esfuerza demasiado en pasarlo bien y es patético y triste. Dice que decidió aprender a tocar el piano para que no haya ese momento, después de Cachitos, de caras de cordero mirándose. Sabe tocar ‘Ritmo de la noche’, y yo sigo teniendo mi abrigado pijama de tigre.

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