Miguel Ángel Quintana Paz

¿Tienen sentido aún las universidades?

«Si las universidades aspiran solo a hacer a nuestros jóvenes 'empleables', si todo lo que tienes que ofrecer a sus estudiantes son 'competencias', entonces las universidades hacen bien en temer a Google»

Opinión

¿Tienen sentido aún las universidades?
Foto: Gonbiana| Needpix
Miguel Ángel Quintana Paz

Miguel Ángel Quintana Paz

Profesor de Ética y Filosofía en la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Mi sueño es conocer (a) Alaska. Charro y wittgensteiniano.

La noticia ha copado los periódicos, a menudo con tintes melodramáticos: por 300 dólares y tras solo seis meses de instrucción a distancia, Google te concederá un certificado que a sus ojos equivaldrá a una carrera universitaria.

No parece novedoso que una empresa confíe en sí misma a la hora de formar a sus trabajadores. Tampoco que un grado universitario ya no resulte imprescindible para obtener un buen empleo. O incluso un muy buen empleo. ¿Por qué, entonces, ha causado tanto revuelo el anuncio de la compañía más famosa sita en Mountain View?

Seguramente, lo primero que impresionan son las cifras. Un semestre en lugar de los cuatro años que suele necesitar un simple graduado (no digamos ya un máster o un doctorado). 300 dólares de coste en lugar de los 300.000 que a menudo pagas por tu universidad en EE. UU. Y todo ello con la presencia en este sarao de un gigante, como Google, que blasona de ser quien remunera con los sueldos más generosos del mundo.


No hablamos, pues, de que Confecciones Toñi vea innecesario que sus gerentes hayan asistido al campus de Teruel; hablamos de un indicio de desprecio hacia todo el sistema universitario por parte de una megacorporación, cuyos ingresos superaron el año pasado el PIB de Kuwait o Ecuador. Y cuyo buscador es a menudo la vía mediante la cual accedemos a las webs de esas mismas universidades cuya formación desdeña.

Con todo, creo que solo entenderemos el desafío que plantean los de Mountain View si vamos más allá de los números. Fijémonos, para ello, en la doctrina que ha inspirado durante los últimos años nuestra política universitaria. En España, como en el resto de Europa, ese credo quedó reflejado en la creación, a partir de 2010, de un Espacio Europeo de Educación Superior (EEES). Lo que se conoció coloquialmente como “Plan Bolonia”.

Dos aspectos de esa reforma nos interesan aquí: en primer lugar, se persiguió que las universidades intentaran convertir a sus alumnos en “empleables” (palabra que tal vez le recuerde al lector a “usables”).

En segundo lugar, se quiso alcanzar ese objetivo enseñando “competencias”. El alumno ya no tenía que adquirir unos u otros saberes, ya no tenía que salir “formado” o “educado”; ahora solo importaba que, tras su paso por la universidad, fuese capaz de hacer unas u otras cosas. El “saber por el saber” quedaba denigrado cual residuo de un tenebroso pasado en que a gentes como Platón o Aristóteles les dio por perder mucho el tiempo: ahora importaba ser eficaz a la hora de resolver papeletas; y cuantas más, mejor.

No voy a denostar aquí esta salsa de ideas boloñesas. Al fin y al cabo, soy el primero que quiere que un ingeniero sepa diseñar puentes (preferiblemente, que no se caigan) o que un médico sepa curarme un sarpullido (a ser posible, sin causarme otro por su ocasional falta de amabilidad).

Ahora bien, ¿es solo por eso para lo que enviamos a nuestros jóvenes a las universidades? Si la respuesta es sí, como quiso el Plan Bolonia, entonces la conclusión no será halagüeña: en el caso de que Google (o cualquier otro) sepa hacer a la gente más eficaz, en menos tiempo y con menor coste que las escuelas de ingeniería, entonces Google puede perfectamente sustituirlas. Si la universidad solo quiere hacernos empleables o competentes en ciertas cositas, quizá las empresas sepan mejor qué quieren y cómo conseguirlo que unos profesores que, a menudo, desconocen casi todo de ese mundo para el que nos quieren “preparar”.

Al fin y al cabo, así funciona el resto de la sociedad: son los equipos de fútbol los que entrenan a sus jugadores en el campo, no unos señores con gafas que les obliguen a aprenderse la lista de equipos de Regional Preferente sentados en un aula. Cuando quieres que tu hijo aprenda a hacerse la cama, no le pones a estudiar los distintos tipos de tejido con que se hayan cosido las colchas a lo largo de la historia; simplemente, le pones a hacer la cama.

En suma, seamos francos: si las universidades aspiran solo a hacer a nuestros jóvenes “empleables”, si todo lo que tienes que ofrecer a sus estudiantes son “competencias”, entonces las universidades hacen bien en temer a Google o incluso a la ya citada Confecciones Toñi. Porque es bien probable que Google o Toñi sepan alcanzar tales empeños mucho mejor.

¿Carece, entonces, de sentido toda nuestra educación superior? La respuesta solo podrá ser negativa con una condición: que la Universidad acierte a dar a sus alumnos algo más que “usabilidad”, “competencias”, “empleabilidad”. ¿Qué es esa otra cosa que podrían otorgar nuestras facultades a los que asisten a ellas? La respuesta no la oculta ningún arcano: formación.
Ahora bien, ¿cómo sería una universidad centrada en formar en lugar de conceder “empleabilidad”? Quizá algunas pistas someras puedan ayudar a entender a qué me refiero.

  1. Para empezar, no te formas únicamente en el aula. Ni tampoco conectado desde tu dormitorio mientras miras a una pantalla. La universidad es ante todo vida universitaria: compartir con tus compañeros los primeros años de tu vida adulta, enfrentarte a los primeros retos de tu libertad. Por eso cobran sentido los cuatro años tradicionales en lugar de los seis meses que te ofertan Google o Confecciones Toñi. Darte forma a ti mismo no es tarea baladí que despachar deprisa.
  2. Ese aprendizaje junto a otros alumnos no es solo una “educación sentimental”. No se trata solo de ligar o hacer amigos. También lo intelectual se asimila mejor después de haberlo discutido con tus conmilitones. Necesitarás, sin duda, ratos de lectura solitaria (vas a tener que aprender a calibrar cuánto de soledad y cuánto de sociabilidad hacen una y otra más fecundas). Pero los mejores resultados en una universidad de élite no se deben por lo general a sus punteras instalaciones o a su más prestigioso profesorado (de hecho, en EE. UU. es común que este rote entre universidades de mayor y menor categoría). Los resultados superiores en una universidad excelente se deben a que estás rodeado de alumnos que también aspiran a la excelencia. En India aconsejan que, para enseñar algo a un elefante, lo juntes con otros mejores.
  3. Aunque lo telemático no pueda sustituir por completo la vida en común, esto no significa que no pueda ser de ayuda. Seguramente no tiene sentido que tú y tu profesor os desplacéis hasta su despacho para que le consultes una duda puntual, cuando podrías ahorrároslo (y ahorrar combustible) si os conectaseis a través del ordenador. (La covid nos ha enseñado este tipo de cosas).
  4. Tampoco tienen quizá mucho sentido los horarios estrictos, propios de industria estajanovista, en tu relación con el docente. Que este pueda organizar encuentros con alumnos, a veces fuera del aula, a veces en otros espacios de instrucción (museos, conferencias, teatros, campo) debería facilitarse, sin la obsesión por cumplir las horas o “recuperarlas” que a menudo confunde los medios con su finalidad. Las clases magistrales a menudo están bien; pero sustituirlas cuando se vea oportuno por tutorías de unos pocos alumnos, en que cada uno conozca el punto en que se halla a lo largo de su camino por el saber, debería resultar común. El alumno debe habituarse a discutir ideas: no porque sus opiniones importen, sino porque debe pulirlas y esa es la mejor vía para lograrlo.
  5. Aunque te estés formando para farmacéutico, informático o psicólogo, es seguro que no vas a ser solo tu oficio, sino también humano. Por lo tanto, resultará imprescindible que, sea cual sea tu carrera, incluya espacios frondosos para las humanidades. Esto no significa memorizar listas de autores raros, sino mezclarte con ellos y comentarlos. Muchos docentes creen que un curso universitario de introducción a la literatura, a la filosofía o al arte consiste en pasar deprisa por el mayor número posible de literatos, filósofos o artistas. Pero es profundidad, no extensión, lo que nuestro mundo necesita (al fin y al cabo, ningún curso universitario será más extenso que todo lo que ya contiene internet). Dedicar todo el semestre a discutir con alumnos de Química La República de Platón puede ser un ejemplo de cosa perfectamente inútil para ser un experto en esa disciplina, pero bien formativa para ese humano que todo químico también es.
  6. Si los profesores van a ser sobre todo eso, acompañantes en tu camino por el saber, no tiene sentido su actual método de selección en países como España. Pues este valora hoy por hoy tan solo sus logros investigadores o la instrucción que ellos hayan recibido. Es necesario empezar a seleccionar al profesorado por su desempeño docente: ¿Cómo dan clase? ¿Qué tipo de ideas se les ocurren para acercar su disciplina? Estos aspectos, tan importantes para el alumno, nunca se tienen en cuenta en concursos de méritos u oposiciones de nuestra Universidad pública. Es necesario que un tribunal vea y evalúe cómo da el profesor varias clases… antes de contratarlo para dar clases.
  7. El punto anterior no significa que el profesor se reduzca solo a su labor docente; la Universidad siempre ha sido ese lugar peculiar en que los que aportan nuevos conocimientos a la humanidad, investigando, se las enseñan (o al menos insinúan) a los más jóvenes. De hecho, para favorecer ese flujo entre lo que el profesor aprende y lo que enseña, los planes de estudio deberían ser más flexibles, los programas de las asignaturas más laxos. “Oh, pero entonces, ¿qué ocurre si al final a un profesor se le pasa por alto enseñar algo importantísimo de su disciplina y los alumnos se quedan para siempre sin ello?”. Bueno, si tan importante es, ya lo aprenderán de un modo u otro. Además, lo que resulta relevante hoy a menudo dejará de serlo en unos pocos años. Enseña a los alumnos a desenvolverse porque estén formados; el resto se les dará por añadidura. Los británicos mantuvieron durante décadas un inmenso y rico imperio comercial… mientras en las universidades enseñaban a sus élites a traducir el griego de Anacreonte o el latín de Cicerón.
  8. Otra consecuencia del Plan Bolonia fue que la burocracia de pronto se multiplicó hasta un punto que dejó a Kafka como mero amateur. No en vano fueron burócratas los que diseñaron tal Plan. Hoy un profesor dedica cientos de horas a rellenar papeles, informes, formularios, autoevaluaciones, reportes, encuestas e impresos que en su inmensa mayoría nadie leerá, pues se necesitarían otros cientos de horas para ello. Ningún beneficio obtiene el alumno de toda esa orfebrería oficinesca; y ni Google ni Confecciones Toñi van a perder el tiempo en ella. No lo perdamos, pues, los que aspiramos a algo más potente que ellos: a formar.

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