Gabriel Insausti

Todos somos China

«Lo que viene de China no es sólo el coronavirus. Lo que viene es esa entente insólita de comunismo y capitalismo –con lo peor de cada casa- que se resuelve en el globalismo»

Zibaldone Actualizado:

Todos somos China
Foto: Jeff Widener| AP Images

Fue una de las imágenes del siglo: un hombre joven que volvía de sus compras. No buscaba bronca, no iba contra nadie, sólo se topó en su camino con una hilera de tanques por la Plaza de Tiananmen. ¿Una hilera de tanques por la Plaza? Sí, una hilera de tanques por la Plaza. Eso había decidido hacer el Gobierno chino ante las protestas de cuatro manifestantes: sacar los tanques, esos que habían pagado los propios manifestantes, por la Plaza.

Un hombre, uno solo, indefenso, había detenido a la tiranía. Por supuesto, no tardó en pagarlo con la cárcel. Y no se ha vuelto a saber de él. De hecho, ni siquiera se conoce su nombre. ‘El hombre del tanque’, lo bautizaron. En ese simple gesto, sin embargo, al permanecer quieto ante el tanque, al obligar a aquellos mastodontes de acero a interrumpir su carrera, aquel héroe anónimo salvó la dignidad del siglo. Un individuo, uno solo, sin armas ni dinero, sin siglas ni organizaciones, cargado con la impedimenta casual de esas bolsas, podía marcar una diferencia.

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Y luego estaban las películas. Sobre todo, las de Zhang Yimou. El manejo del color y el punto de vista femenino, en Sorgo rojo. La cámara lejana de La linterna roja, que nunca ofrecía un primer plano del amo del harén y nos dejaba adivinar un mundo prisionero de sus propias leyes. Qiu Yu, una mujer china, que en un tono más cinéma verité bajaba a Gong Li del estatuto de estrella y mostraba la deshumanización amarga de esa maquinaria llamada Estado; ¡Vivir!, que satirizaba la crueldad de la revolución, en un mensaje un poco plano. El individuo también contaba, no todo era aquel ogro omnímodo.

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Protestas pro democracia en la Plaza de Tiananmen. Mayo de 1989. | Foto: Sadayuki Mikami | AP

Fue una ráfaga de belleza y de libertad, y Yimou lo pagó caro: Semilla de crisantemo y La linterna roja, prohibidas; ¡Vivir!, censurada. Quizá porque el régimen prometía cambiar, y acaso porque Yimou quiso jugar al posibilismo, llegaron otros títulos. Amor bajo el espino blanco, que lo bañaba todo en un sentimentalismo naïf y casi nos llevaba a añorar los días de la revolución cultural. El largo camino a casa rezumaba, que también aquella ortodoxia política, con su épica de la Ocupación y la lucha contra el japonés. Hero ya era el no va más. Entre los tonos vivísimos de los uniformes militares y los estandartes –al cabo, Yimou era ante todo un director de fotografía-, aquella apoteosis del Estado que se colaba de matute. Yimou había encontrado el medio, a través de aquella sucesión de batallas y patadas, de reconciliarse con el régimen. Conmigo, no.

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Parecía que se movía algo. Algunos empezaban a viajar, a conocer aquel país in situ. Mi padre fue de los primeros, allá por 1991. De lo que contó sólo recuerdo un detalle: el día que tomaban el avión de regreso llegaron él y otros tres compañeros de la empresa al aeropuerto de Pekín ¡y los rótulos estaban sólo en chino! Principios de los noventa y todavía era reconocible aquel rostro autárquico. A los tres o cuatro años florecían los negocios, afluía el dinero, se abrían las fronteras. Y además se terminó el plazo en Hong-Kong y los británicos tuvieron que entregársela a la República Popular. “Un país, dos sistemas”, decían en las crónicas mientras los soldados marchaban fusil al hombro y los vecinos espiaban atemorizados tras los visillos.

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Un trabajador descansa frente a una promoción de Pekín como sede de los Juegos Olímpicos. | Foto: Greg Baker | AP

La idea de los dos sistemas cedió pronto paso a otra interpretación: se mantenía el comunismo nominalmente, pero se introducía la economía de mercado.

Era una golosina para un régimen que quería reinventarse. También allí, a Hong-Kong, tuvo que viajar mi padre varias veces. Y él y sus compañeros hablaban maravillas. Había, sí, una China interior más anclada en el pasado, pero había una China costera, nueva, pujante. Ciencia y tecnología a espuertas. Edificios fastuosos. Avances inusitados. La idea de los dos sistemas cedió pronto paso a otra interpretación: se mantenía el comunismo nominalmente, pero se introducía la economía de mercado. Con ella no tardaría en llegar la democracia, aseguraban.

Más indicios, ya en este siglo: el director del Parque Tecnológico había estado por allí y volvía entusiasta. Un cura chino con quien compartí un viaje en tren defendía a su Gobierno, lo justificaba con el argumento de que era precisa una mano de hierro para mantener a China grande, fuerte y unida (que su obispo estuviese en la cárcel, al parecer, no despertaba en él ninguna objeción). El comunismo era, pues, sólo un medio; el fin era nacionalista. Con los Juegos Olímpicos de Pekín esas expectativas se desinflaron: no, China no parecía muy dispuesta a dejarse contagiar por Occidente; y sin embargo éste, ante la perspectiva del negocio, no le hacía ascos. Sólo en algunos noticiarios aparecían unos disidentes, exiliados en algún país europeo, que habían cerrado el paso al portador de la antorcha olímpica, en protesta.

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Que la expectativa occidental constituyese un ejercicio de ingenuidad delata, junto con esa confianza presuntuosa, el economicismo de fondo: en realidad la idea del contagio era un señuelo, algo de lo que los occidentales se habían persuadido a sí mismos para no hacer demasiadas preguntas. Qué bueno lo de la tecnología, qué estupendo el desarrollo económico, por ejemplo, pero dónde estaban los derechos humanos. Hasta cuándo tendría que sufrir el pueblo chino la bota de aquel Gobierno.

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Desfile ante el retrato de Mao Zedong en Pekín. | Foto: Ng Han Guan | AP

De hecho, la hipótesis del contagio empieza a demostrarse acertada, sólo que a la inversa: no es China quien se ha dejado contagiar por Occidente, es éste quien se contagia de aquélla. Ciudadanos cada vez más indefensos, sociedades cada vez más desarticuladas, pero un estatalismo cada vez más palpable. Un Estado cada vez más impositivo y gravoso, más entrometido en la conciencia de sus ciudadanos. Más censor de toda voz discrepante. Más erigido en dispensador de la vida y la muerte. El Estado de alarma sólo lo ha mostrado con una pizca más de crudeza. Basta con echar a un vistazo a las leyes que nos traíamos entre manos cuando irrumpió en nuestras vidas.

Por eso tengo para mí que el virus sólo ha acelerado el proceso que ya estaba en marcha, es un catalizador y no un propulsor. Y por eso lo que viene de China no es sólo el coronavirus. Lo que viene es esa entente insólita de comunismo y capitalismo –con lo peor de cada casa- que se resuelve en el globalismo. Un Estado muy fuerte de puertas adentro pero relativamente débil de puertas afuera, convertido en un juguete en manos de cuatro magnates. Un Estado sujeto a esas fuerzas que manejan unos tipos a los que no ha votado nadie. En fin, un Estado matón en el que todos somos China. O vamos camino de serlo.

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