Juan Claudio de Ramón

Tribu, familia, amigos

«Una buena regla para discernir estos momentos en época de polarización puede ser esta: 'Si vas a discutir con un amigo por cuestiones de política, pregúntate antes si hay algo más en juego que el que uno de los dos tenga razón'»

Opinión

Tribu, familia, amigos
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Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Traía el otro día The Economist un reportaje sobre un asunto que ronda a menudo mis pensamientos: cómo impacta la política –la polarización, se dice ahora– en las relaciones familiares. El título resumía el contenido: ‘La población británica de raza mixta desdibuja las líneas de las política de la identidad‘. La pieza quería explicarse la menor repercusión social del movimiento Black Lives Matter en Reino Unido, en agudo contraste con Estados Unidos. La respuesta tentada es la existencia de un porcentaje mayor de familias mestizas en las islas británicas: un 16%. Puede no parecer mucho, pero quizá sea bastante para crear una zona de interposición entre tribus enfrentadas. Se citaba a Marvin Ress, alcalde de Bristol de origen jamaicano. Su mujer y su madre, peluquera que trabaja desde los catorce años, son blancas. Decía algo que me pareció muy puesto en razón: «Sé que el racismo existe, pero no pienso volver a casa y echar la bronca a mamá y hacerla sentir culpable por ser blanca». En las encuestas la población mestiza también es menos propensa a estar de acuerdo con aseveraciones rotundas y simplificadoras como: «Reino Unido es un país racista».

No sé si hay literatura científica sobre la familia como dispositivo amortiguador de tensiones políticas. Si la hay me gustaría leerla. Recuerdo cómo, hace años, cuando hacía a menudo la ruta Madrid-Barcelona en tren, los vagones llenos me enviaban una señal tranquilizadora. «Mientras haya gente yendo y viniendo, hay esperanza», me decía. Porque incluso si el viaje era por negocios, me figuraba a mis compañeros de ruta aprovechando para ver a familia o amigos en la otra ciudad. Cada pasajero era –éramos– hebra de una trama de afectos contra el insensato e insolidario proyecto de la separación. No soy ingenuo: la política puede romper familias. Las tramas se desgarran, los edificios se caen. Sucede antes con los primos. Se pasa con dolor a los hermanos. Llegado el grado de toxicidad, una política radioactiva puede romper el núcleo familiar, igual que un bombardeo de neutrones el de un átomo. No estaría mal que algún empírico a la violeta contase el número de divorcios o rupturas de pareja que ha provocado el Procés. Conozco algunos casos.

¿Y la amistad? La amistad también es un freno a la ideología. Lo saben las dictaduras, uno de cuyos modos de fortificarse, explica Hannah Arendt, es aislar a los individuos, lograr que se sientan solos e impotentes, rompiendo toda lealtad que no sea hacia el partido o el autócrata de turno. Han traído cola unas declaraciones de Manuela Carmena. Al parecer, la ex alcaldesa de Madrid tiene «amigos de Vox que son gente magnífica». Yo también. Y de Podemos. A unos y otros les pediría que cuidaran de mis hijos una tarde, un parámetro que estimo mejor que el del voto para juzgar la calidad moral de una persona. De nuevo, no cabe ser ingenuo: hay veces que no apetece discutir con amigos a los que sabemos partidarios de una opción política que nos cuesta entender, como seguramente a ellos la nuestra. No por es por falta de amistad –saben que la tendrían en caso de precisar ayuda–, sino más bien para protegerla de recíprocos malos humores o exageraciones o tribalismos. No seamos tampoco pusilánimes: a veces discutir es necesario y prueba de amistad no marchitada. Una buena regla para discernir estos momentos en época de polarización puede ser esta: «Si vas a discutir con un amigo por cuestiones de política, pregúntate antes si hay algo más en juego que el que uno de los dos tenga razón».

La amistad, en fin, mantiene unidas las ciudades, dijo Aristóteles. No lo hubiera dicho si no fuera al mismo tiempo agudamente consciente de que allí donde hay comunidad, acecha siempre, como bestia merodeante, la sombra de la stasis, de la guerra civil. Leo estos días Las armas y las letras, el gran libro de Andrés Trapiello sobre las peripecias de los escritores españoles durante nuestra guerra. Pienso en Luis Rosales, que nunca pudo borrar de su cabeza el rumor sordo de las balas que mataron a Federico, su amigo. Pienso en los hermanos Machado, a los que la guerra separó: es difícil de creer que pensaran cosas muy distintas de la vida, la política y los seres humanos. No fueron pocos los casos en que alguien de un bando salvó la vida de alguien del otro bando por amistad, cuando el deber ideológico dictaba muerte. La amistad salva vidas, dejémoslo ahí: no es poco.

Seguramente en España las personas con opiniones más templadas sobre asuntos que nos dividen tienen esa cualidad híbrida. Abuelos de ambos bandos en la guerra, padres que les hablan en una y otra lengua. The Economist citaba también al dramaturgo George Bernard Shaw: la mejor manera de alcanzar la justicia social que en toda la comunidad cualquiera se pueda casar con cualquiera. Vale para la clase, pero también para la raza o la religión. En términos españoles, diríamos que la única plurinacionalidad que sirve para unir es la que entra en casa.

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