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Opiniones libres de algoritmos

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Un puesto digno en la retaguardia

En uno de los finales más bellos del cine y la literatura, el protagonista de Dublineses se asoma a una ventana, mira la nieve caer en la noche y reflexiona. Su mujer, con la que lleva décadas conviviendo, le acaba de confesar entre llantos que una melodía le ha recordado hasta conmoverla un amor de juventud que murió porque no sabía estar sin ella. “Qué pequeño papel he representado en tu vida”, nos dice la voz en off del marido al comienzo del monólogo. Asume, en un instante de lucidez amarga, la dimensión secundaria de su existencia para ella.

Esta foto anuncia una aplicación que predice ataques epilépticos. Hace unos días, otro empresario tecnológico afirmaba que “no habrá discapacitados en 2025”. Asomarse cada mañana a las noticias científicas tiene algo de abismal. La desconexión entre lo que nuestros conocimientos analógicos nos permiten entender y la sofisticación técnica de los avances científicos es insalvable, de modo que el progreso tiene un poso inevitable de teología. Fe, miedo, duda y, sobre todo, esperanza.

Pero una esperanza que no nos necesita para hacerse realidad. No es un desembarco en Normandía de aluvión humano que requiere multitudes para triunfar. Hoy más que nunca una vanguardia minoritaria y discreta se las compone sola, investiga para solucionar los problemas sustantivos y las dudas de la existencia: evitar muertes tempranas y sufrimientos, facilitar la vida, encontrarla en otros planetas. Parafraseando a Churchill, uno de los ‘padres’ del citado desembarco: “Nunca tantos le debieron tanto a tan pocos”.

No somos ya vanguardia. La cultura tiene un puesto clave aún en la retaguardia. Asumamos nuestra dimensión sin continuar creyéndonos –ridículamente– “peligrosos para el poder”. Ya no somos el alma de nuestra época. Cedamos democráticamente el bastón de mando, y hagamos agradable el retorno por permiso a nuestros soldados científicos. Les gusta leernos, les entretenemos, disfrutan con nuestras películas y novelas. Recargamos sus pilas. Curamos sus heridas. Somos sus enfermeras, sus cabarets, sus pandillas del barrio. Justificamos su sacrificio, pero no nos sacrificamos. Somos la retaguardia sin la que no hay vanguardia. Nada más. Y nada menos.

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