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Un recuerdo para Carmen Jodra Davó

Era todo lo lánguida, "dickinsoniana" y esquiva que se quiera, pero era facilísimo hacerla reír y, cuando lo hacía, lo hacía con todo el cuerpo, a largas carcajadas, plenamente feliz. Ausente, sí, pero absolutamente amable. Huidiza, desde luego, pero cariñosa. Jamás le vimos un mal gesto, jamás le oímos una palabra en contra de nadie. La poeta madrileña Carmen Jodra Davó, que falleció anoche, no era una persona seria; era, probablemente, una persona algo triste o, mejor, entristecida, melancólica, pero también se la veía a menudo muy contenta, satisfecha con su solitaria forma de pasarlo bien, y tendía a lo risueño cuando, eso sí, se veía forzada a participar del grupo. Si no estaba obligada a reunirse, prefería claramente estar sola, pero era, de hecho, muy graciosa sin buscarlo, muy divertida sin ser bromista, y era también de esas raras y valiosas personas que aportan compañía sin arrebatar soledad, sin invadir, sin atropellar, reclamando en silencio el mismo trato, el mismo respeto por su enigmático espacio y su insondable mundo interior. Lo suyo era, al fin y al cabo, una manera muy personal de entender y de ejercer la propia libertad, ¿o no hace falta ser muy valiente para pasearse por la Residencia de Estudiantes con libros de El barco de vapor?

Su muerte me ha sorprendido lejos de casa, sin sus dos libros a mano, pero los recuerdo bien porque son de hecho memorables, tan distintos y, de nuevo, tan libres en comparación con lo que se estaba haciendo en su momento. Ella vino a cambiar las sábanas de la joven poesía española, y lo hizo, curiosamente, aplicándole de nuevo los ropajes más clásicos, reivindicando el latín (era licenciada en Filología Clásica), entregándose al soneto, preñando de mitologías sus versos. Las moras agraces, Premio Hiperión de 1999, conoció un éxito insólito, siendo el debut de una chica de diecinueve años, y vendió miles de libros en un medio y un tiempo poco favorables. Uno tiene la sospecha de que muchos poetas recurren a la métrica perfecta un poco como coartada, para disimular con la forma que en realidad no hay mucho fondo, para ocultar bajo endecasílabos muy correctitos que hay muchas ganas de hablar pero que lo cierto es que no se tienen demasiadas cosas que decir. Lo de Carmen era completamente distinto: gran lectora, buena conocedora de los clásicos (y me refiero a los clásicos-clásicos, no a Gil de Biedma...), acompasó la métrica latina tradicional a temas de siempre pero muy renovados, actualizados, a su modo rebeldes y hasta con su punto burlón, gamberro, con más iconoclastia que ironía, y con esa misma libertad de interpretación que también aplicaba a su llamativa y elegante indumentaria, de sabor victoriano, que tanto la caracterizaba.

Después, en 2004, llegó su segundo y último libro, Rincones sucios, que ella me regaló (he olvidado decir arriba que era realmente generosa) en cuanto llegué a la Residencia, en septiembre de 2005, y comprobó, sinceramente sorprendida, que un chico anónimo recién llegado de Zaragoza conocía y disfrutaba su poesía. Siempre fue humilde, y además (son dos cosas distintas) nunca buscó figurar. En los años de su éxito tendía a declinar apariciones públicas, recitales, todo eso que se conoce como "bolos" y que, coherentemente, tiene feo hasta el nombre. Como dice un verso de su muy admirado Juan Antonio González Iglesias, "a donde me invitaban no acudí". Pero no lo hacía por distinguirse, ni desde luego por antipatía, ni siquiera por rechazo o inseguridad. Era, simplemente, que no le apetecía mucho, un poco a lo Bartleby. También había en Carmen algo de eso: una vez, en un desayuno, le enumeré un tanto agobiado todo lo que tenía que hacer aquella mañana y me recomendó, creo que en serio, que me volviera a la cama. Usaba la inolvidable expresión "yuju total" cuando algo le salía bien, y también cuando se alegraba de corazón por las alegrías ajenas. Era la persona menos envidiosa del mundo, y, en cierto sentido, la menos ambiciosa, siendo tan brillante, tan talentosa, tan radicalmente diferente.

Entre nosotros se estableció ese extraño afecto que suele nacer entre personas "oficialmente" raras, y, en coherencia con nuestra forma de ser, jamás nos dimos mutuamente el teléfono, y nunca nos buscamos tras su salida de la Residencia en el verano de 2006. Pero en las cuatro o cinco veces que la he visto en estos últimos años siempre se interesó de corazón por mis cosas, por Clara, por los amigos comunes, demostrando hacia los demás ese modo tan singular, que comparto, de entender la amistad, no como una necesidad de contacto constante, atosigante y en numerosas ocasiones superficial o directamente falso, sino como una base verdadera, un cariño que puede estar años en completo silencio y que se renueva plenamente en el primer segundo del reencuentro.

Uno comprende más o menos bien que todos nos tenemos que ir muriendo, y por otra parte es evidente que no merece la pena discutir con el cáncer, pero a la vez dan ganas de hacer una reclamación en la ventanilla de los dioses, esos dioses que ella tanto veneraba, para protestar vehementemente por que tenga que morir con treinta y nueve años una mujer tan luminosa como Carmen. Seguro que ella sabría muchos de esos epitafios latinos o griegos que se lanzan en estas ocasiones luctuosas, pero yo, menos solemne, prefiero mandarle a donde esté, con naturalidad, un beso eterno. Ya no habrá más encuentros casuales por el Retiro o por Usera, pero esa base real permanece. Y es curioso, querida amiga Carmen: no nos veíamos jamás, y sin embargo te vamos a echar muchísimo de menos.

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