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¿Una autodestrucción de Trump?

Foto: Pablo Martinez Monsivais | AP

Hay un momento, en la carrera de un político falsario y corrupto, en que la máscara digna se le cae y queda a la luz de la opinión pública -es decir, de los votantes, cuando ese político vive en un régimen democrático-, generalmente por la acción de los tribunales, del poder legislativo o de la prensa. O de todos ellos. En el caso de Donald Trump, su resistencia ante cualquier revelación, cualquier ataque, cualquier prueba de comportamiento delictivo ha sido notable a lo largo de año y medio de la presidencia más chocante de la historia de Estados Unidos.

Estamos en la era de los amores y los odios políticos por encima de la información y de los datos, de la comunión con los nuestros más allá de la razón, y los partidarios de Trump -cerca de la mitad de los ciudadanos de Estados Unidos, según los datos electorales de hace dos años- se han mostrado inmunes a todo. Es su héroe blanco frente a una sociedad mestiza que aborrecen, frente a una globalización que creen que les cuesta empleos y bienestar, y eso vale más que cualquier sospecha de abuso del cargo, de enriquecimiento ilícito o de colusión con potencias extranjeras.

Al cabo del tiempo uno acaba sospechando que a Trump solamente podrá destruirlo Trump. La pasada semana hemos tenido la ocasión de verlo en modo claramente autodestructivo, hasta el punto de que se acaba prestando alguna atención a quienes dicen que está perdiendo la cabeza. Empezó desmintiéndose a sí mismo, pese a estar grabadas sus declaraciones: negó haber dicho a un periódico que la gestión del Brexit por Theresa May está siendo tan catastrófica que se puede descartar todo acuerdo comercial futuro Estados Unidos-Gran Bretaña. “Fake news”, proclamó… pero todo era cierto. Su desahogo mintiendo quedaba más patente que nunca.

Pero eso sólo era el aperitivo. Vino esa cumbre con Vladimir Putin en Helsinki, en la que quedó retratado como poco más que un lacayo del autócrata ruso, y acabó diciendo que le creía a él, y no a los servicios de contraespionaje estadounidenses, sobre la participación rusa en el ‘hackeo’ de las elecciones de 2016 en Estados Unidos.

La reacción en el mundo y -lo que quizá es más importante- en la América más profunda, conservadora y proclive a Trump fue de asombro y escarnio. Tanto es así que el propio presidente se vio obligado a desmentirse de nuevo a sí mismo, en una patética comparecencia en la que leyó un papel afirmando que se había equivocado al expresarse en Helsinki: al decir “no sé por qué Rusia habría interferido” en las elecciones, en realidad quería decir “no sé por qué Rusia no habría interferido”. “Doble negación”, agregaba Trump, el lingüista.

No es descartable que sobreviva al infame episodio. Después de todo, ha sobrevivido a todos los demás, desde el empleo del cargo para hacer negocios privados hasta lo de “coger por el coño” a las mujeres. Pero, para la opinión norteamericana, incluida la muy adicta, Rusia y Putin siguen representando el peligro del enemigo declarado desde tiempos en que aquello se llamaba Unión Soviética. Y todo el periplo de Trump por Bruselas, Londres y Helsinki ha sido una negación del papel de Estados Unidos como potencia mundial desde hace tres cuartos de siglo. Sus conciudadanos, sean amigos o enemigos, se han quedado impactados.

Quizá haya empezado, pues, la cuenta atrás. O no. La prueba del algodón, salvo acontecimientos que precipiten el proceso, como la investigación de Robert Mueller, podría llegar en noviembre con las elecciones legislativas a medio mandato.

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