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¡Viva el Brexit manque pierda!

En un sondeo realizado por YouGov la mayoría de los afiliados al Partido Conservador británico consideran que hay que seguir con el Brexit

Foto: Rui Vieira | AP

El nacionalismo es la retórica de los narcisistas para alcanzar y mantener el poder. Al nacionalista el futuro de la nación le importa lo mismo que al populista el de “la gente”, a saber, un bledo, un comino o un pimiento. En un sondeo realizado por YouGov la mayoría de los afiliados al Partido Conservador británico consideran que hay que seguir con el Brexit, aunque este suponga un daño significativo para la economía o el mismísimo fin del Reino Unido con la separación de Escocia o Irlanda del Norte. ¡Viva el Brexit manque pierda! Solo frenarían la salida de la Unión Europea si esta llevara al laborista Jeremy Corbyn al 10 de Downing Street. Un enemigo, externo o interno, siempre consolida el sentimiento de pertenencia. Lo dicho, el poder por encima de cualquier otra consideración. En todo caso, no es baladí recordar el origen del embrollo, porque nos muestra que la historia se forja con el carácter y las decisiones de algunos individuos, no con la fuerza de ningún destino escrito de antemano. Todo podría haber sido de otra manera.

En sus dos gobiernos David Cameron promovió tres referéndums cuyas preguntas poco tenían que ver con el objetivo real de su convocatoria. El primero, sobre la reforma del sistema electoral, pretendía garantizarse el apoyo de sus socios liberal-demócratas a las políticas de ajustes que necesitaba la entonces maltrecha economía. Era 2011, plena crisis, y Cameron ganó aquella apuesta: se aprobaron las reformas económicas y el sistema electoral no se modificó. Tres años después se celebraría el referéndum sobre la independencia de Escocia. Cameron pensó que con una pregunta a todo o nada se evitaría tener que negociar una mayor delegación de poder hacia Edimburgo. No salió tan bien. El primer ministro acabó prometiendo una mayor descentralización durante la campaña y ahora los nacionalistas escoceses exigen otro referéndum. Neverendum. Y finalmente, en 2017, el del Brexit. Con él, el líder tory creyó que podría aplacar las disensiones de los euroescépticos de su partido. Y acabó demostrando que la democracia representativa era un estadio civilizatorio superior al de la democracia directa.

Trasladando a la sociedad lo que eran problemas de partido, Cameron despreció la sabiduría acumulada y quebró la tradición parlamentaria británica. Impropio de un buen conservador. Westminster se resintió jugando a la ruleta rusa -nunca mejor dicho- hasta que la bala salió del tambor del revólver. Se cometió un delito de alta frivolidad. Sin embargo, la situación británica no es nada excepcional ni en el espacio ni en el tiempo, por muy irracional que parezca. El conflicto es consustancial a unas sociedades cada vez más complejas. La cuestión es embridarlo provechosamente para que sea un aliado del progreso y la libertad. Esa es la gran razón de la democracia representativa. Sin embargo, la historia está plagada de casos en los que el oportunismo político ha despejado el camino a un sentimentalismo que arrasa con todo. Algunos solo tenemos que mirar por la ventana para ver lo mismo.

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