Juan Claudio de Ramón

Volver a la palestra

"Hay momentos, cuerpo a cuerpo con la elíptica, en que a uno le parece una torpísima idea haber entrado en el gimnasio"

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Volver a la palestra
Foto: Víctor Freitas
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Periódicamente, en algo que se asemeja a ciclos trianuales, tomo la decisión de apuntarme a esos gabinetes de tortura voluntaria que el resto del mundo llama gimnasios. Donde vivo, en realidad, conservan su nombre antiguo, así que podríamos decir que cada cierto tiempo me tomo al pie de la letra lo de volver a la palestra. Negocio particularmente ruinoso, porque lo hago sólo cuando la situación de emergencia no permite otra salida que contratar a uno de esos caros capataces (i.e. personal trainers) que por allí pululan. A los que creemos que nuestra alma se encontró con nuestro cuerpo por casualidad y allá se las componga –como quien vive en un piso que alquiló sin haberlo visitado antes– la cosa de los gimnasios no nos hace ni pizca de gracia. Siempre se lo digo a mis fornidos tutores físicos, que se ven en la obligación de darme amena charleta mientras yo doy mi faz más huraña: no, no estoy bien, no me gusta estar aquí, mi día iba bien hasta este momento, así que por favor hagamos las malditas sentadillas y terminemos pronto.

He comprobado que, desde mi última incursión en estos presidios del atletismo forzado, los instrumentos de automartirio han seguido siendo objeto de innovación y refinamiento. Technogym es el nombre de la vil corporación que hace dinero a costa de nuestros pecados contra la forma física. Resulta que resido en la ciudad donde hace ya veinte siglos Juvenal acuñó aquella famosa máxima sobre la correspondencia entre la salud de la mente y del cuerpo. Pero si uno lee bien el verso en cuestión, mens sana in corpore sano resulta ser algo por lo que había que rezar, no por lo que hubiese que pagar cuota de entrada. En todo caso, es del todo cierto, y conforme doblamos los treinta, los librescos aprendemos a no burlarnos del fitness.

El vocabulario de todo esto, bien lo sabe cualquiera, también se ha anglosajonizado. Coresquatsmountain climberssit-ups, etc. Mis ratos en el gimnasio terminan por ser jornadas pentecostalianas en que el nombre de los ejercicios se dice en inglés, las arengas son en italiano (su con il baccino! dai! dai! non mollare!) y las palabrotas que me salen en lengua materna, para gran regocijo del personal, que descubre que algunos términos de uso frecuente en la iglesia tienen acepción de denuesto en español. En realidad, no lo paso tan mal: de vez en cuando me dejan beber agua, y también tomar resuello, aunque no mucho. Otros clientes se solidarizan conmigo y secundan mis peticiones de clemencia. Hay momentos, cuerpo a cuerpo con la elíptica, en que a uno le parece una torpísima idea haber entrado en el gimnasio. De ahí que siempre sorprenda el milagro que adviene tras la ducha: la pasión por vivir renace y se nota una cierta felicidad por el hecho de respirar. El mundo está, parafraseando a Guillén, como mejor hecho. Entramos a remolque y salimos levitando. La experiencia es epifánica: somos rentistas de un cuerpo que, a partir de ahora, nos decimos, cuidaremos. Y aunque no sea cierto, o no necesariamente, uno se siente mejor, como si hubiera pagado una deuda.

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