David Mejía

Volver al pacto del abrazo

Las elecciones nos abocan a un escenario muy polarizado

Opinión

Volver al pacto del abrazo
Foto: Museo Reina Sofia
David Mejía

David Mejía

Licenciado en Filosofía y Teoría de la Literatura. Ahora en Columbia University. Hace radio en WCKR FM 89.9 FM, New York.

Todo indica que la campaña hacia las elecciones del 28 de abril agravará la corriente de polarización que estamos presenciando. En base a los sondeos publicados hasta la fecha, la derecha no podrá gobernar sin el apoyo de Vox, ni la izquierda sin el apoyo de Podemos y los partidos nacionalistas. Ambas alternativas serían tóxicas para España y sólo empeorarían la fractura social que comienza a vislumbrarse. Aunque la Historia nos ha enseñado que demonizar al adversario puede acercar la victoria, pero nunca la paz social, estos dos bloques siguen cavando trincheras y fortificando posiciones. Por eso urge articular una alternativa que neutralice lo peor de ambas amenazas y establezca una base cívica para escampar la tormenta. Y esa alternativa solo parece posible con una alianza entre PSOE y Ciudadanos.

Para que una investidura pactada entre estos dos partidos prosperara, sería necesaria la abstención de Podemos o del Partido Popular. Y en vista del temperamento de los Pablos, esto parece improbable. A Iglesias nos hemos acostumbrado, pero la violencia verbal de Casado ha convulsionado la política mucho más de lo que recogen la mayoría de los medios. El Presidente del Partido Popular no ha dudado en recurrir al insulto, la exageración y la mentira para desacreditar al Presidente del Gobierno. Tras catorce años del templado Mariano Rajoy, cuesta asumir el abrupto cambio de ritmo cardiaco de la derecha que han supuesto la llegada de Casado y el ascenso de Vox. Y es que la dureza del discurso de Casado responde a esos dos motivos: subsanar la templanza que se achacaba a Rajoy y evitar la fuga de votos a Vox.

El expresidente del Gobierno fue una suerte de encomendero en la Moncloa, más centrado en la gestión que en las guerras culturales del conservadurismo. Nunca parecieron preocuparle en exceso ni el aborto, ni el matrimonio homosexual, ni la doctrina social de la Iglesia.

En consecuencia, Casado, como hiciera con su licenciatura, ha pretendido remediar en seis meses lo que no se había hecho en siete años. Se ha esmerado en recuperar el músculo ideológico que Rajoy dejó flácido, pero además de rescatar un discurso conservador, en ocasiones reaccionario, Casado está forzando los mimbres de la decencia política, haciendo una oposición histérica y errática, imprecisa y contraproducente. Pedro Sánchez ha cometido muchos errores, e incurrido en no pocos ridículos, pero por eso es necesaria un oposición sensata y realista. Casado reproduce viejos vicios de la política española: caricaturizar al adversario y pretender derribarlo con simplezas. Tanto como urge que el PSOE sea contundente con el nacionalismo, urge que Pablo Casado afine el verbo y demuestre que está dispuesto a sacrificarse por la estabilidad de España.

Las elecciones nos abocan a un escenario muy polarizado, con insultos cruzados, y con la podredumbre intelectual que supone tener más interés en retratar al adversario –sea con los nacionalistas de Vox o con los del PDCat- que de refutar sus argumentos. Pero sigue resultando increíble que los partidos que comparten algo tan sencillo y fundamental como el respeto a la Constitución dinamiten, mediante discursos incendiarios y pueriles descalificaciones, los puentes que los unen y de los que depende la estabilidad institucional de Estado. Si no quieren que la gobernabilidad de España dependa de nacionalistas y extremistas, los constitucionalistas tendrán que sentarse a hablar. Unos tendrán ocasión de demostrar que les importa España tanto como dicen, y otros de que tienen esa capacidad de diálogo de la que tanto presumen.

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