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Y entretanto, Sevilla...

Y Sevilla. Dicen que en Sevilla hay que morir, que Dios descansó a las orillas del Padre Betis, que si te atropella un coche en Sevilla probablemente la culpa, la culpita, sea del chófer de un ‘diresto generá’ que dicen por ahí abajo de los gerifaltes de la Junta. En abril, Atocha es ya la previa de la caseta y el recuerdo de ese tiempo risueño del felipismo que te ponía un pabellón en la Expo 92 y te tapaba la “cal viva”: magia pura. Pero en Sevilla hay que morir, que Sevilla es Castilla frutalmente propagada. La ciudad de Juan Joya “Risitas” y de Machado. La ciudad de Jaime Moreno y de Murillo, la barroca y la de los chabolos. La de la Macarena y la Triana  (topicazo que queda bien). La Sevilla dual que sesea o cecea según el barrio o los barros del Aljarafe. La de Joselito y Belmonte. La ciudad donde Javier Arenas nunca fue victorioso y donde todo tiene calor de ‘servesita’ y sueño perdido. En Sevilla hay que morir, si es posible en Feria y convidado por un capillita al que probablemente no vuelvas a ver. A Sevilla iba yo convocado por Griñán antes de que saliera su quilombo, y allí había compadreo entre los ERES y los plumillas, que la Justicia es lenta y la Feria corta. Y el gobierno autonómico del mismo color siempre, vestido de faralae en una imagen que nunca olvidaré.

A la gloria, sevillanos, a la gloria, que cantó Carlos Herrera a una ciudad donde la pena lleva farolillos.  Veo la foto que ilustra este texto y veo a Silvia, mi primer amor sevillano bajo los arcos de la Plaza del Salvador. Y veo la Feria, tras Cristo Resucitado y una trianera, muy suya, a la que llaman Susana y rumorean que sabe las cuatro reglas. En Sevilla hay que morir, y lo dice un madrileño que veranea en Málaga y llora cera en Sevilla.

Un madrileño, yo, que quiere el “Romero Murube” o se la corta -la coleta- y la tira al Río. Ese río donde Morante sueña versos hechos marisma y oro.

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