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Diego Pérez Ordóñez

Marcel Proust, que estás en el cielo

«Proust fue devorado por lo descomunal de su propia obra. Por su ambición de componer una saga absoluta, un mosaico sobre la naturaleza humana»

Zibaldone
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Marcel Proust, que estás en el cielo

Marcel Proust | Otto Wegener

Se podría decir que Marcel Proust murió de agotamiento literario. Luego de una vida consagrada con perseverancia a edificar su particular y microscópica visión del crepúsculo de la civilización elegante, una neumonía le ganó la mano el 18 de noviembre de 1922. También se podría argumentar que Proust fue devorado por lo descomunal de  su propia obra. Por su ambición de componer una saga absoluta, un mosaico sobre la naturaleza humana.   

No hay mejor fuente sobre las últimas horas de Proust que la crónica de Céleste Albaret, ama de llaves, enfermera y confidente del escritor durante su última década: «Se había apagado tan dignamente, sin un estremecimiento, sin un suspiro, sin que ni siquiera la luz del alma y de la vida pareciera abandonar sus ojos, que nos habían mirado hasta el final. Sus últimas palabras fueron los dos diálogos con su hermano. En ningún momento dijo ‘Mamá’, como se ha contado (sin duda por el placer de la literatura)».

Monsieur Proust, el libro que recoge las evocaciones de Albaret, al servicio del prosista, es un testimonio cariñoso e íntimo de las tribulaciones que rodearon la concepción y la escritura de En busca del tiempo perdido. Están registradas, pues, las aversiones de Proust a los factores de la vida diaria, como su fobia al ruido, la necesidad de vaporizaciones y otras ayudas respiratorias, su manía de corregir repetidamente folios y galeradas; al mismo tiempo Monsieur Proust constituye la humanización del mito proustiano, el retrato entrañable de un artista hipersensible, obsesionado con el detalle, y cronista de las pasiones humanas.

Más allá del anecdotario y de la leyenda, la lectura de En busca del tiempo perdido es una empresa en sí misma. Su importancia supera a la de un libro clásico. Se trata más bien de un obra que deja, con cada nueva visita, posos y limos imperceptibles en las primeras lecturas.  Estamos frente a un intento por condensar casi todo lo humano en siete voluminosos tomos: en el fondo, En busca del tiempo perdido constituye un tratado moral acerca de la imposibilidad del amor, del poder devastador de los celos, sobre las ambigüedades de la sexualidad y de los placeres estéticos de la vida diaria, concebida ésta como una obra de arte.

Sus más de tres mil páginas, a un tiempo líricas y exigentes, siguen hoy trufadas de hondas reflexiones y metáforas, desarrolladas en juiciosas y kilométricas frases que parecen desenredarse de a poco, a modo de serpentinas. Aún en sus traducciones al español En busca del tiempo perdido – la traducción más poética, aunque parcial, es la de Pedro Salinas- hace gala de una cadencia infinita, que lleva a pensar en pleamares y crecientes. Cadencia que deposita sedimentos en las orillas, de ida y vuelta. Acá un breve ejemplo: «Pero ni siquiera desde el punto de vista de las cosas más insignificantes de la vida somos los hombres un todo materialmente constituido, idéntico para todos, y del que cualquiera puede enterarse como de un pliego de condiciones o de un testamento; no, nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás».

A esta catedral de Proust, creo, podría calzarle la sentencia de Juan Benet sobre su reverenciado William Faulkner.  Menciona que el estadounidense «ha creado el mundo, lo mira, lo describe, lo abre y lo deja como una mesa ante nuestros asombrados ojos, como una prueba definitiva que él ya conociera. Al escribir, Faulkner se coloca en una existencia fuera del tiempo y del mundo, mirando hacia él con su ojo intemporal». La analogía aplica perfectamente porque, de idéntica forma, el anhelo principal de Proust fue erigir una novela perpetua y absoluta, en la que cupiera toda la esencia humana. Una novela sin fin, respecto de los entresijos y las resquebrajaduras de la memoria; sobre los recuerdos involuntarios, la caducidad de la infancia y la imposibilidad de controlar los efectos del tiempo. Igual, la creación de un mundo asombroso.

En este mismo sentido, En busca del tiempo perdido constituye un profundo soliloquio respecto del particular concepto proustiano de la estética, relativo al papel de luces y sombras en la pintura, del sentido de la vida sin música, de los salones cortesanos y mundanos como el último eslabón de una civilización en las fases finales de su inevitable declive. Por eso En Busca del Tiempo Perdido es también un estudio sobre el fin de un mundo. Y por eso, también, Marcel Proust es uno de los últimos eslabones de esa cadena que incluye a Chateaubriand, La Bruyère y Montaigne, y que extiende sus raíces a los clásicos grecolatinos.

Pocos han comprendido la dimensión de la obra de Marcel Proust como Walter Benjamin (Para una imagen de Proust). Benjamin planteó El tiempo perdido como un complejo universo en el que tienen cabida el místico, el erudito, el esteta, el esnob, el dandi y, en particular, el cuidadoso artista de la prosa. Múltiples, variopintos, prousts. Quizá como ningún otro comentarista o glosador, el alemán ha puesto bajo sus quevedos la prenombrada marea particular de la escritura de Proust: «Frases sin ribera (Nilo del lenguaje que penetra, para fructificarlas en las anchuras de la verdad.)» El narrador proustiano no es un cronista, apunta Benjamin, porque su objetivo no es recrear vidas, sino rememorarlas.

Entusiasmado, Benjamin elevó la construcción proustiana a cúspides de epopeya: «Por segunda vez se alzó un andamiaje como el de Miguel Ángel desde que el artista, con la cabeza echada hacia atrás, pintaba su creación en el techo de la Sixtina. Esta vez era el lecho de enfermo desde el que Marcel Proust cubría en al aire con su escritura hojas y más hojas dedicadas a la creación de su microcosmos».

Hace cien años Marcel Proust también logró fascinar a la exigente Virginia Woolf.  Más allá de cierta contemporaneidad, de la erudición decimonónica o del motor de la introspección, parecen ser pocos los vasos comunicantes entre estas dos figuras. Hay que poner sobre la mesa la carta que Woolf le envió a Robert Fry en 1922, pocas semanas antes de la muerte del francés:

«Mi aventura es realmente Proust. Bien, ¿qué se puede decir después de eso? Recién voy por el primer volumen y hay, supongo, faltas por encontrar, pero estoy en un estado de asombro; como si un milagro estuviese sucediendo frente a mis ojos. ¿Cómo, al fin, alguien ha solidificado lo que siempre se escapaba, y lo transformó también en esta hermosa y durable sustancia? A veces hay que bajar el libro y jadear. El placer se vuelve físico, como sol, vino y uvas, y perfecta serenidad e intensa vitalidad combinadas».

Virginia Woolf continuó su disección de Proust unos años después de la muerte de su colega francés. Esta es la entrada de su diario, de 8 de abril de 1925:

«Lo importante es Proust es la combinación de la máxima sensibilidad con la máxima tenacidad. Persigue esos matices de mariposa hasta la última tonalidad. Es tan duro como las cuerdas de la tripa y tan evanescente como un capullo de mariposa. Y supongo que me influirá y a la vez hará que cada frase mía me ponga de mal humor».

La máxima sensibilidad con la máxima tenacidad. Me parece que hay que añadir la obsesión vital de Proust de atrapar por medio de la literatura aquello que siempre se escapa; la capacidad única de Proust de reducir a escrito lo que de otro modo correría el riesgo de desvanecerse. La virtud de Proust de proyectar pinceladas, de dar fe de lo que normalmente sería imperceptible. La virtud de Proust de ser, en realidad, el último de los moralistas.

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