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El Parlamento de Cuba propone a Miguel Díaz-Canel como sustituto de Raúl Castro

El Parlamento de Cuba ha propuesto este martes al actual primer vicepresidente de la isla, Miguel Díaz-Canel, de 57 años, para ocupar la Presidencia de Cuba en sustitución de Raúl Castro, de 86 años, quien deja el cargo tras dos mandatos, informan varias agencias. Díaz-Canel encabeza la propuesta de la Comisión de Candidaturas Nacional (CCN) para la conformación del máximo órgano de gobierno del país, el Consejo de Estado, una candidatura que ahora será sometida a votación de la recién constituida Asamblea, aunque el resultado no se hará público hasta el jueves.

El Parlamento de Cuba propone a Miguel Díaz-Canel como sustituto de Raúl Castro

El Parlamento de Cuba ha propuesto este martes al actual primer vicepresidente de la isla, Miguel Díaz-Canel, de 57 años, para ocupar la Presidencia de Cuba en sustitución de Raúl Castro, de 86 años, quien deja el cargo tras dos mandatos, informan varias agencias. Díaz-Canel encabeza la propuesta de la Comisión de Candidaturas Nacional (CCN) para la conformación del máximo órgano de gobierno del país, el Consejo de Estado, una candidatura que ahora será sometida a votación de la recién constituida Asamblea, aunque el resultado no se hará público hasta el jueves. Su nombramiento pondrá fin a la era castrista, inaugurada en 1959.

Ha sido una diputada portavoz de la Comisión de Candidaturas quien ha leído el planteamiento. La propuesta para primer vicepresidente ha recaído en el diputado Salvador Valdés Mesa. La Asamblea votará este miércoles para elegir además a cinco vicepresidentes, un secretario y otros 23 miembros del Consejo de Estado. El resultado se conocería el jueves, según detallaron medios oficiales.

Criado en Santa Clara, al este de La Habana, este ingeniero electrónico de 57 años nació después de la Revolución y no porta los galones ni la fama de sus antecesores triunfadores de 1959. Quienes han tratado con él confían en su trabajo. «Para mí es un dirigente de pueblo, un dirigente de masas. Cuando él dirigió el partido aquí fue sensacional porque ni tenía hora [de salida] y estaba en todos los lugares», recuerda José González, un jubilado de Santa Clara, citado por AFP.

Miguel Díaz-Canel Bermúdez, profesor universitario a inicios de su carrera, fue miembro de la oficina nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas y primer secretario del gobernante Partido Comunista de Cuba (PCC) de la provincia de Villa Clara en 1994, golpeada, como el resto del país, por la crisis que generó el fin del subsidio soviético.

En 2003, mientras servía en la provincia de Holguín (en el noreste del país), hizo su entrada entre los 15 miembros del selecto Buró Político, centro del poder en la isla. En 2009, Raúl Castro, que había heredado hacía tres años el poder de su hermano enfermo Fidel, le confió el Ministerio de Educación Superior. En marzo de 2012 accedió a una de las ocho vicepresidencias del Consejo de Ministros. Entró al Consejo de Estado en 2013, directamente al puesto de primer vicepresidente, supliendo al histórico José Ramón Machado Ventura. Proyectó una imagen moderna, abogando por una mayor apertura a internet y una prensa más crítica.

El nuevo presidente tendrá que consolidar las conquistas de la Revolución y continuar la transición económica iniciada por Raúl, además de conducir la política de la isla frente a la agudización del bloqueo de Estados Unidos y el retorno de Washington a un lenguaje de confrontación. «No es un advenedizo ni un improvisado», ha dicho Raúl Castro para elogiar sus tres décadas de servicio y «sólida firmeza ideológica».

Se ha esmerado en evitar toda polémica, dar entrevistas y en hablar sólo en actividades públicas. Pero también sabe mostrarse inflexible. En un video filtrado en internet previene a los dirigentes del PCC que no debe darse espacios a los «contrarrevolucionarios». Padre de dos hijos de un primer matrimonio, Miguel Díaz-Canel se casó después con Liz Cuesta, una académica en cultura cubana. Como presidente, será jefe de los institutos armados y tendrá que lidiar con la vieja guardia de los «históricos», muchos de los cuales también ocupan altos cargos partidarios y gubernamentales.

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