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Un exasesor de Podemos revela en una novela las interioridades del partido

Agustín Baeza, ex jefe de gabinete del PSOE y de Podemos en la Asamblea de Madrid, publica ‘Alfil blanco, alfil negro’ inspirada en sus experiencias

Un exasesor de Podemos revela en una novela las interioridades del partido

Agustín Baeza (Alcalá de Henares, 1970) tiene una peculiaridad, algo casi único. Fue asesor del PSOE durante el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, ostentando importantes cargos ministeriales. Después, rompió el carnet del partido y se afilió a Podemos. Vio nacer el partido morado y fue jefe de gabinete en la Asamblea de Madrid. Testigo de la eclosión morada, presente en las reuniones de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, autor de discursos y observador de los anhelos más íntimos de sus diputados. 

Todo empezó en el 15-M, cuando salía del Ministerio de Educación para acercarse a la plaza. «Me quitaba el traje y la corbata», y acudía a la Puerta del Sol. «En la primera asamblea a la que acudí en Matadero, levanté dos veces la mano y salí de responsable de comunicación», recuerda Baeza. Permaneció vinculado al partido hasta 2017, hasta sufrir la purga pablista. Él, que ni siquiera era formalmente un errejonista. Acaba de publicar su primera novela, Alfil blanco, alfil negro (Libros.com), que describe con un toque distópico e irónico una segunda coalición rojo-morada, en la España de 2030 o 2040.

PREGUNTA. Han pasado 15 o 20 años. Y hay otra coalición de izquierdas. Pero los problemas son los mismos de hoy, aunque ya no está la Monarquía. Los protagonistas de tu historia (políticos, asesores y periodistas), son cínicos, despiadados, frívolos y a veces grotescos. ¿Cuánto hay de personal en esta historia?

RESPUESTA. Hay cosas que son reflejos de mi vivencia, pero no estoy contando una biografía. Si bien es cierto que después de tantos años existe un bagaje de personas que has conocido y cosas que has visto. Los personajes son todos pequeñitos Frankenstein, construidos con retales de gente que he tratado, aunque es interesante acudir a la ficción para explicar la realidad. En todo caso no es un ensayo ni un libro de memorias: es pura ficción.

P. El protagonista es un asesor político que trabaja para un ministerio digamos socialista (aunque el PSOE ya no se llama así, lo llamas partido socialdemócrata). Pero está cansado de su partido y también de la otra facción. Lo comparas con el alfil de la ajedrez. ¿Por qué no el peón, como diría Iván Redondo?

R. El alfil refleja mejor la figura del asesor. Es una persona fundamental en el ejercicio del poder público, pero es desconocida. Y todos los que han sido asesores, saben que su papel está muy restringido. Es lo mismo que le pasa a un alfil en el tablero, solo puede moverse en diagonal. Está muy constreñido por la realidad, pero tiene que dar el máximo aunque tenga poca capacidad de maniobra. 

P. Iván Redondo dice que el peón, el asesor, si llega al final de tablero se puede convertir en reina. Esto al alfil no le pasa. 

R. No, aunque la política funciona como funciona. De hecho, el actual presidente del gobierno ha sido antes asesor. Tú tienes que decidir lo que quieres, y hasta dónde estás dispuesto a llevar tu lealtad a quien te nombra. 

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P. El libro es una novela construida en dos partes, la primera se centra en describir las luchas internas que recuerdan a las del actual gobierno de Sánchez y Podemos, y en la segunda interviene la acción. Pero en el medio hay espacio para reflexiones sobre la política. Y tu conclusión general es que la política engancha. ¿En qué sentido?

R. Tiene componentes que la hacen muy adictiva. Es como fumar. Los estímulos bioquímicos son parecidos a los que provoca el tabaco, el alcohol y otras sustancias. Aunque luego viene la resaca. Es una metáfora interesante de cómo funciona el mundo de la política. La política es muy intensa, si estás 24 horas al día pensando en términos políticos, al final te genera una adicción. Por eso también se habla del síndrome de la Moncloa. He visto a concejales de pueblos pequeñitos volverse medio locos por repetir en la candidatura. 

P. Iglesias sí salió de ella. Tú que pudiste conocerle y compartir las primeras reuniones de Podemos, ¿qué lectura haces de su salida?

R. Le gusta más la parte de la agitación y la propaganda. Es lo que en el fondo está haciendo ahora. La parte de la gestión es más complicada. Es más fácil dar un mitin que arreglar un problema de una ciudad. 

«A Iglesias le gusta más la agitación y propaganda que la gestión»

P. En tu libro Podemos se pasa a llamar Partisanos Unidos por la Base. Dices que son partisanos de bolsillos, de sus bolsillos. ¿Se diferencian tus personajes ficticios de los de verdad?

R. En el fondo, no. Probablemente son las mismas personalidades. Una de las tesis de la novela es el desencanto. Desencanto si te crees un progresista o crees en la igualdad social y ves que los logros de la izquierda política no están a la altura de sus discursos. Ese desencanto generó el 15-M hace una década, pero me temo que este movimiento y lo que ha venido después han generado un desencanto aún mayor que va a durar mucho más. 

P. Es una crítica velada también a la relación entre política y dinero, o interés personal. 

R. Es una crítica velada. El problema es que la persona que tiene que trabajar normalmente no tiene tiempo para hacer militancia. La militancia es un lujo al alcance de pocas personas. Qué casualidad que las que la acaban haciendo son, en su mayoría, los hijos de la burguesía. ¿Marx qué era? ¿De qué vivía? ¿Vivía en Londres del dinero que recibía de su familia y de Engels que era un burgués alemán? 

P. Y Lenin.

R. Lenin igual, vivía fuera de Rusia de las remesas de su familia. He hecho un ejercicio de parodia, porque el humor te permite muchas veces ser más incisivo y explicar mejor la realidad. Cuando me meto en el mundo del 15-M y de Podemos me empiezo a encontrar a muchas personas, pero todos los que acaban liderando los procesos son hijos de la burguesía. Y cómo no tienen que pensar mucho en su futuro, se pueden permitir determinados lujos. Si a esto le metes al componente de la droga política y el dinero, como gasolina para poder estar en política, pues te encuentras con un cóctel explosivo, sobre todo para los intereses generales. 

«La política tiene componentes que la hacen muy adictivas. Y si a esto le metes el dinero, te encuentras con un cóctel explosivo»

P. La misión del protagonista de tu novela es impedir que se sepa un secreto del Gobierno. Un ministro de los herederos de Podemos y el presidente del Gobierno, de inspiración socialista, están en contra de la gestación subrogada. Pero, de repente, entre ellos explota el amor. Y ahora desean tener un hijo a través de esa vía. ¿Pensaste en el chalet de Galapagar?

R. No (se ríe). No tiene que ver, pero en la pregunta está la respuesta. Es algo contradictorio con lo que los personajes proclaman en público, aunque desde el punto de vista personal lo quieren hacer. Eso ocurre cuando el discurso va por un lado y la ética y la praxis por otro. Ahora se habla mucho del giro conservador en España y en Europa, pero la izquierda política no hace autocrítica sobre lo que lleva haciendo mucho tiempo. 

P. Da la sensación de que algunas cosas que cuentas han pasado, o podrían pasar ahora mismo. Hablas de la polarización como pan para hoy y hambre para mañana. ¿Es un mensaje para alguien?

R. Es un mensaje a la actual generación política. Yo siempre fui crítico con la generación de la Transición, pero ahora cuando los comparo con la generación actual todos aquellos me parecen estadistas. Tu imagínate si el Congreso de hoy tuviera que hacer frente a una situación como la de la Transición. Solo quedaría salir del país.

«El estado normal de la acción política es la chapuza. También en Podemos»

P. Estuviste en las primeras reuniones donde se construyó el fenómeno Podemos. ¿La polarización estaba presente en los debates como instrumento político?

R. Estaba. Ellos vienen del populismo, bebían de esas fuentes. Ese elemento en el que se utiliza el discurso para confrontar no sobre una política concreta sino sobre el modelo y el sistema. Tienen como referente a Perón o a los dirigentes de la nueva izquierda Latinoamérica. Esos parámetros no son los europeos. Según fui conociendo a sus referentes me iba sintiendo cada vez más fuera. Aun así, creo que hemos teorizado en exceso sobre que este constructo estuviera requepensado y diseñado. Y no es así.

P. ¿Y cómo fue?

R. El estado normal de la acción política es la chapuza. También en Podemos. Hay referencias en la novela a esto que digo. Cuando pensamos en grandes dirigentes históricos, pensamos en los triunfadores. Lo que tenían en común todos ellos es que le echaban morro a la vida. Un líder político es quién va con un grupo de gente y si tiene un barranco delante, dice: «Yo salto». Y de repente todos empiezan a saltar con él. A veces el líder salta y se cae, pero de esto no habla la historia. 

P. ¿Iglesias es de los que salta o no salta?

R. De los que salta. 

P. ¿Y Errejón? 

R. De los que dice, ve tú primero (risas). La personalidad de cada uno es diferente. Pablo era el líder, y Errejón el ideólogo. Yo siempre digo que esto era una mezcla de cosas, pero es verdad que el liderazgo es algo que no se aprende en la universidad. Se tiene o no se tiene. Quien mejor conoce a un líder político es quien lo ha tratado cuando éste tenía 20 años y era una persona anónima.

P. ¿Y Sánchez? 

R. También salta. De hecho, siempre ha saltado. Pero la metáfora del salto es que el líder es quien salta, aunque siempre nos encargamos de hablar de aquellos a los que les ha salido bien, como si fueran grandes dirigentes. Como políticos que lo tenían todo pensado, y no es verdad. En Podemos, por ejemplo, todo fue producto de ir haciendo camino al andar. No había un diseño más allá de un discurso. Recuerdo conversaciones del tipo: «No queremos hablar de lo de Cataluña porque el debate no nos interesa, preferimos desviar y hablar de la casta». Y yo decía: «Pero habrá que tener un diseño de modelo de Estado». Este era el mundo de Podemos en el principio: no diseñemos nada en lo concreto, mejor que tengamos un lenguaje performativo. La política es comunicación, pero no solo puede ser comunicación. Podemos fue, permíteme la analogía, como una startup que arrancó muy fuerte pero no supo seguir.

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P. Hablemos de chat y móviles. Este libro salió en enero, y en él se anticipa mucho del espionaje en los móviles de los ministros, el CNI y hasta hay hackers que entran en los chats de los partidos… ¿En tus años de asesor ese problema ya existía?

R. Al principio no tanto. Aunque con el 15M… Mucha gente se deja llevar. Para deseo de satisfacer a tu jefe puedes traspasar los límites. Eso está en la novela. Y creo que esto ha ocurrido. A todo el mundo le gustaría saber qué está pasando al otro lado de la habitación. 

P. Cuentas la historia de una fiesta en la que el protagonista pide a un hacker entrar en el chat de lo herederos de Podemos. Y lo logra. ¿Algo de verdad hay en esta historia?

R. Esto es pura ficción. No he conocido algo parecido, pero sé que hay gente que está dispuesta a hacerlo. 

P. Podemos fue el primer partido que usaba chats encriptados. ¿Había un protocolo para garantizar que nadie les espiaba?

R. Lo que había eran recomendaciones de carácter general: tener cuidado con ciertas conversaciones. El personaje de la novela siempre recalca que nunca hay que dejar por escrito determinadas cosas.

«En Podemos todo era muy informal. Todo era subjetivo y había una arbitrariedad permanente»

P. Por ejemplo en las actas de las reuniones. ¿Podemos las tenía?

R. Sí, a veces se hacían. Pero era todo muy informal. Daba la sensación de estar con un grupo de adolescentes en primavera, que querían jugar a ser mayores pero no acaban de concretar las cosas. Los protocolos eran laxos por naturaleza. Todo era muy subjetivo y había una arbitrariedad permanente sobre cómo se tomaban las decisiones. 

P. ¿Es verdad lo del chat del jaque pastor, que se descubrió y que desveló el complot errejonista para tener el control del partido?

R. Sí.

P. Ya que te has adelantado con lo del espionaje, ¿qué crees que pasará con Margarita Robles y el CNI?

R. Hay una especie de consenso, una sensación de indignación generalizada. Se acaba con una carrera profesional de una funcionaria pública [la directora del CNI, cesada esta semana] para intentar aplacar a tus socios políticos. Es difícil de entender que nadie en el gobierno o en el PSOE o dimita o al menos alce la voz, aunque sólo sea por tener la conciencia tranquila. Tengo la sensación de que el gobierno ha caído en barrena y cuando eso ocurre, es muy difícil detenerlo. 

P. En tu libro, por ejemplo, el pacto entre herederos de Podemos y del PSOE no aguanta. 

R. Sí, las contradicciones acaban siendo insalvables, pero es un pacto que vuelve a suceder en el futuro. Porque si es necesario para la conquista del poder, se vuelve a hacer. Pero en general creo que la gente ahora está decepcionada, porque lo que se llamó en su momento «la nueva política» no ha resuelto ninguno de los males que tenía el sistema político español. Incluso ha ido a peor, incorporando males nuevos que antes no había. 

«Es una novela que habla más de personas que de política. Hay tramas musicales, sobre religión y santeros, sobre cultura…»

P. ¿Crees en el relevo regenerador de Yolanda Díaz?

R. El proyecto de Yolanda Díaz no lo he visto especificado en ningún momento. No me puedo pronunciar sobre algo que no existe. 

P. ¿Volverías a la asesoría política, aunque sea para «matar el gusanillo», como se prepara a hacer tu protagonista? 

R. La novela describe a la política como la droga, así que este peligro lo tienen todos los que pasan por ella. Ese riesgo siempre está presente, pero honestamente no está en mis planes. Igual que creo que todos deberíamos pasar algún tiempo por la política, también hay que saber cuando es momento de irse y dar paso a otros. 

P. Los últimos capítulos del libro hablan de un viaje a Cuba para recuperar a un ministro de Igualdades que está desaparecido durante un viaje oficial para buscar su espiritualidad.

R. Quería usar la parodia, pero también dejar claro que los políticos también son personas. Con todo, es una novela que habla más de personas que de política. Hay tramas musicales, sobre religión y santeros, sobre cultura… Y luego hay una idea sobre las necesidades que tenemos las personas, sus miedos, frustraciones, doble vidas. El tema de la espiritualidad te puede hacer llevar a hacer cosas locas. 

P. ¿Como hacer caer un gobierno?

R. Con tal de salirse con la tuya, también eso. Hay dos formas de hacerlo: desde el egocentrismo y desde las buenas intenciones. Hay una frase conocida, que dice: los cementerios de la política están llenos de gente con buenas intenciones. 

P. El tiempo de la novela es a la vez irónico y grotesco, muy cinematográfico, casi una mezcla de Berlinga y Vota Juan, la serie de Javier Cámara. ¿La trama de tu libro se podría representar en una película o serie?

R. Yo encantado. 

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