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Apagón nuclear: el viaje a ninguna parte de España

El cierre de la central de Almaraz se opone a la voluntad de los principales países de la UE de volver a la energía atómica

Apagón nuclear: el viaje a ninguna parte de España

Ilustración de Alejandra Svriz.

Hace unos días comencé a ver una serie que versa sobre una sociedad que vive en un ignoto planeta asolado en su día por alguna catástrofe que forzó a sus habitantes a convivir por siempre en un silo de hormigón. La serie Silo cuenta de la obsesión de los dirigentes por mantener en secreto las causas de esa reclusión -en apariencia voluntaria- y por la que más de 10.000 personas viven protegidos de las maldades del exterior en ese infinito tubo repartidos en 144 niveles sin ascensor. Tal y como pasa en nuestras ciudades, los que viven en el inframundo son menospreciados «por los de arriba», a pesar de ejercer una función fundamental: mantener operativo el «generador»; una suerte de geotermia inagotable que chupa de las rocas de anclaje y que produce la energía necesaria para todo el silo. No sé el porqué, pero en cuanto tuve noticia de los planes de cierre de la central de Almaraz, Silo rondó enseguida mis pensamientos.

Sin energía no hay nada, solo oscuridad, y aquí parece que después de habernos quedado a la cola en la construcción de centrales nucleares pretendemos cerrarlas todas, fiando a las llamadas «renovables» la salvación luminosa de la humanidad. Ha bastado una guerra para poner en evidencia las claves de la energía mundial y casi llegamos al apagón colectivo hace poco más de un año cuando Rusia insinuó con cerrar el grifo. Menos mal que el mundo sigue gobernado por las cuentas corrientes y toda una flota de petroleros hacen cola en alguna coordenada secreta del Atlántico para traspasar a barcos fantasma la carga rusa que Europa necesita. 

«En casi 50 años sólo se conocen dos incidentes significativos en las 405 centrales en servicio en el mundo: Chernóbil y Fukushima»

De joven tuve la suerte de visitar la central de Lemóniz, recién abandonada tras la orgía de terror y chantaje que provocó su cierre. En aquel paseo, rodeado de hierros y andamios y bajo la cúpula de hormigón del primer reactor -casi terminado- el padre de un buen amigo, chatarrero, contaba los camiones de desecho industrial que salían de aquel monumento a la sinrazón. Eran los años ochenta, tiempos donde cualquier progresista ilustrado portaba la pegatina de «Nuclear No».  Ha pasado cerca de medio siglo, y desde entonces tan solo se conocen dos incidentes significativos en un total de 405 centrales en servicio en todo el mundo: Chernóbil y Fukushima. Quien haya visto las series y películas sobre estos accidentes sabrá perfectamente de sus causas. En el primer caso, notables errores de diseño de la propia planta y una nefasta gestión de la crisis a la «soviética»; en el caso de Fukushima, una mala ubicación y fallas de previsión en los mecanismos de energía alternativos ante el riesgo de inundación, tal y como sucedió tras la ola del tsunami que dejó a la central manga por hombro. Nótese que hablo de un tsunami como detonante del siniestro, que es tanto como decir que fue la propia naturaleza, en ocasiones incontrolable, la que causó al fin y al cabo la catástrofe, imprevisible, destructiva y fuera de nuestro control; como quizás la que forzó la reclusión en Silo.

Sin embargo, estos accidentes siguen justificando para muchos -bajo un aura de moderna progresía y pretendida ciencia- el razonamiento que defiende sin fisuras el axioma: «energía nuclear-peligro-accidente-cierre». Léase Alemania y léase Almaraz. Nos les ayuda la estadística, que informa de dos accidentes con consecuencias mortales en un período de cerca de 50 años en los que más de 400 centrales han producido energía a pleno rendimiento 24/7, muchas de ellas con doble reactor, a las que debemos sumar al menos 11 portaaviones y cerca de 40 submarinos nucleares norteamericanos, dos decenas de submarinos franceses y británicos, y no se sabe cuántos rusos y chinos, que navegan desde hace años sin repostar. 

Tampoco les ayuda el avance de enormes proporciones en la seguridad de sus diseños, ya de por sí elevada cuando se comenzaron a concebir, lo que en el fondo no es otra cosa que cierta dosis de desconfianza en nuestra capacidad para avanzar y controlar las fuerzas telúricas en beneficio de la humanidad. Despreciar esos avances es como cuestionar la conquista del espacio, de suerte que ante tanto énfasis y voluntad política en reducir las emisiones de carbono, adquirir independencia energética y pretender eficiencias, la única solución que se nos ofrece es la de llenar nuestros campos de molinos y placas para beneficio de unos pocos sin advertir que existe una fuente de energía que lleva décadas alimentando industrias y hogares bajo un razonable nivel de riesgo, que es aquel consustancial al vano, pero necesario intento de dominar la naturaleza.

«En la actualidad, las cinco centrales en servicio producen cerca del 20% de la energía que consumimos»

Por el contrario, otros, han optado por el camino opuesto. Hace años, de visita en Shanghái, pude observar desde una azotea del «Bund» como cientos de barcazas, una detrás de otra, subían rio arriba cargadas de carbón. El vaporcillo negro de esa ingente masa sucia convivía con decenas de peces muertos flotando en el río Huangpu. China está hoy inmersa en un enorme programa de energía nuclear y planea construir cerca de cien nuevos reactores en un plazo de diez años. Su técnica para diseñarlos seguros y eficientes es mucho más reciente que la nuestra, sin embargo, aquí no planeamos ninguno, cerramos los que tenemos. Almaraz será la siguiente tras el cierre de las de José Cabrera, Zorita y Garoña, nunca reemplazadas. En la actualidad, las cinco centrales en servicio producen cerca del 20% de la energía que consumimos y Almaraz, con su doble reactor, explica el 28% de nuestra potencia nuclear instalada. ¿Cuántos aerogeneradores serán necesarios para compensar los efectos de su cierre?

Lo sustantivo aquí es apreciar que el cierre de esa capacidad se hace a espaldas de cualquier plan director de su reemplazo o incremento, muy al contrario de los países que nos rodean, en donde como en el caso del Reino Unido las nuevas construcciones se aceleran, o Italia, en donde al menos se debate sobre la reconducción de la política antinuclear. Francia es un caso aparte, es el país de Europa con mayor número de centrales (56) y el carácter estratégico de su industria, impulsada desde los años cincuenta, explica su singularidad, Francia exporta tecnología nuclear y eso marca la diferencia. En suma, los principales actores de la Unión reevalúan su política energética del futuro y reconsideran su postura nuclear, cegada durante décadas por la fascinación renovable y el reproche al átomo. 

Cuando paso cerca del embalse de Arrocampo, camino de Cáceres, siempre fijo la mirada en las cúpulas de esa central que se cierra, Almaraz, y reconozco que esas toneladas de hormigón mimetizan poco con el paisaje. Es un monumento ciclópeo al desarrollo del hombre, como lo fue el Apolo XII, o el Concorde. Su impacto visual es agresivo. Ignoro, sin embargo, si el buitre leonado o la abubilla, o quizás las carpas y los barbos sufren con su presencia. No parece. En las aguas circundantes a Lemóniz los pescadores hablan no ya de un paraíso biológico, sino incluso de la mejora de las especies, tal y como sucede en el embalse de Almaraz, en donde las competiciones de pesca del black bass, el pez deportivo por excelencia, se suceden sin fin. En suma, el impacto medioambiental parece escaso y el impacto visual concentrado, no como el de los aerogeneradores y placas solares que inundan todo el territorio mesetario y cuantas cordilleras presiden nuestros valles. 

«La obsesión por parecer ‘eco’ y no el peligro de una accidente obra como causa de esta condena a una energía probada y eficaz»

Es en realidad la obsesión por parecer «eco» y no el peligro de una accidente el que obra como causa de esta suerte de condena a una energía probada y eficaz, que por su incapacidad para ser inocua perfecta no puede ser defenestrada de nuestro mapa megavático, máxime si cuando la causa alegada no es otra que la disminución de las emisiones de gas invernadero, es decir, ni su obsolescencia ni su mal funcionamiento. La eliminación de esos vapores debe hacerse con criterio y equilibrio a fin de no sacrificar, en la alocada carrera hacia una tierra de molinos, casi un cuarto de nuestra soberanía energética. 

Alguien debería revisar a fondo nuestra política de energía nuclear con un debate de horizontes más amplios que el de simplemente «Nuclear No». Todo esto sin referir del impacto del cierre sobre las 3.000 familias que viven de la central y que solo verán durante años hierro y andamios, como en Lemóniz.

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