Los secretos del 23-F: lo que Sánchez no ha desvelado con su desclasificación 'fake'
La medida de desclasificar documentos, anunciada a bombo y platillo por La Moncloa, solo ha servido de cortina de humo

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Europa Press
La desclasificación fake de los papeles secretos del 23-F, tras una decisión personal del presidente Pedro Sánchez, no ha servido para aclarar las dudas y sacar a la luz los secretos de la asonada militar de febrero de 1981. Los 150 archivos seleccionados por La Moncloa no incluyen el material más reservado y relevante de los servicios secretos y de la Guardia Civil, que serviría para rellenar los folios en blanco.
El teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero Molina, que dirigió el asalto al Congreso le confesó al coronel Juan Perote, cuando coincidieron en el mismo módulo de la prisión militar de Alcalá de Henares: «Alguien tendrá que explicarme qué pasó el 23-F: Nos engañaron». Perote había ingresado en la cárcel tras la publicación de las microfichas del Cesid que desvelaban una serie de delitos de los servicios de información, así como su participación en la asonada militar. Las 1.245 fichas con los despachos del director de la unidad operativa del espionaje español contenían informes sobre el 23-F y fotografías de las reuniones secretas de los conspiradores, que no han sido desclasificadas.
Los secretos y las incógnitas, a pesar del performance gubernamental de la desclasificación, siguen latiendo hoy en día. Como sucedió con el atentado del 11-M, se conocen todos los datos sobre la materialización de los hechos y de sus participantes en el asalto al Congreso —entre ellos, Tejero—, pero quedan muchas lagunas sobre los cerebros de la trama, los inductores y encubridores y el papel desempeñado por un sector del espionaje del Cesid y del entonces jefe del Estado, Juan Carlos I. La medida de desclasificar documentos, anunciada a bombo y platillo por la Moncloa, solo ha servido de cortina de humo para tapar otras miserias del Ejecutivo y del propio Sánchez.
De un examen exhaustivo de los archivos desclasificados se puede concluir que la mayoría de los informes ya están publicados o, excepto unos pocos documentos, el resto carece de interés para avanzar en las interioridades de la trama golpista.
Las grabaciones de García Carrés a Tejero
Así sucede con las grabaciones de las conversaciones entre el líder sindicalista franquista Juan García Carrés y Antonio Tejero durante la tarde del 23-F. El jefe de los asaltantes había acordado con Jaime Milans del Boch que el involucionista ultra hiciera de intermediario con Valencia mientras él permaneciera en el Congreso. García Carrés utilizó un método rudimentario para registrar las conversaciones: conectó al teléfono de una línea reservada de su domicilio de la calle Mártires Concepcionistas con una grabadora. Para ello usó un cable con una ventosa que se adhería al teléfono. Muy doméstico, pero eficaz, como pueden apreciar en otro apartado.
El resultado final fue un amplio archivo sonoro que conseguí gracias a un familiar próximo a García Carrés y que utilicé en la serie de documentales Crónicas de una Generación. Después, esos audios han sido pirateados por todos los medios sin citar la fuente, pero sorprendentemente no por el Gobierno. En su lote de papeles desclasificados, solo aporta las transcripciones, calificándolas de «presuntas» cuando no existe ninguna reserva sobre su autenticidad y contenido. Así mismo, con total torpeza afirma que en aquellos momentos «Tejero posiblemente se encontraba dentro del Congreso». Una boutade porque en unas de las conversaciones entre el jefe del comando de la asonada militar y el dirigente de la Confederación Nacional de Excombatientes, el único civil condenado por el golpe, esa reserva quedaba aclarada:
Tejero llama a García Carrés desde la centralita del Congreso para informarle de la toma con sus guardias del hemiciclo: «Estamos aquí en Las Cortes».
G. Carrés: «Pues dame el teléfono de las Cortes, coño».
T.: «¿Pero tú no lo sabes?»
G.C.: «No, no lo sé. Coño».
T.: «Aquí hay una antigua conocida tuya».
G.C.: «¿Sí?»
Y es cuando se pone al aparato Josefina, que se presentaba como trabajadora en el gabinete telegráfico y que conocía a García Carrés de cuando era procurador en Cortes entre 1970 y 1975. Luego, Tejero sí estaba en el Congreso cuando hablaba.
La conversación entre García Carrés y Tejero era el reflejo de una escena de opereta que ya adelantaba el desenlace de la asonada militar: una chapuza garbancera. Lo mismo que la desclasificación a la carta de Sánchez. Una decisión que coloca a España en el tercermundismo de las democracias occidentales. Transparencia y desclasificación, sí, pero sin el control y la purga por parte de un ejecutivo.
La desaparición de fotografías y grabaciones
El lote de documentos desclasificados tampoco contiene el resto de las grabaciones con las conversaciones de otros protagonistas con el entonces director de la seguridad del Estado, Francisco Laina, ni los seguimientos de los servicios secretos a los conspiradores. Los agentes detectaron y fotografiaron la primera reunión entre Milans, Tejero y García Carrés en mayo de 1980 en El Saler (Valencia) y la de Milans y su ayudante Más Oliver con García Carrés y Tejero en Madrid, un mes después. Más tarde, se celebraron otras entre Armada y Milans.
El coronel Perote me ha confirmado que sus investigaciones cuando llegó a La Casa pudieron certificar que los agentes de la AOME siguieron a los militares golpistas antes de la asonada militar, pero que cuando Manglano, el nuevo director del Cesid tras el 23-F, le encargó en la primavera de 1983 un informe sobre la participación de algunos de sus agentes en la conspiración, se encontró los cajones y los archivos del Centro totalmente vacíos. Durante esas pesquisas sí hallaron fotos de la llegada de los militares Milans, Tejero y varios generales (Alvarado, Iniesta, Torres Rojas y Dueñas, entre otros) y el civil García Carrés, el 18 de enero de 1981, al domicilio de Más Oliver en la calle General Cabrera de Madrid. Todos fueron inmortalizados fotográficamente desde una furgoneta camuflada.
Por ello hay que recordarle a Susanna Griso que Perote nunca participó en el golpe, como afirmó en su programa Espejo Público. El coronel llegó al Cesid de la mano de Alonso Manglano y del Gobierno para todo lo contrario: para descubrir a los conspiradores. Posiblemente, Griso, una profesional de talla, tuvo un lapso y lo confundió con Cortina.
El resto de las grabaciones audiovisuales de los encuentros secretos entre Tejero, Milans y otros militares golpistas nunca aparecieron. Tampoco los archivos sonoros de la denominada Operación Tenedor en la que los espías sembraron de escuchas los reservados de los más importantes restaurantes de Madrid. Eran los lugares donde solían conspirar los civiles adeptos al cambio de rumbo antidemocrático.
Nada de ello ha sido desclasificado, así como los documentos referidos a la Sección Especial de Agentes (SEA) una unidad de élite de la Agrupación Operativa del Cesid que solo conocían el comandante Cortina y su ayudante, el capitán García Almenta. De manera secreta dispuso de un piso franco en la calle Felipe IV, cerca del Congreso. El jefe de la SEA era Rafael Monge, un cabo de la Guardia Civil. Su misión: espiar a los políticos y ayudar a los golpistas a llegar al Congreso.

Ninguno de los documentos tampoco descubre o se aproxima a la figura del «elefante blanco», la autoridad «por supuesto militar» que debía presentarse a lo largo de la tarde ante el coronel Antonio Tejero para hacerse cargo del golpe. Aunque en un principio se señaló al teniente general Fernando de Santiago, exvicepresidente del Gobierno con Arias Navarro y Suárez, en realidad, ese papel se lo reparten dos generales: Armada, que había sido preceptor del Rey durante sus estudios militares, segundo jefe de la Casa del Rey y secretario general del monarca, y Milans del Boch, que estaba destinado en Valencia como capitán general de la III Región Militar, en la que salieron los carros de combate a la calle.
Los golpistas y la operación De Gaulle
Armada, aunque siempre lo negó —a mí también en dos entrevistas que mantuve con él en su domicilio madrileño y en el hotel Conde Duque—, fue la cara amable de la intentona golpista y el cabecilla de la denominada Operación De Gaulle o Charli. El general, defensor de la Corona hasta su muerte, quiso asumir la decisión del general galo cuando en 1958 participó en un «golpe blando» para salvar a Francia de una guerra civil entre el Estado y los militares desencantados por la independencia de Argelia, dirigidos por Raoul Salan.

De Gaulle fue elegido por el presidente de Francia, René Coty, y la Asamblea francesa para reconducir el país con una política de consenso nacional con todos los partidos. El general, nombrado primer ministro y luego presidente con los votos de los ddiputados,constituyó un Gobierno de concentración que redactó una nueva Constitución. Tras un referéndum con más del 70% de los votos a favor comenzó la V República, que sigue en vigor en Francia sin ninguna discusión.
La trama española del complot se miró en el espejo francés y, con la siempre estimable ayuda de los servicios secretos del Cesid, la unidad operativa dirigida por Antonio Cortina aportó los medios y las personas para facilitar un golpe que tenía patente francesa. Para ello utilizaban un reclamo: el terrorismo se había llevado por delante en 1980 a más de 130 españoles. En los años previos al 23-F, ETA había matado a 27 generales y jefes de las Fuerzas Armadas. En uno de los atentados resultó herido el general Fernando Esquivias, que había sido ayudante de campo de Franco durante la Guerra Civil, combatiente de la División Azul y yerno del general Moscardó. Todo un símbolo del ala involucionista de la ultraderecha, que usaba como ariete.
Entre los papeles desclasificados por Sánchez tampoco aparece el Informe Jaudenes sobre la implicación en el golpe de la unidad de élite del espionaje dirigida por Cortina. La investigación del teniente coronel Jaúdenes, encargada por el director del Cesid tras varias denuncias de agentes que señalaban a Cortina y sus hombres como los cerebros del golpe, tampoco fue entregada al tribunal del 23-F que juzgó a los conspiradores. El paquete de documentos desclasificados por Sánchez tan solo incluye algunos textos sesgados y manipulados por los servicios secretos de entonces.
Pero para la desclasificación del Informe Jaudenes, los sagaces fontaneros del presidente no necesitaban muchas alforjas: el libro del coronel Perote 23-F. Ni Milans ni Tejero: el informe que se ocultó reproduce íntegramente el informe, que sigue oculto, junto a otros documentos de igual valor.
La importancia de ese libro la marcó el propio teniente general Sabino Fernández Campo, el secretario general del rey Juan Carlos I durante el 23-F y jefe de la Casa del Rey entre 1990 y 1993. En una entrevista que le hizo La Razón en su domicilio, aparece fotografiado frente a su biblioteca sujetando en la mano el libro de Perote. Sabino, que siempre se caracterizó por no dar puntadas sin hilos, elegía aquel ejemplar aparentemente de manera aleatoria entre decenas de ellos para enviar mensajes a navegantes. Sabino me confesó en una ocasión que a él «le seguían faltando piezas para completar el rompecabezas del 23-F». Posiblemente, el libro del coronel Perote le aclaraba algunas de ellas.
El hombre del maletín y su contenido
Los papeles de Sánchez tampoco aclaran la labor desempeñada por el conocido como «el hombre del maletín», el entonces capitán Sánchez Valiente, que la tarde del 23-F acompañó a Tejero al Congreso. El oficial de la Guardia Civil había sido fichado por el secretario general del Cesid, Javier Calderón, unos días antes para formar parte del espionaje y desempeñaba una misión de enlace durante la asonada militar.
El propio Sánchez Valiente, que logró escapar del Congreso ayudado por sus compañeros golpistas del Cesid, me desveló lo que contenía el famoso maletín: unos documentos elaborados en los talleres de los servicios secretos con unas máquinas especiales, que eran las órdenes a seguir tras el triunfo del asalto al Congreso.
Esa versión me fue corroborada por Perote: «Eran unas simples órdenes con nombramientos a los vencedores del golpe, una especie de recompensa. Fueron elaboradas en unas máquinas especiales que existían en el centro. Lo importante eran las firmas que aparecían en los decretos».
Sánchez Valiente, que se había incorporado al Cesid por haber nacido en el mismo pueblo que el general Javier Calderón, me calificó a Cortina como «el mascarón de proa» de la conspiración.
Tal fue su importancia que, durante una de las sesiones del juicio sobre el 23-F en el que sentaba en el banquillo, al sentirse atosigado por las preguntas del fiscal, durante el descanso para la comida solicitó permiso para hacer una llamada telefónica. Por la tarde, cuando se retomó la vista oral la agresividad del ministerio fiscal desapareció Pero el militar que acompañó a Cortina a realizar la llamada comentó después a los investigadores que Cortina había amenazado a su interlocutor con tirar de la manta: desvelar sus conocimientos sobre el atentado de Carrero Blanco y sobre una supuesta operación de los servicios secretos contra José María Areilza, el conde de Motrico, que figuraba en la terna para sustituir a Arias Navarro. Finalmente, el elegido fue Adolfo Suárez.
El golpe y el PSOE
Entre los papeles desclasificados tampoco aparecen los documentos sobre la reunión en Lérida, en el domicilio de su alcalde el socialista Antoni Siurana, entre Armada, que era gobernador militar en la provincia, y los dirigentes del PSOE Enrique Múgica y del PSC, el catalán Joan Raventós. Allí se trató la conveniencia de que los socialistas participaran en un Gobierno de concentración presidido por un militar —para el Cesid, Armada; para Tejero, Milans— a fin de acabar con la desestabilización de España, que venían reivindicando los enemigos de Suárez. Por ello, a nadie sorprendió que en la lista que Armada mostró en el hemiciclo a Tejero figurara el nombre de Felipe González como vicepresidente del Gobierno y una serie de ministros de su partido: Gregorio Peces Barba y Enrique Múgica. También del PCE, como Ramón Tamames y Solé Tura.
Los socialistas, tras perder ante el líder centrista en las urnas las elecciones generales de 1979, que estaban convencidos de ganarlas, emprendieron una política de acoso y derribo contra el elegido por Juan Carlos I para liderar la Transición. Alfonso Guerra llegó a bautizarlo como el «tahúr del Misisipi». El ansia por ver caer a Suárez abocó a los socialistas a mantener encuentros secretos con militares golpistas y sectores conservadores contrarios al presidente.
El golpe fracasó cuando Armada se olvidó del «factor humano» y desveló a Tejero una lista de candidatos para formar el Gobierno que él encabezaba como presidente. De ahí la frase de Tejero a Perote: «Alguien tendrá que explicarme que pasó el 23-F: Nos engañaron».
