The Objective
Daños colaterales

La mutación de Sánchez: de globalista de Soros y fan del Partido Demócrata a podemita

Ya recogía las enseñanzas del magnate en el programa electoral del PSOE para las elecciones generales de 2019

La mutación de Sánchez: de globalista de Soros y fan del Partido Demócrata a podemita

Ilustración de Alejandra Svriz.

Una de las primeras decisiones que adoptó Pedro Sánchez cuando él y su esposa Begoña todavía elegían el color de las cortinas y los cuadros de la Moncloa fue recibir por la puerta de atrás, sin que figurara en su agenda, al máximo representante de las teorías globalistas, al multimillonario de 95 años George Soros. El nuevo presidente socialista, que acababa de destronar a Mariano Rajoy por medio de una moción de censura muy controvertida con los votos de independentistas y filoetarras, nunca dio cuenta de la presencia del magnate en Presidencia ni del motivo de la visita. Su encuentro con el especulador de las finanzas se materializó la tarde del 27 de junio de 2018, dos semanas después de su investidura, y duró casi dos horas.

El magnate, que amasa una fortuna que supera los 25.000 millones de euros, tampoco hizo declaraciones ni aireó lo hablado y acordado en secreto. La Moncloa resolvió el motivo de la visita con la falsedad de que se enmarcaba «en la agenda institucional del presidente con personalidades nacionales y extranjeras para analizar la situación económica y financiera mundial». Y, como después ha ocurrido con otras martingalas como el uso de los Falcon, los viajes de Begoña Gómez o las saunas del suegro, todo quedó sepultado con un manto de opacidad y misterio.

De esa manera tan oscurantista arrancaba la égida presidencial Sánchez en la Moncloa convertido en un globalista sorista que, según sus postulados, prioriza la cooperación internacional y la gobernanza económica mundial por encima de la soberanía nacional. Y así continuó durante años hasta que fue sometido por sus socios de investidura a posturas populistas: primero por Podemos y los independentistas y, después, por Sumar y los bilduetarras. El giro era abismal. El niño bien del Colegio Alfonso XII de El Escorial, a quien le regalaron después una tesis doctoral en una universidad privada, daba un triple salto: se colocaba la palestina y se radicalizaba en plan podemita.

Sánchez recogía las enseñanzas de Soros en el programa electoral del PSOE para las elecciones generales de 2019, que ganó al PP tanto en el Congreso como en el Senado. En el folio 278, en el apartado «Una España europea, una España global», bajo el epígrafe «gobernanza mundial», Sánchez se entregaba a los intereses del gurú de la especulación con la defensa del «establecimiento de una Asamblea Parlamentaria de Naciones Unidas».

El programa también proclamaba: «Aprobar cuanto antes la Estrategia de Desarrollo Sostenible para la implementación de la Agenda 2030, que apostará por la cooperación como política palanca principal, así como por la participación y promoción de una ciudadanía implicada en los desafíos globales». La Agenda 2030 aparecía como eje programático.

Sus vínculos con el National Democratic Institute (NDI)

Pedro Sánchez no daba esos pasos de manera gratuita. Ya había percibido fondos de las subvenciones de las organizaciones de Soros. En sus primeros años como profesional logró vincularse a la fundación de los demócratas norteamericanos: el NDI (National Democratic Institute, Instituto Democrático Nacional), financiado por el magnate de las finanzas. El instituto señaló al joven Sánchez como observador en procesos electorales y en otras misiones internacionales de carácter humanitario subvencionadas por la ONG Open Society Foundations (OSF, Fundaciones para la Sociedad Abierta), fundada por el multimillonario.

La fundadora del NDI, una institución sin ánimo de lucro ligada a los demócratas con sede en Washington, era Madeleine Albright, la secretaria de Estado durante la presidencia de Bill Clinton, que falleció en 2022.

Madeleine Albright y Pedro Sánchez en 2015. | EP

El filántropo de origen húngaro Soros destina todos los años en el mundo más de 1.000 millones de dólares a asociaciones e instituciones amigas para unas supuestas causas solidarias que, finalmente, resultan más políticas que humanitarias.

El tránsito de Sánchez a ese circuito de cooperación internacional le llegó a finales de los noventa, con tan solo 24 años, gracias al diplomático Carlos Westendorp (ministro de Asuntos Exteriores en el último Gobierno de Felipe González), que era amigo de su padre. El joven Sánchez se convirtió en su asistente durante su cargo de alto representante internacional para Bosnia y Herzegovina de las Naciones Unidas.

Tal era la relación de Sánchez con el NDI que, en 2015, meses después de ser elegido secretario general del PSOE, viajó a Washington, según publicaba la propia web oficial del PSOE, para entrevistarse con Albright. El objetivo del viaje era la presentación de su proyecto de reformas democráticas para España. Sánchez, como siempre, mentía en sus propuestas políticas. El líder de los socialistas defendía entonces: «La limitación de mandatos a la Presidencia, la apertura de las listas electorales y la revisión del sistema electoral». Diez años después se encuentra en las antípodas de todas esas medidas.

Sánchez destacaba en un primer plano de su perfil en la red LinkedIn su condición de colaborador del NDI, hasta que recapacitó y se dio cuenta de que no le ayudaba durante su transformación izquierdista. Por ello lo relegó a una tercera posición, como se puede apreciar en las imágenes que adjunto. Cuando llegó a la Moncloa, en junio de 2018, exhibía con orgullo en LinkedIn su estrecha relación con el Partido Demócrata americano, que hasta unos meses antes era liderado por Obama, junto a sus cargos de presidente del Gobierno y de secretario general del PSOE.

Sánchez se presentaba como «colaborador ocasional» y «experto internacional» para el NDI desde septiembre de 2009. Según el propio Sánchez, había representado a la institución del Partido Demócrata como observador internacional en misiones electorales en Marruecos (2011) y Jordania (2013).

El ‘No a la guerra’ no le hizo ganar al PSOE las elecciones de 2004

Tras los bombardeos de Estados Unidos e Israel contra Irán, Sánchez aprovechó su comparecencia institucional ante las cámaras de televisión para utilizar el reclamo electoralista del «No a la guerra», que el PSOE y la izquierda habían manoseado en la campaña electoral de las elecciones generales de marzo de 2004.

Sin embargo, para ser coherentes, aquel eslogan —entre pacifista y electoralista— no fue el que aupó al entonces desconocido Rodríguez Zapatero a la Moncloa. Sin el atentado yihadista del 11-M, los socialistas no habrían reconquistado la Presidencia del Gobierno. Cuatro días antes de la jornada electoral, todas las encuestas —hasta las socialistas de Tezanos— daban como claro favorito al candidato de los populares, Mariano Rajoy.

Los sondeos vaticinaban que el PP obtendría el 44% de los votos, entre cuatro y siete puntos por encima del PSOE. La del CIS —cuando la institución no estaba trufada— era contundente: PP 42,2% frente al PSOE 35,5%. En número de escaños, los populares se aproximaban a la mayoría absoluta y los socialistas lograrían entre 131-144 diputados. Tras el atentado, Zapatero llegó a 164 y Rajoy se quedó en 148. Los expertos demoscópicos destacaron más tarde que el 10% de los votantes decidió su voto entre el 11 y el 14-M.

En aquellas fechas, Sánchez era el chico simpático para todo en la Secretaría de Organización del PSOE en la calle Ferraz a las órdenes de José Blanco. Sus jefes inmediatos eran Óscar López y Antonio Hernando, ambos posteriormente diputados.

Por tanto, aprovechar la crisis de Oriente Próximo para reflotar del ultramundo la consigna «No a la guerra» de hace 20 años para nada garantiza a Sánchez y sus fontaneros de la Moncloa una victoria electoral, ni aun concentrando las elecciones generales, andaluzas y catalanas en un «superdomingo electoral», como supuestamente le ronda por la cabeza al presidente.

En su discurso, más propio de un líder bolivariano con tintes demagógicos y populistas, Sánchez se oponía a «la quiebra del derecho internacional» y se negaba a asumir que el mundo solo pudiera «resolver sus problemas con bombas». Dirigía fijamente su mirada a la cámara cuando entonaba su cartel electoral del «No a la guerra».

La hipocresía y la demagogia en el discurso político

El prestidigitador Sánchez, experto en confeccionar cortinas de humo, alcanzó el súmmum de la hipocresía cuando se quejó de los dirigentes —sin mencionar a Trump— que «usan el humo de la guerra para ocultar su fracaso y llenar de paso los bolsillos de unos pocos, los de siempre». Según el presidente, esos pocos son «los únicos que ganan cuando el mundo deja de construir hospitales para construir misiles».

Habría que recordarle a Sánchez que, desde su llegada a la Moncloa, su Gobierno no ha propiciado la construcción de ningún hospital, ni siquiera durante la covid, y además boicoteó el Zendal levantado por Isabel Díaz Ayuso para combatir la pandemia.

Y sobre quienes construyen misiles, su Gobierno participa activamente en las decisiones e inversiones de las cuatro grandes empresas de la industria armamentística en España: Airbus Defence and Space, Navantia, Indra Sistemas y Santa Bárbara. Además, España exportó material militar por un importe de 4.000 millones de euros.

Sánchez, para encontrar a uno de esos depredadores de las finanzas que ahora desprecia, solo tendría que fijarse en su buen amigo George Soros, que dejó caer en 1992 la libra esterlina en una operación especulativa conocida como el Miércoles Negro, con la que obtuvo más de 1.000 millones de libras (unos 2.500 millones de euros a día de hoy, ajustando inflación).

De la mano del gurú de las finanzas y de su hijo Alexander, Sánchez se reunió en Nueva York, en septiembre de 2018, cuando tan solo llevaba tres meses en la Moncloa, con la plana mayor de los lobistas —«los de siempre»— que «se llenan los bolsillos». El dirigente socialista se dejaba agasajar entonces en la ciudad de los rascacielos por el fondo de inversión norteamericano Blackstone, que el PSOE de Madrid se refería a él como «fondo buitre», que había invertido en España 23.000 millones de euros.

En la fotografía del encuentro destacaba junto a Sánchez la jefa de inversiones de Soros, y responsable de las finanzas de Open Society Foundation, Dawn Fitzpatrick, y el presidente de Blackstone.

Pantallazo

Sánchez tampoco mostró asco hacia «esos bolsillos llenos de dinero» cuando se sirvió de Soros para colocar a su esposa en el Africa Center, que dependía de la Fundación del Instituto de Empresa (IE) del imputado Barrabés, pero cuya responsable, Felicia Appenteng —directora de IE Fund de Nueva York y del International Advisory Board— procedía del círculo del millonario judío.

En manos de EEUU en electrónica, armamento e inteligencia

Sánchez en su discurso se mostraba muy cooperante con los miles de españoles inmovilizados en países de la zona en guerra: «Estamos asistiendo a los españoles y españolas que se encuentran en Oriente Medio [sic] y vamos a ayudarles a regresar a nuestro país. Es evidente que las operaciones son muy delicadas porque su red aeroportuaria está gravemente afectada por los ataques».

Sánchez mentía por enésima vez, como con el apagón, con las promesas en la dana de Valencia o con el accidente ferroviario de Adamuz. Ningún aeropuerto disponible para la repatriación de españoles se había visto afectado por los ataques iraníes. Era una de tantas excusas para apagar la indignación de los residentes y turistas españoles en Oriente Próximo que clamaban en el desierto mientras contemplaban que otros países repatriaban a sus ciudadanos. El primer vuelo español, fletado por el Ejército, llegó cuatro días después del inicio de las hostilidades. Cuando escribo estas líneas, solo han sido repatriados por el Gobierno unos cientos de ciudadanos de nuestro país.

El presidente, como ya es costumbre en él, sacaba pecho cuando planteaba un órdago a Donald Trump, pero una vez más ocultaba sus motivaciones reales. Afirmaba: «Gracias al dinamismo de nuestra economía y gracias también a la responsabilidad de la política fiscal del Gobierno, España cuenta en estos momentos con los recursos necesarios para hacer frente también de nuevo a esta crisis».

Sánchez efectuaba un brindis al sol, a sabiendas de que era poco probable un boicot estadounidense al comercio español por la protección del mercado único de la Unión Europea, que negocia en nombre de todos sus países miembros.

El Gobierno español no va a poder controlar las inversiones de empresas de EEUU en España ni el suministro de material tecnológico o militar. Se puede producir la siguiente paradoja: Sánchez ha enviado las fragatas Cristóbal Colón y Cantabria a Chipre para labores defensivas, pero si llega el momento en el que los marineros españoles se vean obligados a usar los misiles SAM o Harpoon contra el enemigo, el Gobierno quedará supeditado a Trump si los repone o no.

Un espectáculo esperpéntico en torno al uso de las bases

La prohibición del uso de las bases norteamericanas en Morón y Rota se presenta también como un espectáculo esperpéntico, como la pose del propio ministro Albares cada vez que se pone delante de una cámara o un micrófono.

Una opereta bufa porque los aviones de la USA Air Force, al margen de las palabras de Sánchez, siguen aterrizando y despegando de los enclaves militares andaluces. Un general me comentaba: «No entiendo para qué tantas alharacas si las bases siguen funcionando, si enviamos una fragata a la zona de conflicto, si disponemos de varios centenares de soldados españoles en Bahréin, Jordania e Irak y las armas que usamos proceden de Estados Unidos; ¿para qué tanto matonismo?».

Al margen de que el artículo 2 del Convenio entre España y los Estados Unidos sobre Cooperación para la Defensa, firmado en Madrid el 1 de diciembre de 1988, impone una autorización previa del Gobierno español para el uso de las bases, el apartado 12 se refiere a un «mutuo acuerdo, sin perjuicio del derecho inherente de cada parte a la directa e inmediata legítima defensa». De ahí la acusación estadounidense de que España pone en riesgo vidas de sus ciudadanos.

Otro tanto puede suceder con el intercambio de información sensible de los servicios secretos de Estados Unidos en materia antiterrorista o antinarcóticos de la CIA y la DEA. La Casa Blanca podría ordenar un apagón en la colaboración policial.

Sánchez también enfatizaba en su comparecencia en la Moncloa: «Vamos a colaborar, como hemos hecho siempre, con todos los países de la región que abogan por la paz y por el cumplimiento de la legalidad internacional, que son dos caras de la misma moneda».

El presidente una vez más no decía la verdad: cuando Donald Trump ordenó el ataque sorpresa contra instalaciones nucleares iraníes mediante la operación Midnight Hammer (lit.: Martillo de Medianoche), Sánchez permaneció callado. Entonces utilizaba otras cortinas de humo.

Sánchez se acoge a la legalidad internacional, pero de su boca no brota ninguna referencia al incumplimiento de los derechos humanos en estados narcoterroristas o regímenes fundamentalistas.

Sánchez se arroga la condición de defensor de la Constitución

Sánchez incluía también entre sus virtudes haber defendido la democracia en Venezuela, pero tampoco era cierto. El Gobierno mantiene un pacto secreto con Delcy Rodríguez desde que aterrizó en Madrid y ha mantenido huérfana a la oposición venezolana durante años.

El presidente Sánchez, obsesionado con visión globalista, volvía a hacer hincapié en su discurso en la legalidad internacional: «La pregunta, en cambio, es si estamos o no del lado de la legalidad internacional y, por tanto, de la paz». Sánchez se enrocaba en la «legalidad internacional» cuando la «nacional», la que más afecta e interesa a los españoles, la incumple sistemáticamente. Igual de cínico se mostraba Sánchez cuando afirmaba: «Del mismo modo, nosotros repudiamos al régimen de Irán que reprime, que mata vilmente a sus ciudadanos, particularmente a las mujeres».

Otra falsedad. Sánchez, desde que forma Gobierno con Podemos y Sumar, jamás ha emitido un comunicado contundente para criticar el trato vejatorio e inhumano que sufren las mujeres en el régimen de los ayatolás.

Y resonaba sarcástico el apartado de su discurso cuando hacía mención a la Carta Magna: «El Gobierno de España está con quienes tiene que estar. Está con los valores que nuestros padres y abuelos fijaron en nuestra Constitución». Llegaba tarde Sánchez con esa reivindicación de la defensa de la Constitución cuando durante ocho años su Gobierno y sus socios la han maltratado, según el texto.

No incluye los derechos del Sáhara cuando habla de legalidad

Sobre el cumplimiento de la Carta de Naciones Unidas, Sánchez se mostraba con la misma desfachatez. Los gobiernos de UCD se posicionaron siempre a favor de la autodeterminación del Sáhara Occidental y los ejecutivos posteriores defendieron la resolución 690 del Consejo de Seguridad de la ONU de 1991.

Sin embargo, Sánchez claudicó en marzo de 2022 ante el reino alauí e impuso un cambio histórico en las relaciones hispano-saharauis al respaldar la propuesta de Marruecos de crear una autonomía para el Sáhara Occidental dentro de sus fronteras. Aquella decisión resultaba asombrosa porque remataba la sinrazón en sus relaciones con el Magreb: Argelia suspendía el tratado de amistad con España y Marruecos seguía escocido por el caso Brahim Gali.

Sobre Gaza y Palestina, Sánchez ocultaba que fue un Gobierno de UCD el primero que autorizó en 1978 a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) a abrir una oficina de representación en Madrid. Felipe González le concedió posteriormente un rango diplomático superior.

Pedro Sánchez, en su libro Manual de resistencia, pidió a su escribana Irene Lozano que redactara una frase lapidaria: «Puedo decir que no tengo hipotecas como presidente del Gobierno ni con camarillas de poder mediático o económico, ni de ningún otro tipo».

Si ha leído este artículo y ha conseguido completar su lectura hasta el final podrá sacar sus propias conclusiones sobre las «hipotecas» y las «camarillas», sin incluir la del Peugeot. Como alternativa al eslogan «No a la guerra» se me ocurren otros de cuatro palabras: «No a la mentira», «No al populismo demagógico» y «No a la hipocresía».

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