ARN: la molécula que acaba con la COVID es también una esperanza contra el cáncer
Foto: BORJA SUAREZ| Reuters

Sociedad

ARN: la molécula que acaba con la COVID es también una esperanza contra el cáncer

Las vacunas de ARN abren nuevas posibilidades en la lucha contra el cáncer, el SIDA y las enfermedades genéticas hereditarias

por Carolina Freire Vales

Podríamos pensar en lo que este último año ha supuesto en términos sanitarios. Podríamos recapitular catástrofe tras catástrofe, enumerar síntomas, muertes, secuelas. Podríamos empezar y no terminar nunca. Podemos, también, girar la moneda y mirar hacia lo poco bueno que ha salido de esto: el avance en la medicina basada en el ARN (Ácido Ribonucléico), la base de las vacunas de Pfizer y Moderna y una esperanza para pacientes inmunodeprimidos (cuyo sistema inmune no funciona como debería). «Este periodo ha permitido un salto tremendo en el desarrollo de las terapias ARN. Pronto veremos su aplicación en pacientes de cáncer, esa otra pandemia», afirma Sergiu Padure, especialista en Inmunología Clínica y profesor en la Universidad CEU San Pablo.

Pacientes de cáncer que reciben quimioterapia, enfermos de SIDA, con inmunodeficiencias primarias, o con alergias y necesidad de tomar corticoides. Son sólo algunos ejemplos de personas cuyo sistema inmune no responde ante cualquier elemento externo al organismo (antígeno) como debería. Depende del grado de gravedad, pero a veces la infección más simple puede llegar a matarlos. Las vacunas no son algo que dé por sentado, pues lo normal es que sean sueros desarrollados con el mismo virus al que intentan vencer, pero atenuado –sin capacidad de multiplicarse–. Hasta aquí correcto, en un paciente normal, pero los inmunodeprimidos pueden llegar a contraer la enfermedad a pesar de que el virus que les inyecten esté debilitado. Y así eran las cosas. Eran así y punto. Hasta ahora. «Con las vacunas de ARN podemos provocar una respuesta inmune de forma sintética, sin tener que introducir el virus, por lo que este riesgo se elimina», explica Padure. De ahí que estos grupos de pacientes no puedan vacunarse con AstraZeneca, basada en virus atenuado.

Para entender qué es eso de «provocar una respuesta inmune de forma sintética», pongamos de ejemplo el coronavirus. En el núcleo de cada una de nuestras células está el ADN, la información genética básica; para que esa información se transmita a los órganos, se necesita el ARN mensajero (ARNm). Básicamente, envía la información del núcleo a los ribosomas para producir una proteína u otra. La COVID-19 invade las células a través de la proteína Spike (S), a la que se adhiere para multiplicarse y expandirse. Pues bien, en los laboratorios de Moderna copiaron ese gen que codifica la proteína Spike, lo fabricaron de manera sintética en un laboratorio y, a través de la vacuna, lo introducen en nuestras células para que produzcan la proteína S. El sistema inmune lo reconoce y actúa sin que tengan que infectarse con el virus. «La gran ventaja de las vacunas en base a ARN es que se puede administrar a todos los pacientes sin tener en cuenta su edad o condición de salud», concluye Padure. Además, producirlas lleva mucho menos tiempo e implica muchos menos recursos.

Cómo la vacuna del coronavirus es también una esperanza contra el cáncer

Molécula de ARN (Ácido ribonucléico). | Foto: Wikimedia Commons

Es esperanza y a la vez paradoja, pues han sido las personas más expuestas a este virus –como lo son a todos, a cualquier tipo de infección–, pero parece que, en el largo plazo, la balanza caerá hacia lo ganado.

Y lo ganado no tiene que ver solo con vacunas. «El potencial que tiene esta terapia se puede aplicar en muchas otras áreas, una de ellas es la oncología», explica Padure. El principal problema del cáncer es que es ajeno al sistema inmune porque está en nuestras propias células, en nuestros propios tejidos. Aunque sea un tejido canceroso, el sistema inmune lo reconoce como propio –y no como antígeno– y no lo ataca. «Lo que podríamos hacer con el ARNm es encontrar unos antígenos específicos y, a través de unas proteínas determinadas, darle la orden al sistema inmune de atacar solo a este tejido celular canceroso. Es decir, dejar a nuestro propio cuerpo que se deshaga del cáncer», aventura.

Si aprendemos a sintetizar ARNm de manera precisa, podríamos usar nuestro propio cuerpo para fabricar anticuerpos contra infecciones, enzimas para revertir enfermedades raras o agentes de crecimiento para reparar el tejido cardíaco dañado. «El objetivo es insertar un gen en las células enfermas para tratar cualquier tipo de enfermedad, sobre todo enfermedades genéticas hereditarias», explica Salvador Macip, profesor de los Estudios de Salud de la Universidad Oberta de Cataluña (UOC) e investigador de la Universidad de Leicester. «Se puede aplicar a todas las enfermedades en las que hay un gen que no funciona». Pongamos la diabetes: el páncreas no fabrica suficiente insulina – se inyecta el gen de la insulina en el páncreas.

Ahora que sabemos esto, volvamos al origen para reconocer lo positivo que ha salido de estos meses. La COVID aparece en China, se extiende y se descontrola. En apenas meses ya es cosa de todos. Entonces, un laboratorio chino publica el genoma del SARS-CoV-2 –fomentando la cooperación científica internacional, algo igualmente inimaginable en circunstancias ordinarias– y, tan solo 66 días después, los primeros voluntarios en EEUU estaban recibiendo dosis de la vacuna de Moderna, basada en algo de lo que empezábamos a oír hablar: el ARN.

ARN: la molécula que acaba con el COVID es también una esperanza contra el cáncer

Foto: National Cancer Institute | Unsplash

No era nada nuevo. Las investigaciones para desarrollar este tipo de vacunas ya habían comenzado en los años 90. 30 años después, había ya una vacuna de ARNm contra la gripe que entró en proceso de aprobación en 2019 y ya había ensayos clínicos de otras –como la del SIDA– desde hace cuatro o cinco años. Iba lento, claro. Llegó 2020 y solo hicieron falta 66 días.

La pandemia trajo consigo un empuje para la investigación científica inimaginable en circunstancias ordinarias. Los escépticos preguntaban: «¿Cómo ha podido fabricarse una vacuna en seis meses?»; la comunidad científica responde: «Pues porque, por una vez, se han preocupado por nosotros y nos han dado recursos».

«Lo que se ha avanzado este año servirá como base. Ojalá que cuando pase la pandemia no baje la intensidad de investigación. Ya que tenemos la base de la aplicación del ARNm, que lo hagan público y lo podamos usar todos. Si los laboratorios les dan los recursos necesarios, hoy ya podrían producir ARN sintético», concluye Padures. Si lo conseguimos, algo bueno habrá salido de todo esto.

Carolina Freire Vales

Del salitre del norte y también del asfalto madrileño. Me metí en esto para saciar curiosidades, empezando por la mía.